CU de la US
Luis Miguel Villar Angulo

Cunas de santos, exploradores y artistas guipuzcoanos

Costa guipuzcoana

 

Cunas de santos, exploradores y artistas guipuzcoanos.

Inicié la visita del litoral guipuzcoano cerca de Deva. Desde allí se divisaba al este la posición de la villa costera de Zumaya. De hecho, la ruta del Flysch (“rasa mareal” o “plataforma de abrasión”) de Deba a Zumaya discurría a lo largo de 8 kilómetros de acantilados. Me propuse hacer la ruta más cómoda y sin riesgos del camino ignaciano tomando como cabecera de mi partida la localidad de Azpeitia para seguir el curso del río Urola que convertía su valle en el paisaje más espectacular del País Vasco. El río descendía suavemente hacia el norte por aquella localidad, pasaba por Cestona y desembocaba en Zumaya.

La primera parada que hice en Azpeitia fue en la Ermita de Ntra. Sra. de Olatz (siglo XIII). Allí se habían reunido las Juntas Generales de Guipúzcoa hasta el siglo XVIII, como atestiguaba una placa conmemorativa con el escudo de la provincia en uno de los muros del templo. El interior de la Ermita estaba oscuro y las velas daban más luz cromática a la Virgen de Olatz, que era una joya de madera policromada hecha en estilo gótico. El coro y la bóveda de madera mantenían el ambiente rústico de siglos atrás. El mismo San Ignacio había acudido a esta ermita para rezar plegarias. Esperé en el zaguán o cobertizo exterior a que dejara de llover para acercarme al Santuario de Loyola. Bordeé el convento de Nuestra Señora de Olatz, que era un edificio monumental de estilo ecléctico del arquitecto bilbaíno Manuel María de Smith construido en 1910, hasta llegar a la carretera.

Azpeitia. Virgen de Olatz, placa conmemorativa de mármol blanco con el escudo de la provincia en la Ermita de Ntra. Sra. De Olatz. Monasterio de Olatz. Santuario de Loyola: pórtico, escalinata, cúpula y linterna.

Sin duda, el santuario y basílica de Loyola era un complejo religioso imponente situado en el barrio de Loyola del municipio de Azpeitia, entre esta localidad y Azcoitia. Bajo un paraguas miraba el burbujeo de la lluvia en la corriente del Urola, el plúmbeo color grisalla de la bóveda y las chorreadas paredes de caliza que aumentaban el movimiento de los adornos del estilo barroco y churrigueresco de la basílica. No podía imaginar que debajo de la cúpula de ocho ventanales y la linterna de 65 mts. de altura los estucos de los muros, encendidos de color, ofrecieran tanta vistosidad.

El santuario constaba de varios edificios. Conforme me acercaba al pórtico y subía las escalinatas, mejor percibía la simetría de las arcadas y los detalles escultóricos, desde el escudo de la dinastía de los Borbones a las estatuas de los distintos santos. El impresionante cancel de caoba de la entrada principal mantenía una armonía estilística con los restantes elementos constructivos de la basílica. El Altar mayor de estilo churrigueresco con mármoles incrustados de varios colores tenía dos grandes columnas salomónicas y la estatua en plata de San Ignacio de Loyola, realizada por el valenciano Francisco de Vergara y ejecutado en plata, presidía el retablo. Además, se circunvalaba la planta de la basílica con seis altares adicionales repletas de santos.

Decidí visitar el Museo Sacro de la casa torre de la familia de los Loyola original de los siglos XIV-XV hecha de piedra y ladrillo y levantada en cuatro plantas tras contemplar el grupo escultórico en bronce del exterior donde figuraba Ignacio de Loyola herido en el cerco de Pamplona del escultor catalán Joan Flotats. El Museo exponía objetos litúrgicos, colecciones de arquetas, libros que Iñigo había leído mientras estuvo enfermo (La vida de Cristo y Flos Sanctorum), y libros de ejercicios de diferentes épocas (Leyenda de los Santos de 1525). La Capilla de la Conversión de la tercera planta representaba a San Ignacio escribiendo el libro de ejercicios en la Cueva de Manresa, que aconteció entre 1521y 1522. Era un lugar reservado para la oración que congregaba fieles silenciosos. La obra del santo se había extendido a través de 50 editoriales que sacaban 5.000 títulos, 780 revistas, 24 universidades eclesiásticas (Deusto en Bilbao, entre otras), 444 centros de enseñanza media y profesional, 550 centros diversos, 35 emisoras (Radio Vaticana, entre otras), y ahora uno de los jesuitas era el Pontífice de Roma.

