CU de la US
Luis Miguel Villar Angulo

De Roncesvalles a Puente la Reina

Puerto de Ibañeta

El otoño explotaba en el puerto de Ibañeta. Notaba el fresquete a más de 1000 m de altura. Era una zona usada para franquear la frontera hispanofrancesa. Al fondo del puerto imaginaba la antigua vía romana de Aquitania que comunicaba Burdeos y Astorga. Una senda que había hecho célebre el monasterio noble y leal de Ibañeta hacia el siglo XI donde se había levantado el altar conmemorativo de 1965. La leyenda situaba en el valle estrecho y abrupto de Valcarlos a 7 Km de distancia de Ibañeta el lugar donde Carlomagno había escuchado el olifante de Roldán en demanda de ayuda. 

Este era el sitio de las leyendas de gestas medievales  contenidas en un bifolio de versos que Menéndez Pidal intituló Canción de Roncesvalles al descubrirse en 1916 en el Archivo Real y General de Navarra. El pergamino relataba la historia de la derrota de Carlos ante el ejército musulmán en 778 donde pereció su sobrino Roldán, el arzobispo Turpín y los doce pares de Francia. Las palabras sentimentales al tiempo que musculosas de los versos de Carlomagno tomaron conciencia en las gentes, al punto que el poema épico La Chanson de Roland de 5.500 versos se había convertido en el más famoso de la edad media.

El monolito a Roldán sobre una sombría peña, en la altura del monte, dominando los tenebrosos valles y los lúgubres desfiladeros, como describía el poema francés de La Chansón de Roland, tenía, además, un monumento frente al Silo de Carlomagno desde 2010 hecho de la mano del escultor Mario Bassi de Vergiate.

El paso de los peregrinos por Roncesvalles para visitar la tumba del apóstol Santiago, impulsada por el rey de Aragón y Navarra, Alfonso I el Batallador, y el obispo de Pamplona, Sancho de Larrosa, originó la creación de un hospital-monasterio que sería el germen del conjunto monacal y residencial de la actualidad. Del antiguo hospital de Ibañeta levantado por Sancho de Larrosa se había pasado al Hospital de la Caridad en el recinto de Roncesvalles de mejor abrigo y condiciones físicas.

Altar (1965)
Monolito a Roldán

En la remozada fachada de la Real Colegiata de Santa María de estilo gótico se anunciaba el horario de bendición del peregrino (20 horas) por algún miembro de la comunidad de canónigos agustinos. Estaba en el punto de partida de la Ruta Jacobea en dirección a Santiago de Compostela.

Real Colegiata de Santa María. Portada

Atravesé el original pórtico de tres arquivoltas y rosetón de la fachada para contemplar el magnífico y singular interior de estilo gótico navarro – reconocido como el mejor ejemplo del gótico en estilo francés -. Conforme iba atravesando los cinco tramos de la nave central notaba los esfuerzos de reconstrucción del templo que lo habían aliviado de la sobrecarga barroca en una restauración. Sobre las columnas apoyadas en basas y rematadas en capiteles se elevaban arcos formeros apuntados. El triforio corría sobre arquillos que daban armonía y equilibrio a cada arco formero. La cabecera pentagonal tenía grandes ventanales con vidrieras de composiciones coloristas recientes.

Real Colegiata de Santa María. Interior

Acercándome al presbiterio pude contemplar la imagen sedente de madera, forrada de plata, de la Virgen María de Roncesvalles de estilo gótico de mediados del siglo XIV. Era fácil notar la diferencia de las imágenes románicas de la Virgen y el Niño en posición frontal e inerte frente a esta escultura de gestualidad complaciente y emotiva arropada con vestimentas plegadas que denotaban el movimiento del estilo gótico. Dos ángeles ceroferarios remataban la composición.

Virgen María de Roncesvalles

Mantenía la sobria belleza gótica del XIII, al margen de la restauración del XVII, el claustro cuadrangular adosado al lado de la epístola de la iglesia. Una fuente ocupaba el centro del claustro. Aunque había que precisar que se trataba de una pila bautismal de origen desconocido. Nada de decoración: arcos apuntados y contrafuertes eran los atributos de almas encogidas por el frío y la austeridad duradera. 

