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Luis Miguel Villar Angulo

Por la tierra volcánica de Fuerteventura

 

Por la tierra volcánica de Fuerteventura.

Desde los municipios de La Oliva al norte y Pájara al sur, los vientos alisios han secado la siega por la tierra volcánica de Fuerteventura.

Por la tierra volcánica de Fuerteventura

Faro del Tostón. Esqueleto de un pez Zifio Cuvier. Puerto Dulce en El Cotillo. Playa de la Concha. Castillo de EL Cotillo.

Hacia el oeste del municipio de La Oliva, junto al mar alza su luminaria el Faro del Tostón, conglomerado farero gobernado a distancia. Más abajo en la costa, enfrentado a la Playa de la Concha el esqueleto de un pez Zifio Cuvier avisaba a los espectadores que los cetáceos odontocecos ocicaban por estas aguas. Los bañistas que habían comido en puerto Dulce esperaban la puesta de sol. El roque abrigaba el muellecito del Cotillo. Un horno de cal artesanal había cesado la combustión de piedra caliche. La blancura de la cal era un material de construcción que se exportaba a otras islas. Ahora los hornos eran piezas arqueológicas que salpicaban los puertos de una actividad fabril en desuso. El Castillo circular de EL Cotillo con sus tres cañones protegía hacia el siglo XVIII el puerto de las incursiones de piratas de distintas nacionalidades. 

Por la tierra volcánica de Fuerteventura

Surferos de Playa Majanicho. Monumento al pescador (Francisco Curbelo Martín). Playa Majanicho con perlitas y algas. Puerto de Corralejo y vista de la isla de Lobos. Iglesia de Playa Majanicho. Mirando al mar (Francisco Curbelo Martín). Parque Natural Duna de Corralejo.

A los surferos no les importaba la carretera de grava para llegar a la playa, especialmente si usaban vehículos 4×4. Ni siquiera se detenían para ver las perlitas calcáreas y las algas de Playa Majanicho de 150 mts. de longitud. Y mucho menos se paraban delante de una minúscula iglesia, cerrada, que daba servicio ocasional a los marineros de las casetas de playa. Los surferos extranjeros aprovechaban los días de otoño e invierno con aguas bravas y temperaturas medias de 22º C y 23º C. El negocio de cursillos y alquiler de tablas de surf se publicitaba en muchos pueblos, como Lajares. Desde el bohemio Lajares al turístico Corralejo se podía ir por un carril bici o por una carretera asfaltada en coche. Preferí lo último. La aridez del malpaís a ambos lados de la carretera contrastaba con la brillantez de las construcciones comerciales y del Puerto de Corralejo. Las playas mantenían teñida la piel tostada de la tercera edad. Las esculturas eran alegorías marineras: Monumento al pescador o Mirando al mar, ambas de Francisco Curbelo Martín. La gente hablaba y miraba. Otros turistas tomaban el Ferry de ida y vuelta a la isla de Lobos o regresaban a Lanzarote. Las Dunas de Corralejo de origen orgánico por disgregación de conchas de moluscos era un espectáculo de la naturaleza. No en vano estaban protegidas como parque natural. Los colores del océano y las dunas se superponían en planos; conformaban un cuadro abstracto: celeste, índigo, turquesa, lapislázuli, oro, dorado y gualda, salpicados de barrón. 

Guías de La Oliva. Foto y Museo del Grano “La Cilla”. Iglesia de Nuestra Señora de Candelaria. Vistas exterior e interior de la Casa de los Coroneles.

En la explanada de La Oliva los guías turísticos ataviados a la época de la familia Cabrera del siglo XVIII, iniciaban la explicación del Museo del Grano “La Cilla”. Sobre el testuz de la montaña había un sol tapado en ocasiones por nubes que venían del este. Contrastaba la luminosidad del día con la oscuridad de las noches estrelladas por las que la isla había recibido la certificación de Reserva de la Biosfera y Starlight. No se oía a nadie en la calle, salvo los turistas que bajaban de los autobuses para visitar la iglesia.