Azpeitia. Casa natal de san Ignacio (Capilla de la Conversión). Estatuas de la escalera de los Santos. Pauli III. prima primi instituti Societatis Iesu approbatio… Compró un bordón y una calabacita”. Mobiliario. Monumento a San Ignacio. Hogar familiar.

 

Azpeitia. Basílica de Loyola. Altar mayor. Estatua en plata de san Ignacio de Loyola. Cancel de caoba de la entrada principal. Cúpula con ocho ventanales.

De regreso en autobús a Cestona pude ver otros edificios de Azpeitia, como la plaza de toros para 4000 espectadores, que en 2003 había cumplido su primer centenario, o el Museo del Ferrocarril con una locomotora a vapor de 1880.

Cestona era un pueblo con un pasado turístico y social desarrollado debido a las aguas mineromedicinales, declaradas de utilidad pública en 1792. El balneario había abierto en 1804. El Gran Hotel que era el edificio más singular se había construido en 1893. Paralelamente a ese magno edificio, se levantaron nuevos hoteles y pabellones industriales en el pueblo, ahora arrumbados, así como una línea de ferrocarril, convertida en un camino verde. Algunas casas nobles modernistas daban testimonio de un pasado con cierta opulencia en el barrio Iraeta. Cuando se comprobó que las aguas no tenían las propiedades medicinales supuestas, se fue minorando la capacidad hotelera del pueblo hasta convertirse en un balneario que se nutría de dos manantiales con aguas clorurado sulfatas sódicas o hipotermales. La Parroquia de la Natividad de María del siglo XVI era el monumento más exiguo, ahora cerrado por restauración, junto a la Cruz del siglo XVII que marcaba la entrada del pueblo. Dejando el barrio Iraeta hacia el río Urola, atravesé el puente para visitar la Cueva de Ikain. Las tierras de aluvión junto al río ofrecían un cómodo paseo en medio de una aliseda. El Palacio de los Lili era un caserío en medio de huertas que ofrecía representaciones teatrales para los turistas, mostrando el uso y costumbres de una familia de mercaderes y empresarios.

 

Cestona. Parroquia de la Natividad de María. La Cruz. Casa noble. Puente sobre el río Urola. Balneario. Por la ribera del Urola hasta Zumaia.

La Cueva de Ekain era un Museo con instalaciones modernas, réplica de la cueva descubierta en 1969, con 70 figuras de animales entre pinturas y grabados rupestres sobre los que destacaba el panel de los caballos, fechados en el Magdaleniense del Paleolítico Superior. Sorprendía la calidad de las instalaciones y la reproducción de los dibujos en sitios alejados de la luz del exterior. Parangonable a los dibujos de otras cuevas (por ejemplo, Altamira) Ekain estaba incluida en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 2008. A pesar de que los caballos eran los animales más representados, los moradores habían vivido de la caza del ciervo y de las cabras según descubrimientos arqueológicos recogidos en la obra de José Miguel Barandiarán y Jesús Altuna que publicaron las “Excavaciones en Ekain” en un número de la revista Munibe de 1997.

 

Museo de la Cueva de Ekain (Cestona). Los caballos de Ekain y el arte rupestre. https://www.ekainberri.eus/el-origen/ekain-visita-virtual-second-canvas/.

De Cestona a Zumaya se tardaban 12 minutos en coche. La ciudad se extendía a lo largo de la desembocadura del Urola. La zona más antigua se situaba alrededor de la Parroquia de San Pedro Apóstol (siglo XIII) que tenía una apariencia de fortaleza con ribetes de arte gótico. (No pude ver, a mi pesar, el único retablo de Anchieta en Guipúzcoa, porque estaba cerrado el templo). Aparte del casco histórico, el pueblo conservaba edificios nobles de importante alzada y aspecto señorial. Uno de ellos era el Palacio de Foronda, que era la Casa de Cultura del Ayuntamiento en la actualidad. Otros edificios habían tenido repercusión cinematográfica, como la Ermita de San Telmo (siglo XVI) (Ocho Apellidos Vascos) o la zona de los escarpados acantilados de los flysch donde se rodaron escenas de la serie Juego de Tronos. En el jardín de otra vivienda se exponía el reloj de San Miguel de Artadi de 1901 con ruedas de movimiento y sonería construido en bronce. Desde luego, los acantilados de la playa de Itzurun fue la visita paisajística más sorprendente. A la playa lisa y arenosa llegaban estratos de los acantilados formando capas de milhojas de material duro (calizas y areniscas) con otras blandas (margas y rocas arcillosas). La erosión de las olas sobre los acantilados desde el periodo cretácico había conseguido un paisaje de estudio muy apreciado para los geólogos. Algunos jóvenes caminaban arriesgando las plantas de los pies por las margas entre las roderas de las rocas calizas que se adentraban en el mar.