Claustro

Pero rodando por una panda del claustro se advertía el acceso a la Capilla de San Agustín en el ala este del claustro. La portada tenía una triple arcada apuntada insinuando que entraba en un torre por altura o envergadura del cubo de sillería, sala capitular por su ubicación adosada a la iglesia o capilla real por el sepulcro del rey Sancho VII el Fuerte.

Capilla de San Agustín. Acceso

Instalado el sepulcro en 1912, llamaba la atención por sus enormes dimensiones (entre 2,28 y 2,31 metros de altura), que me hacía pensar en el tamaño gigante y forzudo del Rey Sancho VII. En aquella fecha se conmemoraba el aniversario de la famosa batalla de Las Navas de Tolosa. Cuando el Rey asaltó el palenque del almohade Miramamolín (Amir al-Muminin) al-Nasir y consiguió romper las cadenas, se llevó como trofeo trozos de cadenas que protegían la qubba o tienda roja del emir. Una parte de las cadenas se exhibían en un altar del Panteón Real. El Rey tenía a la sazón 58 años. Además, una vidriera, situada en el lado sur mas luminoso de la Capilla, representaba una escena con los reyes cristianos participantes en la batalla, realizada en 1906. Las cadenas simbolizaban Navarra y ocupaban un cuartel del escudo de España. 

Capilla de San Agustín
Sepulcro de Sancho VII el Fuerte
Tramo de cadenas procedentes de la batalla de Las Navas de Tolosa (1212)
Vidriera representando la batalla de Las Navas de Tolosa. (Obra de la casa Maumejean, 1906)

En el exterior continuaba el rastro de la historia. La iglesia de Santiago tenía el deje melancólico del estilo gótico en las arquivoltas de la portada. El curso del tiempo había hecho mella en su estructura. Restaurada en el siglo XX, después que el culto se hubiera interrumpido en el siglo XVIII, la campana de la espadaña había abrazado los sones para los parroquianos del valle de Ibañeta en la capilla del Salvador. Sencilla y rectangular la planta en el interior, un altar acogía la figura de Santiago Apóstol, sin que hubiera podido acotar ni autoría ni fecha. Peregrino era el que iba a Compostela, parecía insinuar la imagen de Santiago ataviado según la indumentaria de un peregrino recogida en el códice Calixtino: sombrero redondeado con el ala delantera levantada, esclavina y bordón con calabaza. 

Iglesia de Santiago
Santiago Apóstol

La Capilla de «Sancti Spiritus» estaba situada al lado de la iglesia de Santiago en dirección a Compostela. Conocida igualmente como Silo de Carlomagno como enterramiento de combatientes francos, era el edificio más antiguo del recinto de Roncesvalles (S. XII). Una techumbre a cuatro aguas rematada con una cruz florenzada incrementaba su rusticidad por la restauración de las vertientes con lajas calizas escamadas. Como templo funerario, en el osario se habían depositado restos de peregrinos y ahora de canónigos y beneficiarios de la colegiata. Como oratorio disponía de una mesa en una capilla bajo dos arcos potentes cruzados de sección rectangular. 

Silo de Carlomagno
Mesa de Roldán. Silo de Carlomagno

La Itzandegia (en euskera «lugar de bueyes») se había transformado en Albergue de peregrinos. Conservaba algunos elementos góticos de una construcción escueta, reconstruida en la actualidad. Situada frente a la Iglesia de Santiago, formaba parte del conjunto urbano de Roncesvalles. 

