CU de la US
Luis Miguel Villar Angulo

San Cristóbal de La Laguna, Patrimonio de la Humanidad

Ermita de San Miguel Arcángel. Detalle

Con paso lento salía del renovado hotel Nivaria lagunero del siglo XVI, nombre con el que Plinio había conocido las Islas Hespérides que vestían de blanco el volcán tinerfeño.

Plano del Centro Histórico de La Laguna

Transitaba por el tablero del Adelantado, en el que arcanos edificios irradiaban mágicas sus formas a la plaza. Alrededor de la fuente de mármol de 1869 escuchaba notas de surtidores de agua que laceraban el silencio de la Villa de Abajo.

Hotel Nivaria

Siguiendo las agujas de un reloj imaginario, caminaba alrededor de las columnitas y de los surtidores de los mascarones mirando el edificio del Ayuntamiento de piedra azulenca del siglo XVI con apariencia neoclásica que tenía dos alturas y congregaba unos pocos parroquianos con necesidades administrativas.

Fuente de la Plaza del Adelantado

Otros feligreses doblaban la esquina de la antigua calle La Carrera, espina dorsal de la ciudad, para venerar el cuerpo incorrupto de Sor María de Jesús (La Siervita) en el Convento de Santa Catalina de Siena, inaugurado en 1611 y custodiado por monjas de clausura de la Orden de Predicadores (Dominicas). En el interior del templo de una nave, me llamaron la atención la rejería, el techo mudéjar y el retablo mayor presidido por la imagen de la Virgen del Rosario en la hornacina central con otras dos imágenes a sus lados: Santo Domingo de Guzmán y Santa Catalina de Siena ataviados con el hábito dominico. La luz lateral caía amortiguada tras una cortina y ningún tintineo de tacones se escuchaba entre los bancos. La paz reverberaba en la iglesia.

Retablo mayor del Convento de Santa Catalina de Siena

Desde el exterior, miré otra vez el ajimez de estilo mudéjar (“saledizo o balcón saliente hecho de madera y con celosías”) que remataba una de las alas del convento haciendo esquina con la antigua calle de los Cazadores.

Pasada esta calle, el edificio que ahora veía tenía opulencia: se conocía como Palacio de Nava. Lo miraba hecho de tiempo y reformas hasta que, en 1776, revestido de piedra, adquirió su aspecto definitivo dentro de una combinación estilística de arquitectura neoclásica, estética romántico-barroca y sutilezas manieristas.

Palacio de Nava

Sentía el agua circular de la glorieta cuando miraba la Ermita de San Miguel Arcángel, que era otro Bien Cultural, como el Palacio de Nava. Construida en 1759, la composición equilibrada y simétrica de las espadañas con vanos para las campanas o verodes por encima del arco que enmarcaba el pórtico, reflejaba calma bajo las estrellas. En las ocasiones que lo vi abierto, la desierta nave contraponía el frío de la piedra del suelo con la calidez del artesonado de par y nudillo. Una ermita que mantenía la armonía en el tiempo en la plaza con el Convento de Santa Catalina de Siena.

Ermita de San Miguel Arcángel

Las leyes secretas que regían el azar de la planificación urbanística habían desnudado de aromas y colores de mercado el antiguo edificio de “La Recova” convirtiéndolo en un solar expurgado hacia los años 50. Casi un siglo había sido eje de la vida comercial de la ciudad. La rueda de los presupuestos no afectaba por igual a las edificaciones. Mientras que a la izquierda de la Ermita un solar dejaba ver las casitas levantadas en la colina, a la derecha se elevaba el edificio de los Juzgados. Era un inmueble funcional de dos plantas que miraba a la plaza con aplacados de piedra de dos tonalidades hasta crecer a cuatro plantas de altura en la parte posterior.

En el lento paseo por la embocadura de la calle Obispo Rey Redondo (antigua calle La Carrera) miraba al fondo la esbelta torre de la Iglesia de Ntra. Sra. de la Concepción sintiendo que la brisa de la mañana alejaba mi pensamiento de tareas académicas. A la izquierda de la calle se distinguían coloreadas casonas de familias señeras, que había contemplado muchas veces: la Casa del Corregidor de fachada renacentista de mediados del siglo XVI con moldura de cantería roja que enmarcaba el arco, con la triple marca heráldica del gobernador Jerónimo Álvarez de Sotomayor. En la actualidad, el inmueble funcionaba como sede del Ayuntamiento.

Calle Obispo Rey Redondo (antigua calle La Carrera)
Casa del Corregidor

En la misma hilada de la acera, la Casa de la Alhóndiga del siglo XVIII con remate triangular del XIX, almacén de trigo antaño, luego fonda y actualmente dependencia municipal, mantenía un paramento pintado en azul con ventanas guillotina y puerta de madera estilo español.