Parroquia de San Pedro de Zumaia. Desembocadura del río Urola. Casa de Cultura del Ayuntamiento.

 

Flysch de Zumaia y playa de Itzurun.

 

Los seis kilómetros que separaban Zumaya de Guetaria los hice por la costa en una hora y 22 minutos. Aparcar en Guetaria era un problema y cuando lo hice confiado en una zona cercana al puerto, sin previo aviso y transcurridos unos meses me notificaron una multa. Enfrente de la oficina de turismo estaba el Monumento a Sebastián Elcano (1922) del palentino Victorio Cacho sobre el zócalo de un antiguo baluarte de la muralla del siglo XVII. El monumento se coronaba con una victoria alada a semejanza del mascarón de un barco. Allí pude leer en una lápida los 18 tripulantes que hicieron la gesta de dar la vuelta al mundo (vascos, andaluces, franceses, griegos, etc.), que también se rememoraban en otra cerámica en Sanlúcar de Barrameda. (Otras ciudades, como Sevilla también habían construido esculturas dedicadas al navegante, como el grupo escultórico de Antonio Cano de 1973). Guetaria tenía más monumentos dedicados a su insigne explorador. La estatua de cuerpo entero del madrileño Ricardo Bellver de 1881 se situaba en la plaza de los Gudaris, frente al Ayuntamiento en el casco antiguo, desde donde se abrían calles (Elkano y Mayor) longitudinales, paralelas, pendientes, bulliciosas y con banderolas nacionalistas hasta el puerto. La Calle Mayor mostraba al fondo la torre de arenisca de la Iglesia de San Salvador (monumento nacional) de estilo gótico (siglo XIV) con pórtico de entrada, seis cuerpos, reloj y campanario, calle que atravesaba el Pasadizo de Katrapona por debajo del templo y llegaba a una escalinata que salvaba un desnivel desde la cornisa para llegar a la playa y al puerto por una escalinata. (En la Iglesia se celebraron las primeras Juntas Generales de Guipúzcoa en 1397, y después, como hemos escrito anteriormente, en la Ermita de Ntra. Sra. de Olatz de Azpeitia). Justamente en 2019 se había celebrado la exposición “El viaje mas largo” en dos sedes: Museo San Telmo de San Sebastián y Archivo General de Indias de Sevilla, conmemorando el 500 aniversario de esta hazaña.

 

Iglesia de San Salvador de Guetaria. Monumento a Sebastián Elcano. Imágenes de fachadas y calles.

Si curioso era el Monte San Antón, conocido por el Ratón de Getaria y reproducido en una de las postales más típicas de Guipúzcoa, original era la construcción de la Fundación Cristóbal Balenciaga dedicada al modisto y costurero nacido en una casa del casco antiguo de la localidad, que exponía 2.150 prendas en su primer quinquenio de funcionamiento con 40.000 visitantes anuales. El Museo Balenciaga, inaugurado en 2011, con una traza original del arquitecto Argilago, también incluía exposiciones temporales. Distintos museos habían expuesto artículos de la dilatada trayectoria del guetarense que combinaba lo mismo el diseño de un vestido y chaqueta de satén con hilos metálicos, lentejuelas y mostacillas de 1960, inspirado en el cuadro “El Cardenal dos Luis María de Borbón y Vallabriga” de Goya que un vestido de satén y visón, rememorando a “Fray Francisco Zumel” de Zurbarán. Inspirado fundamentalmente en Goya, sin descuidar otros pintores de obras religiosas, sus vestidos de tul con hilo metálico y sobrefalda de tafetán parecían recreaciones pictóricas de autores clásicos, sin haberse dejado impresionar por el arte contemporáneo o por la industria francesa del prêt-à-porter.