Itzandegia, refugio de peregrinos

De peregrino emulando un camino propio me había llevado la curiosidad a conocer Nagore en el valle del Orce, de escasos 38 habitantes en 2005 y que había cambiado su fisonomía por el embalse del río Itoiz. Recorrí los 21 Km que me separaban de Roncesvalles apartándome levemente de la Ruta Jacobea y disfrutando de la tranquilidad de la N-172.  Un cauce de flores conducía a la base de la iglesia de San Julián el Hospitalario. Destacaba una torre campanario con ventanas a los pies del templo. El acceso a la iglesia tenía un atrio corrido con puerta abocinada. De estilo románico mantenía la pesadez de los muros de piedra. El interior de la nave estaba dividido en tramos. Un Crucificado gótico del siglo XIV mantenía la policromía en el paño de pureza.  Pero lo más sobresaliente consistía en las tablas ordenadas de distinta época para dar impresión de trasaltar. Detrás de una verja gótica de hierro del siglo XV aparecía el retablo tardogótico en el presbiterio. Encima del banco acompañaban a la Virgen sedente con el Niño los cuatro evangelistas haciendo pares: Lucas y Juan, y Marcos y Mateo. En la calle central del segundo piso aparecían San Julián y Santa Basilisa. En los flancos, Santa Catalina, San Juan Bautista, San Sebastián y otra santa mártir (Santa Eulalia o Santa Fe). Advertía la calidad de las pinturas por la restauración efectuada en 1952. 

Iglesia de San Julián el Hospitalario
Crucificado (S. XIV)
Retablo
Santa María de Nagore con el Niño (siglo XIV)
Evangelistas Lucas y Juan
Evangelistas Marcos y Mateo

Continué 38 km mi ruta para hacer una parada en Pamplona. Dediqué parte de mi tiempo a visitar la Catedral. La fachada neoclásica de Ventura Rodríguez, la casa del campanero, el interior de las torres y el atrio estaban en restauración (2010). Tuve la oportunidad de contemplar una exposición de diez campanas de bronce en el patio Arcediano del lado sur de la Catedral, salvo la María (1584), que era la campana en uso más grande de España, y que no se había bajado de la torre Norte debido a su peso (10.060 kg). El badajo pesaba 300 Kg. No imaginaba la fuerza y sordera de los campaneros cuando tañían la María, que la gente comentaba que se oía a una distancia de 14 Km. 

Exposición de campanas

Resultaba abrumadora la estructura de la Catedral para una sencilla visita. Antes de atravesar al claustro había traspasado la nave central hasta toparme con el mausoleo de Carlos III el Noble y Leonor de Trastámara a la altura del crucero. Las figuras yacentes estaban hechas de alabastro y mármol negro y realizadas en el primer cuarto del siglo XIV. Este panteón real contenía la mejor estatuaria del arte gótico de Navarra, con doseletes en la cabecera y una serie de plorantes bajo pequeños entoldados de magnífica filigrana. El león, símbolo de fortaleza, estaba agazapado a los pies del Rey, y dos lebreros, símbolos de fidelidad, se situaban a los pies de la Reina.

Una reja gótica («La Reina», 1517) cerraba el presbiterio con tres calles y cuatro pilastras coronadas con pináculos y arcos conopiales rematados en florones. Bajo palio dorado, la imagen sedente sobre trono de Santa María del Sagrario, también conocida como Santa María la Real y Santa María de Pamplona, resplandecía en una aureola oval. La talla románica de madera policromada del siglo XII tenía 93 cm de altura y había sido cubierta de plata en el siglo XIV. La figura vestida guardaba múltiples mantos de oro y plata para distintas representaciones. Era una imagen de culto, receptáculo de reliquias, virgen procesional y juradera que había servido de modelo para otras imágenes de distintas localidades navarras.  

La cubierta del presbiterio y girola se unían por nervios de forma estrellada. Un alarde de plementería cubría espectacularmente las bóvedas nervadas. 

Reja gótica frente al presbiterio (1517)
Presbiterio con baldaquino y Virgen Santa María la Real (S. XII)

La mañana estaba apetecible para recorrer las pandas del claustro gótico construido entre los siglos XIII-XIV. La luz se proyectaba sobre las paredes del lado oeste, el más antiguo, perfilando sombras de la tracería sobre el muro. Ese lado, como los demás, tenía seis tramos que se abrían en el jardín. Una bóveda de arcos apuntados soportaba la galería superior. Me habría conformado solo con la visita del claustro por su innegable belleza en todas sus puertas y arcadas. ¡Qué distinto del sobrio y pétreo claustro de la Real Colegiata de Santa María de Roncesvalles

Lado oeste del claustro, el más antiguo

Desde la panda oeste miraba con detenimiento la simetría de los tramos con combinaciones geométricas de tracería que cerraban los arcos en calados trilobulados que se multiplicaban en arquitos del claustro. El sobreclaustro tenía los vanos apoyados en pilares. Al fondo, se distinguía la Capilla Barbazana que estaba contigua a las capillas en que se abría la girola, en particular la Sacristía de los Canónigos. Destacaba a la vista un pináculo sobre los demás. En el interior, la capilla estaba cubierta por una bóveda de estrellas. 