El Museo tenía colgados en la pared bastantes paneles explicativos, fotos antiguas y objetos de labranza y ganadería. Me llamó la atención una foto de un dromedario cargado de paja a la manera de un burro majorero, descendiente de los equinos africanos y que estaban actualmente en peligro de extinción. La isla había sido el inmenso granero del archipiélago. Los molinos de viento trituraban los granos tostados de millo, cebada, trigo, garbanzos, etc. hasta elaborar el sustento que después sería el gofio. Las aspas de los molinos rompían la quietud del paisaje vacío.

Desde fuera, la torre de la Iglesia de Nuestra Señora de Candelaria con espadaña de piedra “molinera” contrastaba con los restantes paramentos exteriores enjalbegados. A través de una arcada de medio punto se accedía a Iglesia, compuesta por tres naves en una planta rectangular. El retablo mayor era un políptico con una imagen exenta de la Virgen titular del templo. La construcción de la Iglesia fue promovida por la familia de los coroneles de ahí que conservara la sepultura de la última representante de la familia Cabrera.

La Casa de los Coroneles (Siglo XVII) fue la residencia oficial de los Coroneles que trasladaron la administración de Betancuria a la Oliva. Era el edificio civil más importante de Fuerteventura y su rehabilitación institucional había permitido ofrecerlo a las visitas turísticas y adquirir el rango de Monumento Artístico Nacional (1979). Las torres rematadas de almenas, los salones de madera, largos y pulidos, los ocho balcones de madera al estilo canario, la galería acristalada, las terrazas que admiraban los picos montañosos en su cercanía y el inmenso patio a manera de rótula con pilares de madera parecían decir: “Aquí vivieron las familias Sánchez Dumpierre y Cabrera Bethencourt, auténticos terratenientes en régimen de señorío hereditario”. El edificio contrastaba con los servicios ruinosos del exterior, antiguamente dedicados a graneros, cuadras y despachos.

César Manrique. Vista del jardín. Alberto Manrique. Greta Chicheri. Galería. Puerta de acceso. Alberto Manrique. César Manrique. José Melián. Greta Chicheri.

Aprovechando la casa del médico, el pintor y galerista Manuel Delgado Camino acondicionó las salas y los patios del edificio para construir el Centro de Arte Canario con una original galería subterránea iluminada todo el año con luz natural. Dos largos pasillos cobijaban en sus muros lienzos, acuarelas y técnicas mixtas que en su conjunto representaban una cuarentena de artistas. Por encima de los pasillos venía el jardín rebosado de esculturas, con sus rebaños de ovejas metalizadas, cerámicas de divinidades y sus reventones de hierro retorcido, y piedras apiladas donde nacía la liturgia costumbrista del espíritu de la piedra de las playas pedregosas. En este collage había seleccionado pinturas de César Manrique, lanzaroteño, con recuerdos carnavalescos y de chumberas; la acuarela del canario Alberto Manrique bruñía el pecho de las casas y echaba aludes de enseres angulosos al vacío. Una pareja tenía abrazos en los ríos de los sueños y sus ojos dormitaban entre hojas de platanera que la italiana Greta Chicheri combinaba mudando el ojo del espectador hacia un surfista ausente que secó de golpe su tabla vertical. Como un sobresalto aparecían los grandes volcanes en las arenas ocres salientes del lanzaroteño José Melián para que en ellas se posaran mascarones de rocas.

Tindaya. Molina. Montaña Quemada. Ecomuseo (ceramista). Monumento a Miguel de Unamuno en Montaña Quemada (Juan Borges Linares). Ecomuseo (encajera). Cerámicas. Destiladera. Ecomuseo (cocina). Chumbera. Finca Pepe. Granja la Acaravaneras.

Al sur del municipio de la Oliva, majestuosa sobre una llanura, Gea de la antigüedad, veteada, sellada con cerca de 300 grabados podomorfos realizados por una población maxie, preeuropea, Tindaya fue la montaña elegida para caminar más allá o ir a un más allá sin retorno; para subir como un nublado sin lluvia por una piedra traquita de color gris-marrón claro. Una montaña que un artista (Chillida) propuso vaciar su cima para dar luz y trasponer las voces calladas. Las siluetas de los pies afortunadamente siguen alineadas al Solsticio de verano para rendir la vista a su volcán mayor, el Teide. Por la tierra volcánica de Fuerteventura, la Montaña Quemada era otro cono de piroplastos basálticos que se extendía hacia el oeste formando otro malpaís. El cráter abrió la boca y vomitó las coladas de lava en esa dirección. En la falda oriental se levantaba el monumento a Miguel de Unamuno (Juan Borges Linares) erigido hacía casi veinte años. Distaba a 3 kilómetros de Tindaya.