Guetaria. Museo Valenciaga

La ruta por la costa cantábrica tuvo su siguiente parada en Zarauz. Distaba a 4,8 kms de Guetaria. Los días y las tardes de verano eran cambiantes. Si por la mañana hacía solo, por la tarde se nublaba y caía un chaparrón. La playa era la más extensa de la costa vasca (2.500 metros de arena fina) y el paseo marítimo estaba repleto de bares y restaurantes donde se cobijaba la gente de la lluvia inesperada. Había que vivir el día de prisa. Así que después de contemplar la playa vacía, las sombrillas y toldos plegados, alineados y uniformados, las esculturas de bronce (“A través de” y “Torsión compensada” de Salazar, 1996), algunos bañistas con traje de neopreno esperando que las rompientes agitaran las olas para practicar surf y bodyboard, decidí pasear por el casco antiguo cerca del kiosko de la música en forma de pabellón cubierto en medio de la Plaza de la Música. Las casas tenían una buena apariencia constructiva y la lluvia había terminado de limpiar las calles. Me dirigía a la Parroquia de Santa María la Real porque sonaban las campanas llamando a los oficios religiosos. La parroquia estaba junto a la singular torre-campanario, que acogía el Museo de Arte e Historia. El retablo mayor de la iglesia de estilo gótico de finales del siglo XV por Andrés y Juan de Araoz se componía de cuatro cuerpos y cinco calles y estaba presidido por la imagen gótica de Nuestra Señora de la Real.

Zarauz. Playa. Parroquia de Santa María la Real.

La excursión tuvo como remate una visita acariciada desde hacía tiempo: el Chillida Leku (2000) ubicado en Hernani, que había reabierto sus instalaciones con una nueva empresa de gestión. Había visto mucha obra de Eduardo Chillida (1924-2002) desde la pieza de hormigón “Lugar de encuentros III” colocada en el Paseo de la Castellana en Madrid en 1972, que recordaba las esculturas colgantes de Calder, su obra más señera de San Sebastián “Peine del Viento” de 1977, al “Monumento a la Tolerancia” de Sevilla (1992), pero Chillida Leku había reabierto las instalaciones de su colección con piezas de hierro, acero, granito, alabastro y papel, donde las gravitaciones, los grafismos y el logos daban al silencio de las praderas entonaciones y ritmos de intimidad. En esta segunda visita desconocía los grabados, bocetos y figuras hechas a escala, instalados en el rehabilitado caserío Zabalaga, y la disposición de las figuras del exterior del jardín con césped, robles, hayas y magnolios. Guiado por el aroma, en expresión del artista, del césped húmedo y las cortezas regadas de los árboles, me fui empapando de piezas que homenajeaban a artistas (Braque), científicos (Luca Pacioli), poetas (Goethe V), modistos (Balenciaga) o la misma naturaleza (Homenaje a la mar IV) con otras obras de rotulaciones particulares (Harry III, Iru burni III, Esertoki III) o explícitas (Arco de la Libertad). La factura desglosada de los trabajos de mecanización, preparación y acabado, fabricación y materiales varios del “Peine de los vientos” por 5.837.140 pesetas se podían entrever las manos de obreros que intervinieron en los distintos talleres de matricería, montadores, calderería, refractarios y albañiles. En el verde de la colina de Hernani recordaba, sin embargo, su frustrado proyecto de vaciar la montaña de Tindaya en Fuerteventura para “dar luz y trasponer las voces calladas” de la población maxie, como había hecho con bolos de alabastro en sus obras “Lo profundo es el aire XV” (1995) y “Elogio de la luz XX”. Mientras lo recordaba, seguía mirando los dibujos de las gravitaciones en papel y la luz reflejada del mar en una piedra de sulfato cálcico compacta y translúcida donde tintineaban sus diálogos con la materia.

Hernani. Chillida Leku.

LMVA

Artículo:

Dovale Carrión, C. (2014). Chillidaren etxea” (La casa de Chillida): un muro de piedra como elemento generador de Chillida-Leku. Escritura e imagen, 14 (Núm. Especial: Eduardo Chillida): 233-246. DOI: https://doi.org/10.5209/rev_ESIM.2014.46930

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