Tracería del claustro. Al fondo, la Capilla Barbazana

Giré en dirección a la panda oeste del claustro desde el mausoleo de Carlos III atravesando la Puerta de Nuestra Señora del Amparo, que representaba la Dormición de la Virgen. Bajo un abigarrado dosel se hallaba la talla policromada de la Virgen del Amparo en un mainel. El tímpano del arco ojival resultaba abrumador de personajes. El ojo apenas distinguía los santos de cabezas nimbadas. 

Puerta de Nuestra Señora del Amparo. Claustro. Siglo XIV. Gótico navarro

Al fondo de la galería, la puerta del Refectorio daba acceso al comedor de los canónigos. Tenía dos bandas diferenciadas en el tímpano de una arco apuntado: la entrada de Cristo en Jerusalén en la parte superior y la Santa Cena en la inferior.  Aparte, dos tallas exentas en las jambas bajo doseletes representaban alegóricamente a la iglesia y la sinagoga. Un ala del refectorio estaba dedicada a la estatuaria medieval de vírgenes sedentes románicas desde el siglo XII al XIV, en su mayoría coronadas, portando al niño Jesús sentado en la pierna izquierda. Todas las imágenes tenían acentuada policromía. 

Puerta del Refectorio (década de 1320). Galería sur del claustro con escenas de la Pasión de Cristo

El museo catedralicio guardaba la enigmática atmósfera de obras que mejor representaban los inicios del jacobeo. 

Imaginería medieval mariana de la Catedral y Museo Diocesano en el Refectorio

La Puerta Preciosa en el claustro era enigmática por la combinación de pasajes pertenecientes a textos apócrifos. La viveza en el ingenio y cierta inclinación a ejecutar representaciones de textos apócrifos en la Puerta Preciosa, que comunicaba con el Dormitorio, había merecido la atención de estudiosos por ser tan completo de imaginería mariana el tímpano abocinado. De estilo gótico, su creación se situaba entre 1350 y 1360. Dos pares de arquivoltas decoradas con multitud de imágenes se apoyaban en capiteles sobre fustes lisos. Las estatuas exentas del arcángel San Gabriel y la Virgen María representando la Anunciación tenían doseles. El tímpano dividido en cuatro bandas horizontales era un testimonio iconográfico con escenas del tránsito y asunción de la Virgen María, desde la más segmentada en el nivel inferior hasta su Coronación en el remate del tímpano. En fin, me había impresionado por ser un ejemplo meticuloso y rico de iconográfica mariana.

Puerta Preciosa. Galería Sur del claustro (S. XIV)

Sonaba en mi cabeza el chupinazo que anunciaba los Sanfermines desde el balcón del Ayuntamiento. Repleta de público, una marea blanca y roja se había agitado en la Plaza Consistorial antes de las 12 h del último 6 de julio esperando que los clarineros avisaran al encargado que tirara el chupinazo mientras el gentío se anudaba el pañuelo al cuello y cantaba Viva San Fermín, gora San Fermín.

Ayuntamiento de Pamplona

Aquella estampa pamplonica recordada no me había inmovilizado. Emprendí el siguiente tramo de la etapa en coche para visitar la Iglesia de Santa María de Eunate a unos 23 km de distancia de la capital. El sol de la tarde iluminaba el muro de contención y la puerta de acceso al recinto, dentro del cual se extendía la arquería. El templo remataba con una espadaña-campanario, y una torrecilla con escalera de caracol que daba acceso a una cubierta piramidal a ocho aguas, hecha con lajas de piedra. Estaba el monumento en medio de un páramo, alejado de cualquier ruido urbano. Apenas había visitantes en aquella tarde otoñal, a pesar de ser un sitio de confluencia de caminos Jacobeos procedentes de los puertos de Somport y Roncesvalles. Un prodigio de creación arquitectónica apenas documentado que había generado leyendas e interpretaciones varias.