Casa de la Alhóndiga

El colindante edificio, Casa Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes, del siglo XVII, albergaba distintas dependencias municipales (biblioteca y museo), desde 1976. Había sido una residencia abierta a varias familias donde se alojaron gobernadores y obispos, incluso prisioneros franceses. Hacían vida alrededor del patio, que palpitaba la voz soterrada en las galerías cubiertas, los bisbiseos de la fuente de agua y la gente noble desfilaba en la balconada corrida como un mirador largo y volado apoyada en columnas sobre pedestales. Por fuera, el balcón sobre ménsulas y la puerta enmarcada con pilastras mantenían la eternidad arquitectónica en vilo. Tres edificios enfoscados con texturas lisas, modulaciones rítmicas y geometrías consonantes.


Casa Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes. Exterior.

Casa Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes. Interior.

Por la calle Obispo Rey Redondo las salpicadas jardineras hacían de arriates, los comercios y los establecimientos de restauración con terrazas no se proclamaban con luminosos y el Teatro Leal, construido en 1915 reabría sus puertas en 2008, tras sucesivas restauraciones. Por fuera, era un edificio ecléctico en arquitectura, mientras que en el interior sus paredes y techo estaban enriquecidos con pinturas murales. De un aforo contenido en medio millar de espectadores, la sesión teatral a la que asistí me pareció un recital familiar. A la salida, miré el patio interior de la Casa de los Marqueses de Torre Hermosa, convertido en Hotel Aguere de dos plantas, que el fondo de los años había dado mansión a próceres docentes y eclesiásticos; un venero de argucias curativas y de elegantes “quedadas “musicales venidas a menos.

Teatro Leal
Calle Obispo Rey Redondo

La calle de uso peatonal se abría a la derecha para mostrar franjas con especies endémicas y al fondo un tipo de pavimento discontinuo en las plazas de la Concepción y del Doctor Olivera se aligeraba de color con palmeras que eran el símbolo vegetal de Canarias. Estaba en la Villa de Arriba, que había acogido a muchos artesanos en la zona y que se podía reconocer en algunos solares y fachadas de casas bajas.

Los 28 m de altura de la torre del siglo XVII en estilo toscano de la Parroquia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción se distinguían con nitidez de día, mientras que las luminarias ornamentales y las balizas con led en el suelo ayudaban a pasear por el perímetro de la parroquia de noche. En la torrecilla se hallaba la campana más grande de Canarias. Recuerdo de su interior – celebrando oficios la mayor parte de las veces – la armadura de par y nudillo de la cubierta, característica de la carpintería hispanomusulmana, que había visto de otros templos canarios, el retablo mayor y el camarín de la Inmaculada Concepción. Haciendo memoria ya tenía en mi conocimiento que la reliquia del lignum crucis de este templo era uno más de los que había visto en otros templos: Santo Toribio de Liébana y Caravaca de la Cruz.

No muy lejos se hallaba la plaza de la Junta Suprema de Canarias homenajeando a todos los patriotas de la Guerra de la Independencia con el busto del poeta regionalista José Tabares Bartlet (1850 – 1921), del que selecciono algunos versos de su poema Bajamar (Yo tengo una casita’
que el cierzo baña,
entre el mar y la sombra
de una montaña.). En esta plaza se atribuía el origen de la ciudad.

De regreso por la calle Capitán Brotons visité la neoclásica Santa Iglesia Catedral de Nuestra Señora de Los Remedios de 1820 después de una reforma dilatada en dos siglos y con novedades de materiales constructivos (uso del hormigón y fibras de polipropileno), declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1983 y reabierta en 2014. Aquí llegué a conocer la lápida dedicada a los restos del conquistador de la isla y fundador de la ciudad que bajo el sobrenombre “El Adelantado” hizo celebre la Villa de Abajo, el sanluqueño Alonso Fernández de Lugo. Sentí curiosidad al conocer que en este templo había sido bautizado San José de Anchieta, lagunero de nacimiento y fundador de ciudades brasileñas tan destacadas como Sao Paulo o Río de Janeiro, cuyas reliquias se conservaban en el templo. No imaginaba cómo había podido llegar hasta este templo un resto del manto de San Fernando que procedente de Castilla había conquistado Sevilla, donde estaba enterrado. Fue una sorpresa de arte escultórico el púlpito de carrara de Pasquale Bocciardo. Además, frente a otras iglesias, la catedral tenía como novedad constructiva una girola que bordeaba el presbiterio. La cúpula de 41,5 m de altura era una de las enseñas del templo. Bajo su cielo inceleste rotaban los rezos inconscientes.