La carretera discurría mansamente hacia Tefía. El Ecomuseo La Alcogida era una invitación a una parada en medio de un secarral salpicado por palmeras y cactus. Debió tener vida agrícola porque la toponimia del museo aludía a la recogida de agua de lluvia en una alcogida (terreno) para encauzarla a un aljibe. De hecho, en alguna de las siete casas rehabilitadas del ecomuseo se conservaba una destiladera, hecha de piedra arenisca porosa y de forma semiesférica que filtraba el agua de lluvia. Cada casa llevaba el nombre de su antiguo propietario que la ocupó hasta 1970 (casas de Sra. Herminia y Sr. Donato, Sr. Teodosio, etcétera). Pude escuchar las semblanzas biográficas de una encajera y una alfarera. Las dos conocían el oficio del encaje a la aguja y de la alfarería del barro por tradición familiar. Reconocían que nadie de su familia seguiría el mismo itinerario profesional, porque el trabajo manual no rendía para la vida moderna. Ya no se cultivaban cereales. Sobraban las eras y los pajeros. No había necesidad de llevar el grano al molino de viento tradicional de seis aspas o a la molina harinera, que se diferenciaba de la anterior por la maquinaria y edificación. Los hornos no se encendían. Otra casa exponía labores de cesteros de caña, pírgano y palma.

Donde terminaban las pedrizas se alzaba la testuz de las cabras. Las 300 cabras de la Finca Pepe. Granja la Acaravaneras eran ejemplares de una explotación agrícola que había ganado premios con el queso tierno elaborado con leche cruda de cabra. El queso majorero fue la salvación para la vida rural de la isla.

Por la tierra volcánica de Fuerteventura

Mirador Corrales de Guise. Guise y Ayose

Por la curvada carretera FV-30 se ascendía al Mirador Corrales de Guise. A ambos lados de la carretera se dominaban los valles de Santa Inés al norte (antiguo reino Maxorata) y Betancuria al sur (antiguo reino de Jandía). Esta cima estaba coronada por dos esculturas de 4,8 metros de altura que representaban los legendarios reyes Guise y Ayose, obra del lanzaroteño Emiliano Hernández García. La historia vinculada a estos dos reyes enfrentados entre sí, que tenían separadas sus tierras por el istmo de La Pared, contaba que fueron derrotados por los conquistadores normandos Juan de Bethencourt que recibió de Castilla el título de señor de las islas de Canaria, y de Gadifer de la Salle. Los reyes de Fuerteventura fueron bautizados en 1405. En la voz de los reinos quedaron con los nombres de Luis y Alfonso. De esa fecha fue la creación de Betancuria, capital de la isla hasta 1894.

Como un vientre hundido y cicatrizado, el valle de Betancuria se extendía hacia el sur con las laderas de tierra en color rojo serpenteadas por barranqueras con palmeras canarias y tarajales. La deforestación continua de las laderas desde hacía 500 años había dejado sobre ellas salpicados testimonios de acebuches y especies de acacias.  

Por la tierra volcánica de Fuerteventura

Iglesia de Santa María de Betancuria.

El Casco Histórico de la Villa de Betancuria apenas contaba con 300 habitantes, las ruinas del convento franciscano de San Buenaventura con muros pero sin cubierta vinculado al lego menor San Diego de Alcalá, un museo arqueológico y casas típicas de fachadas bien conservadas (Conjunto Histórico de 1979). El valle había sido amamantado por las escorrentías, y los lugareños cultivaban patatas en sus cuencas de drenaje.