Original y distinta, tenía la iglesia planta octogonal imperfecta con un ábside pentagonal y una torrecilla añadida en el lado de la Epístola. El claustro perimetrado estaba compuesto por una galería de 33 arcos, lejos de las cien puertas que llevaba implícito el significado de Eunate en euskera.

La planimetría octogonal se había repetido únicamente en la vecina iglesia del Santo Sepulcro de Torres del Río (Navarra). En el caso de Eunate, se había atribuido el origen a la Orden del Templonada comprobado fehacientemente – quizás recordando la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, aunque más verosímil parecía su vinculación a los Caballeros Hospitalarios de San Juan.  Representaban las dos iglesias navarras ejemplos de arquitectura románica del siglo XII. (Un ejemplo de iglesia románica circular de esta época era la iglesia de San Marcos de Salamanca). Otros escritores habían aportado iglesias de similares características poligonales para mi conocimiento.

Iglesia de Santa María de Eunate. Vista oeste
Iglesia de Santa María de Eunate. Vista este de la arquería poligonal del claustro, ábside, torrecilla y espadaña

El ábside semicircular tenía dos alturas. Recordaba la arquitectura cisterciense por la doble arquería: la inferior de cinco arcos apuntados ciegos y la superior con tres ventanas caladas y dos ciegas. Los nervios de la bóveda de horno eran robustos y cuadrangulares. La decoración de los capiteles abarcaba variada floresta y animalario fantástico. Los sillares estaban bien trabados y con buena factura. Los ocho nervios de la bóveda de distinta angulación evidenciaban que la planimetría octogonal del templo era irregular. Algunos eruditos habían comentado que la forma de unión sin clave era el resultado de la influencia musulmana en un territorio con población mozárabe. La iluminación interior se hacía a través de aberturas geométricas cerradas con alabastro. La decoración, básicamente vegetal (hojas de acanto, helechos, frutos, etcétera), se alternaba con otras figuraciones fantásticas de seres humanos. No me sorprendía que sobre esta iglesia se hubieran vertido chorros de tinta para contar minuciosamente sus elementos. A mí me parecía que los maestros canteros habían derramado sobre la piedra cientos de versos penetrados de sentimiento y emoción.  

Santa María de Eulate. Detalle del ábside
Capiteles de columnas en el lado de la epistola del ábside
Bóveda interior. Ocho nervios cuadrangulares y lucernarios

La imagen de la Virgen de Eunate era una copia de una original románica del siglo XII robada que había realizado José López Furió

Virgen de Eunate

Unos visitantes se habían quedado extasiados paseando alrededor del deambulatorio de Eunate, mientras otros se dirigían a Puente la Reina buscando el sello de peregrino. El ambiente en esta ciudad era muy distinto. De la enigmática atmósfera de la iglesia de Eunate había llegado a vivir la sugestiva mezcla de realidad bulliciosa del gentío discurriendo por el rosario de tiendas de la calle del Crucifijo con albergues peregrinos y feligreses en los pórticos de las iglesias. Cuando contemplaba el cielo entre los alerones de las casas de dos plantas, escuchaba los sones y repiques de los campanarios de las iglesias o miraba la indumentaria de los caminantes sabía que estaba en un pueblo que retumbaba sin tregua por los romeros que hacían a pie el Camino Jacobeo.

Mi primera parada fue ante las tres arquivoltas repletas de figuras de la portada del siglo XIII – en particular la superior del arco apuntado – de la iglesia del Crucifijo de origen templario, aunque los capiteles aparecían desgastados. Me había llamado la atención en el exterior, además, el exonartex que comunicaba el templo con el hospital de peregrinos. La torre era del siglo XVII. La imagen del Crucifijo era una escultura sencillamente deslumbrante en estilo gótico del siglo XIV que rememoraba los crucifijos góticos dolorosos de Renania. La esbeltez de su cuerpo, caja torácica acusada, largos brazos y cruz en forma de Y pronunciada, me recordaba la imagen devocional de tez morena del Cristo de la Laguna del siglo XVI, que había visitado en bastantes ocasiones, realizada por un escultor belga. Era el momento adecuado para traer a colación la leyenda del Crucificado portado por peregrinos alemanes que aprovecharon la ocasión para descansar y donarlo a los puentesinos.