Santa Iglesia Catedral de Ntra. Sra. de los Remedios
Púlpito de Bocciardo
Silueta de la Santa Iglesia Catedral desde el Palacio Arzobispal

Ya era la hora de comer. Mi guía con una rosa en el alfiler esbozó su alegría al sugerir un destino: el Palacete de Rodríguez de Azero que albergaba el Casino de La Laguna. El edificio tenía cierto estilo palaciego, balcones de hierro con cristaleras y salones acogedores para los comensales. Atravesé el jardín y disfruté de unas copas de Brumas de Ayosa del Valle de Güímar con surtido de quesos (queso de cabra majorero y flor de guía), potaje de berros, cherne a la plancha y carpaccio de frutas tropicales.

Palacete de Rodríguez de Azero. Casino de La Laguna

Tenía una cita concertada en la Calle San Agustín, que había transitado a tientas en otras ocasiones después de quedar peatonalizada en 2011. En esta ocasión había un tramo en obras. Un fuego ocasionado en 2006 había provocado daños en la Casa Salazar de 1664, convertida en sede del Obispado de la Diócesis Nivariense.

La fachada del edificio combinaba trazas neoclásicas y exageradas decoraciones de piedra. Unas gárgolas de formas zoomórficas se proyectaban desde el canalón del tejado. Sufrió daños por el fuego y se reabrió la sede en 2009. No llegué a ver la Capilla del Obispado, porque se estaba levantando. La madera se había empezado a despertar del trance, sudando resina de sus entrañas. El patio interior era una fuga de galerías en medio de arriates que formaban geometrías simétricas.

Palacio Episcopal o Casa Salazar. Fachada
Patio del Palacio Episcopal o Casa Salazar
Palacio Episcopal o Casa Salazar. Fachada

Desde el balcón central de la primera planta del Palacio Episcopal se advertía la fachada de la Casa de los Jesuitas construida y terminada por la Compañía de Jesús en 1793 donde se había instalado inicialmente la recién fundada Universidad de San Fernando, predecesora de la Universidad de La Laguna, y que ocupaba en la actualidad la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, que había editado entre otros estudios un trabajo dedicado al pintor surrealista lagunero Oscar Domínguez.

Autorretrato (1933). Oleo sobre lienzo. Colección Oscar Domínguez. Tenerife Espacio de las Artes (TEA)
Casa de los Jesuitas

Esta antigua calle Real estaba cuajada de edificios que contemplaban la ciudad desde la nobleza de títulos nobiliarios o comerciales que encerraban la verdad de un estilo de vida en sus graneros, patios de interior y huertas. Eran casas de distinta tipología: casa alta o sobradada, casa armera, casa-granero y casa-comercial. El Palacio Lercano (actual Museo de Historia y Antropología de Tenerife) realizaba exposiciones de notable interés. A lo largo del tiempo de mis visitas a la ciudad había visto montajes de colecciones pictóricas y su exposición permanente en cuyas salas había apreciado los oficios y la vida cotidiana, y algunos cambios y transformaciones de los siglos XIX y XX. La fotografía me recordaba la exposición retrospectiva de la entrañable pintura de José Jorge Oramas, metafísico solar de 2003.

Palacio Lercano (Museo de Historia y Antropología de Tenerife) (fachada de color tierra)
Palacio Lercano (Museo de Historia y Antropología de Tenerife) (Interior)

El Instituto de Canarias Cabrera Pinto, heredero de la Universidad Literaria San Fernando, desaparecida en 1846, fue la primera universidad de Canarias. Durante setenta años culturizó a los jóvenes como único Instituto de Canarias. La infraestructura del convento de los agustinos contenía las aulas de Secundaria, los antiguos claustros y jardines, el salón de actos, la biblioteca y el museo. Recordaba que me podía extraviar entre los cuidados jardines; no sabía lo que detrás de los claustros se había podido discutir, pero pensaba en mi interior lo que aquella generación anhelaba: el conocimiento para mantener encendida la candela del progreso de las Islas Canarias. Cuando salí , me fijé en el busto de Blas Cabrera y Felipe, físico experimental, reconocido investigador y catedrático de Electricidad y Magnetismo de la Universidad Central en 1905, de la que llegó a ser rector, para exiliarse por republicano y morir floreciéndole su honor en México.

Instituto de Canarias Cabrera Pinto
Blas Cabrera Felipe

Un descanso en un patio canario moderno y con aire francés sirvió para seguir planificando las visitas de la mañana siguiente que asomaba entre las nubes de las colinas verdes del monte Las Mercedes. (Mi guía jugaba con el alfiler y la rosa conteniendo su alegría pensando que visitaríamos más monumentos sin olvidarse del Mirador del Pico del Inglés).