LIglesia de Santa María de Betancuria inició su construcción en el siglo XV siguiendo un modelo gótico francés, impulsado por Juan de Bethencourt. Aunque destruida por los piratas berberiscos de Saban, la iglesia se reconstruyó en el siglo XVII combinando diversos estilos gótico, mudéjar, renacentista y barroco. La torre de base cuadrada, adosada al lado de la epístola, era fácilmente visible en el entorno. En el muro exterior se abría la puerta de acceso, labrada en piedra, enmarcada por jambas decoradas con un remate de frontón partido por un vano. Las cubiertas del interior de las tres naves remedaban artesas invertidas en estilo mudéjar. Los arcos de medio punto que sustentaban el entramado se apoyaban en columnas toscanas. El púlpito con casetones del evangelio y apóstoles, al igual que el coro, estaban realizados en madera policromada, que contrastaba con el suelo de losas de cantería. El barroco retablo mayor estaba igualmente policromado, divido en tres calles. En la hornacina central del retablo destacaba una talla de Nuestra Señora de la Concepción, policromada, y en el ático central sobresalía la figura de Cristo crucificado, también policromada. A los pies de la nave de la epístola aparecía el Retablo de Ánimas, pintado al óleo sobre lienzo. Aparte de las múltiples imágenes exentas, el techo mudéjar de la Sacristía impresionaba a los ojos su dorado color de valor artístico indudable e inusitado, mantenido desde antes de 1658. Destacada en la nave central aparecía la imagen de la Virgen de la Concepción, Patrona de Betancuria, de estilo barroco, realizada en cantería y policromada. Procesionaba por el pueblo con comitivas en las fiestas en su honor.

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Santuario Virgen de la Peña. Vega de Río Palma.

Por la ruta de las Dunas de Fuerteventura y a 7,7 kilómetros de distancia se situaba la edificación de la Ermita de Nuestra Señora de la Peña en Vega de Río Palmas. La construcción de la Ermita del siglo XVIII se limitaba a una nave con espadaña de dos cuerpos. La fachada de cantería no era común en las edificaciones religiosas. La historia de la Virgen de la Peña había quedado reflejada en un libro. La imagen gótica de bulto redondo alcanzaba los 21 centímetros de altura; estaba realizada en alabastro blanco y databa hacia 1430-1440. Algunos historiadores habían estimado que era la primera imagen flamenca realizada en los talleres de Brujas. La Virgen sostenía al Niño de pie en una hornacina enmarcada por un sol de plata. El retablo mayor, compuesto por dos cuerpos divididos en tres calles, tenía pinturas de la vida de Jesús. La Romería de la Virgen de la Peña era Bien de Interés Cultural desde 2007 para satisfacción del vecindario.

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Playa de Cofete.

Para acercarse a la playa de Barlovento de 12 kilómetros de longitud en Cofete había que llegar al extremo sur del Parque Natural de Jandía donde subsistía una planta endémica: el cardón de Jandía. Cerca, por la zona de la Playa del Matorral se podían ver garcetas, bisbitas camineros, currucas o corlitejos. El alboroto de la circulación se circunscribía a Morro Jable, ciudad moderna y turística con playas de una extensión considerable (8 kilómetros) y una dorada arena fina. Las esculturas de artistas de reconocida valía distraían la atención. Desde la estación de autobuses partía un Mercedes-Benz de ocho marchas con propulsión en el eje matriz suficiente para transitar por los caminos de tierra y grava que serpenteaba el arco montañoso con los picos más altos de la isla. La montaña echaba aludes de piedras teñidas de arena dorada. El océano revoloteaba a los surfistas y remansaba la arena. A media altura del pico de la Zarza, la casa Winter y su leyenda nazi se desarrollaba en mi pensamiento como una novela de intriga.   

Por la tierra volcánica de Fuerteventura

Museo del Queso Majorero (MQM).

Salpicado de notas verdes, la Antigua era un pueblo de dilatada tradición artesanal: el calado, la forja, la cerámica, la palma, el zurrón, la madera, el timple, la lana, la cantería o la cochinilla auguraban un desarrollo sostenible para una población del interior de la isla, ajena a los servicios hoteleros. Al lado de la carretera, el Museo del Queso Majorero (MQM) ampliaba el conocimiento de la geografía de la isla con paneles expositivos. El Museo exponía un molino macho de mampostería y planta circular coronado por una caperuza o capacete de madera que giraba por medio del rabo o timón y que por su envergadura competía con los manchegos. La molienda del trigo, millo o cebada aprovechaba los vientos del este africano desperazando las cuatro aspas de tela de lona que girando movían una rueda dentada que a su vez movía el husillo. El jardín albergaba variedades de cactus y suculentas de características similares, aunque en un espacio más reducido, a las del Jardín Botánico de Fuerteventura de La Lajita.