Iglesia del Crucifijo. Portada
Iglesia del Crucifijo. Exterior
Imagen de Crucifijo Doloroso. Siglo XIV

La larga calle Mayor y el suelo adoquinado creaban el marco idóneo para una caminata cadenciosa. Reparé que la verja exterior de la iglesia de Santiago el Mayor estaba abierta para visitarla. Antes de cruzar la entrada, me detuve largo tiempo tratando de escudriñar los cientos de imágenes que decoraban las cinco arquivoltas del pórtico abocinado. Bajo ellas, originales capiteles y cabecitas sobre las columnillas aumentaban el valor artístico de la portada. Las dovelas de arco interior tenían una morfología polilobulada. No podía contener gestos de admiración por unos canteros que ya no podía felicitar porque habrían tenido que echar sudores perceptibles en sus frentes por las narraciones bíblicas realizadas en piedra. 

La torre-campanario octogonal tenía la marca del prolífico autor de catedrales Ventura Rodriguez que había trabajado en la Catedral de Pamplona (y en otras, como las de Jaén, Toledo o Zamora). De su altura eran testigos los puentesinos porque destacaba entre las brumas invernales y vigilaba las casas alejadas de la villa.

La imagen gótica de Santiago “beltza” (negro en vascuence) de la segunda mitad del siglo XIV, barbudo, ojos saltones, cubierto con sombrero y concha de vieira, apoyado en un bordón, con manto y túnica dorados en el siglo XVI, había sido testigo de aconteceres arquitectónicos. 

El tiempo había remozado varias caras en el interior del templo. El apóstol peregrino había mirado el pasado en la portada de la Epístola, románica, del siglo XIII y curioseado el futuro de la planta reconstruida de la iglesia, primero, en el siglo XVI, y del retablo del altar mayor, después, en el siglo XVIII.

 

Iglesia de Santiago el Mayor. Portada
Iglesia de Santiago el Mayor. Exterior
Iglesia de Santiago el Mayor. Talla gótica de Santiago

Acotado el cabecero poligonal por un retablo ochavado, su traza era barroca de la segunda mitad del siglo XVII, reconstruido en el siglo XVIII con una hornacina en estilo neoclásico y una nueva escultura de bulto redondo de Santiago. En el lado del Evangelio, se ubicaba un retablo de la Virgen del Rosario. En el lado de la Epístola se hallaba un retablo dedicado a la Virgen de Soterraña. Las naves estaban cubiertas con bóvedas estrelladas, al igual que en la cúpula de la capilla mayor. 

Iglesia de Santiago el Mayor. Interior

Salí por la misma puerta abocinada a la calle Mayor, que definía mejor que ninguna otra a la villa como un «pueblo-calle» de peregrinos que albergaba tres iglesias en sucesión: Crucifijo, Santiago y San Pedro; esta última con cabecera del siglo XVI parecía eclipsada a los viandantes por la calidad artística de las anteriores.   

Vista de Puente la Reina con la iglesia de San Pedro al fondo

A corta distancia caminando entre casonas de dos alturas, balcones estrechos y protegidos con aleros volados de la calle Mayor llegué a un apartadero del puente románico sobre el río Argar del siglo XI de amplias bóvedas de piedra en sus arcos. Sentí el silencio del lento curso del agua que acariciaba pilares y tajamares; veía peregrinos apoyados en el pretil; imaginaba otros cruzando con pasos gastados la calzada adoquinada de cada uno de los ojos de amplia luz del puente. Guardaba en mi mente ese puente de sillares y ladrillos clavado en la lámina de agua, mientras desplegaba un mapa para recorrer la siguiente etapa jacobea con la piel reseca y tostada por el sol.   

Puente románico sobre el Río Arga
Calzada del puente románico sobre el Río Arga

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Luis Miguel Villar Angulo
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