Mirador del Pico del Inglés

Con una brisa tempranera llegamos a la iglesia parroquial de Santo Domingo de Guzmán con entrada esquinada bajo espadaña de piedra del siglo XVIII y un alboreado camarín con la imagen de Nuestra Señora del Rosario en trono baldaquino de plata del siglo XVIII. El templo construido en 1527 era cinco años posterior al convento de los frailes dominicos, que habían abierto una cátedra de Teología tiempo atrás, siendo ambos inmuebles Bien de Interés Cultural de Canarias con la categoría de Monumento (1986). Pude contemplar en la iglesia bajo el artesonado de par y nudillo las pinturas murales de Mariano Cossio conmemorativas de la batalla de Lepanto con personajes de la vida cotidiana por las luminarias que el párroco encendió para la visita. Miraba el fasto color del templo y recordaba la exposición Arte, devoción y fortuna – Platería americana en las Canarias occidentales de 2011 en el ex-convento, que posteriormente se había abierto a otras manifestaciones expresivas contemporáneas.

Iglesia Parroquial de Santo Domingo de Guzmán, y Ex-convento.
Iglesia Parroquial de Santo Domingo de Guzmán. Interior
Pinturas murales de Mariano Cossio
Arte, devoción y fortuna – Platería americana en las Canarias occidentales. De la iglesia de Santo Domingo, de Santa Cruz de La Palma (Siglo XVII).

De la calle Santo Domingo a la Plaza de San Francisco le di una parada a la retina en el callejón de la Claras para contemplar otro ajimez, como ya había visto en el Convento de Santa Catalina de Siena, y dos portadas de cantería roja de la iglesia del primer convento femenino que hubo en Canarias: el Convento de Santa Clara de Asís, Bien de Interés Cultural. El resto de los paramentos del inmueble eran austeros, abiertos solo por ventanas con herrajes en la fachada del callejón. El convento tenía un museo (inaugurado en 2013) con piezas patrimoniales. La mayoría de las casitas del callejón eran de una planta. En la calle, el silencio aumentaba el éxtasis invariable de la vida conventual.

Había visitado el Mercado de la Plaza de San Francisco después que desapareciera La Recova de la plaza del Adelantado. En la plaza se encerraba la verdad del campo y del océano: hortalizas con las papas antiguas de color de Canarias, en particular, mi paladar disfrutaba de la bonita negra del valle de la Orotava; después de probar las mangas sin hebras y con pulpa carnosa reconocí que esa fruta depuraba saludablemente mi organismo; de las verduras, el bubango a la plancha con queso tierno combinaba un sabor apetecible; los pescados autóctonos de Canarias, frescos, eran abundantes: abadejo, pámpano, sama, alfonsiño, etcétera. En los puestos destacaba el habitual cherne de la familia del mero. Luego, miraba los mostradores apilados de quesos de vaca y fundamentalmente de cabra. Me gustaban los ahumados, pero los frescos a la plancha y en almogrote eran igualmente mi perdición. Fuera del olor interior de las naves, las flores esparcían su color y fragancia: desde la esterlicia, ave del paraíso, a otras que había visitado en la Casa del Vino de Tenerife: magnolio, jazmín amarillo, malva risco, magarza, etcétera.

Papas
Abadejo. Cherne
Quesos canarios

En el extremo opuesto de la plaza el Real Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna custodiaba la imagen más venerada de la ciudad: Santísimo Cristo de La Laguna. El convento databa de 1580. En la actualidad tenía la consideración de Bien de Interés Cultural. El retablo era de plata repujada y la cruz de Cristo era de madera con plata repujada. La imagen de tez morena del siglo XVI se debía a la gubia del escultor belga Luis Van der Vule, coronada por un “solideo” de oro.

En una ocasión había visto los fuegos artificiales en las fiestas del Cristo representando palmeras, cometas, cascadas de lluvia de estrellas, cornetas, etcétera. Las crónicas indicaban que en el año 1929 se habían quemado más de 100.000 cohetes. Además de la ruidosa algarabía de las explosiones de la pólvora y de los vistosos ascensos y descensos de las bengalas, los recuerdos de una espectadora tarareando continuos “¡pumba!” a cada palmera descendente del cielo fue la nota imborrable de la celebración.

Había cruzado muchas veces sus calles, visitado sus monumentos, disfrutado de los claustros y patios interiores, gozado de la presencia de los verodes, gratificado por el silencio de sus callejuelas, sorprendido por el colorido de las fachadas de las casas antiguas, impresionado por el mobiliario de madera refulgente, atento a piezas de museos con historias íntimas, orientado y aconsejado por una guía de “camino largo” que me hizo pisar el canto rodado, tocar la piedra grisácea.

Miscelánea de La Laguna

Con una copa de vino blanco de los Realejos y una bruma inútil del valle del Orotava, el Teide se fugaba estremecido al atardecer. San Cristóbal de La Laguna daba al universo calma. Soñoliento y vivo, sonreía ante una visión de la tierra tan alegre.

El Teide desde Los Realejos

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Luis Miguel Villar Angulo
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