El MQM mostraba la tipologías y denominaciones de origen de los quesos canarios y específicamente de los municipios de Fuerteventura, y, curiosamente, reproducciones de acuerdos de gobierno del cabildo sobre la producción y venta del ganado caprino, leche y queso. Un acuerdo estableció en 1610: “Visto que se han hecho pocos quesos, mandaron se venda el queso curado a medio real y el fresco a tres cuartos y no más, so pena de 600 maravedíes”. En aquella época de hambruna se oían las esquilas de las cabras majoreras de distinto pelaje, pero también los silbidos sancionadores de los alguaciles. Los conquistadores normandos describieron la existencia de una cabaña de 60.000 cabras y de su rendimiento por el cuero, la grasa y la leche en 1.403. De los quesos refirieron los normandos que eran muy buenos. Como prueba definitoria de calidad, el queso Maxorata de leche de cabra semicurado con pimentón ha ganado el primer premio internacional en 2018. 

 

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Puerto del Rosario. Museo Miguel de Unamuno.  Parroquia de Nuestra Señora del Rosario.  Equipaje de Ultramar (Eduardo Úrculo). Baifo (Emiliano Hernández García). Suso Machín (Silverio López) de Unamuno (Emiliano Hernández García). Manuel Velázquez Cabrera (Emiliano Hernández García).

La capital de Fuerteventura tuvo inicialmente el nombre de Puerto Cabras por ser el punto de comercialización de la carne caprina y los quesos, y así la conoció Miguel de Unamuno. El catedrático de la Universidad de Salamanca estuvo desterrado en esta isla por orden del General Primo de Ribera en 1924. Tras cuatro meses de permanencia en una casa del siglo XIX ésta se había convertido en la Casa Museo Miguel de Unamuno que ilustraba cómo era su escritorio, cocina, cama, aseo, y salón. Allí se conservaban fragmentos de sus escritos sobre la isla extraídos de sus publicaciones en particular De Fuerteventura a París, que era un “rosario de sonetos un diario íntimo de la vida íntima de mi destierro”. Uno de ellos lo dedicó a la palmera canaria, especie endémica y protegida, símbolo con el canario del archipiélago:

“Es una antorcha al aire esta palmera,

verde llama que busca al sol desnudo

para beberle sangre; en cada nudo

de su tronco cuajó una primavera.

Sin bretes ni eslabones, altanera

y erguida, pisa el yermo seco y rudo,

para la miel del cielo es un embudo

la copa de sus venas, sin madera.

No se retuerce ni se quiebra el suelo;

no hay sombra en su follaje, es luz cuajada

que en ofrenda de amor se alarga al cielo,

la sangre de un volcán que enamorada

del padre Sol se revistió de anhelo

y se ofrece, columna, a su morada”.

Las esculturas revelaban el reconocimiento por el tramo de alma de personas que asomaron sus cabezas y sus hombros por encima de la buonomía de los demás ciudadanos. La isla era pródiga en homenajes. A Unamuno le dedicaron estatuas en la Montaña Quemada y delante de la casa que habitó en Puerto Rosario, frente a la iglesia del Rosario y al lado del Ayuntamiento. De los moldes del escultor Emiliano Hernández García salieron también los apolíneos Guise y Ayose, el abogado Manuel Velázquez Cabrera que promovió un plebiscito para que las islas menores tuvieran su propio cabildo, que posteriormente se aprobó por Ley en 1912, o el cabrito Baifo, recordando el viejo nombre de la ciudad, cuya degustación en salsa es muy sabroso. La estatua dedicada a Suso Machín, de Silverio López, paisano que cantó leyendas isleñas y pintó escenas de la vida cotidiana; o la mención a los viajeros recordando la vida como un tránsito en la escultura Equipaje de Ultramar de Eduardo Úrculo.

La Iglesia Matriz de Nuestra Señora del Rosario, construida en 1931, era sencilla de líneas. En el retablo mayor destacaba una imagen de candelero para vestir de la Virgen del Rosario. Desde el balcón de la plaza de la iglesia se divisaba a lo lejos los ferrys que hacían trayectos a otras islas y los hombres que acudían al puerto a faenar.

Luis Miguel Villar Angulo

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