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Luis Miguel Villar Angulo

Monasterio de Oseira

Monasterio de Oseira.

No había seleccionado la ruta sureste del Camino de Santiago: un itinerario nacido en Sevilla que seguían los peregrinos de la vía de la Plata, y que pasaba por la provincia de Ourense.

Estaba más bien enzarzado en dar caminatas por la comarca de O Carballiño, porque me habían referido su enorme riqueza patrimonial de todo género: iglesias, puentes, castros, yacimientos arqueológicos, fuentes, “pulpo a la feria”, etcétera.

Mirando el mapa, desde Ourense a O Carballiño se tardaban 24 minutos en recorrer los 27 kilómetros en coche que separaban ambas poblaciones. Ese destino podría ser la excursión a recorrer un día del verano de 2017.

Sin embargo, cerca del ourensano Maside se anunciaba el Monasterio de Santa María de Oseira y cambié de opinión.

Siempre había estado atraído por los monasterios del Císter, después de haber visitado la triada de monasterios cistercienses tarraconenses (Poblet, Santes Creus y Vallbona de les Monges) y otros cenobios en Burgos (Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas) y Portugal (Monasterio de Alcobaça).

La vida ascética de esta orden monástica, que seguía la regla de San Benito, se caracterizaba por el lema Ora et labora. En su conjunto, los monasterios de esta orden solían mantener una arquitectura religiosa inicial de estilo gótico, austero, y los postulantes vivían primorosamente la vida solitaria, siguiendo al profeta bíblico: “¿Quién me dará en la soledad un albergue de caminantes?” (Jeremías 9.1).

No es de extrañar que algunos monasterios tuvieran hospederías (antiguos hospitales) en sus recintos donde peregrinos, senderistas, estudiosos o excursionistas de cualquier condición probaban la vida silenciosa de las construcciones religiosas, como en el benedictino Monasterio de Montserrat. Dos ejemplos, además, lo avalaban. Los sevillanos Hermanos Bécquer pintaron y escribieron en el Monasterio de Veruela (Zaragoza) y Chopin compuso obras para piano en la secularizada Cartuja de Valldemossa.

Vista desde la reja

Iglesia del Monasterio de Oseira

 Iglesia del Monasterio de Oseira

Cúpula del interior de la iglesia

Monasterio de Oseira

Fachada del Monasterio de Oseira

Monasterio de Oseira

Virgen de la Leche

Monasterio de Santa María de Oseira

Monasterio de Santa María de Oseira

Dentro de la multitud de vías estrechas, sinuosas y de cambios constantes de altitud de la provincia ourensana, un excursionista que fuera al concello de San Cristovo de Cea no se perdería porque la silueta del Monasterio de Oseira delimitaba la figura del paisaje por encima de las copas de los castaños que poblaban una zona de 520 metros de altura.

El espacio en que se plantaba el “Escorial gallego” tenía amplitud para asentar una generosa mole de piedra que desde el siglo XII rezumaba hongo, musgo y verdín; resonaba a su vera el curso del riachuelo Oseira que estimulaba los paseos de los visitantes entre aguas cristalinas. Un lugar óptimo para la vida monástica.

La visita al monasterio estaba regulada en tramos horarios y grupos. Como había llegado temprano por la tarde esperé en el exterior contemplando las fachadas del monasterio y la iglesia.

Los tres cuerpos de la fachada manierista del monasterio del siglo XVIII tenía sobrados motivos escultóricos relacionados con las vidas de santos y un escudo de España de la época de los Borbones. Además, un blasón con dos osos encaramados a un pino daban razón etimológica al monasterio trapense de origen real.

Acodada a ese muro, formando un ángulo recto, estaba la fachada de la iglesia monástica del siglo XVII que tenía un portón abierto hasta una reja. En el frontispicio aparecía el antiguo escudo de España y rematando la fachada dos torres de dos cuerpos cada una elevaban la majestuosidad del templo, una de los cuales albergaba un campanario.

Esperando la visita organizada había estado paseando por el patio de los Caballeros (s. XVII) que tenía una arquería de gusto italiano (como si fuera el patio de la Armería del Palacio Real de Madrid).

La guía del monasterio recomendaba silencio en la visita y que no se hicieran fotos de los escasos monjes, que habitaban el cenobio. De hecho, los monjes habían regresado al monasterio después de 1929, una vez que éste como otros muchos conventos hubieran padecido la desamortización de Mendizábal.

Se inició la visita por la Escalera de Honor que contenía cinco hornacinas de santos, como aspectos destacables de la misma, junto a una fuente de purificación. Posteriormente, visitamos el interior del templo con planta de cruz latina que tenía un crucero rematado en una cúpula con pinturas de santos y con pechinas en la media naranja. Había bastantes retablos de distinta factura compositiva y artística tanto en el crucero cuanto en la girola.

La imagen más destacada era la Virgen de la Leche, hecha en piedra y con restos de policromía del siglo XIII, que presidía la capilla mayor: original y distinta por la postura de lactancia que adoptaba.

La bóveda plana, a los pies del templo, soportaba lo que podría haber sido la sillería del coro: alarde arquitectónico por la nervadura que soportaba el peso de la tribuna volada sobre las paredes laterales.

La Sacristía se abría desde uno de los testeros del crucero. A continuación de ella, se entreabría la Sala Capitular. Allí, el derroche de ingenio del arquitecto para levantar las cuatro columnas, estriadas, retorcidas, con haces de nervios abiertos como palmeras de terceletes para sostener la bóveda de crucería me fascinó. Fue una visión fastuosa: las nervaduras de las bóvedas cerradas en claves simbólicas con bagatelas de la vida y la levedad del ser ante la muerte.

Tenía esa sala tantas concomitancias con la columna central que sustentaba la bóveda de la Sacristía del Monasterio de los Jerónimos de Lisboa, que el autor cántabro de esta obra, Juan de Castillo, podría haber influido en la Sala Capitular gallega.

Los otros dos patios del monasterio de Oseiro (Pináculos, s. XVI, y Medallones, s. XVIII) sobrecogían por su tamaño descomunal y ornamentación en los remates de las pilastras.

La humedad y el frío se hacían notar en el Museo arqueológico que recogía algunas piezas que habían dado pistas de la apariencia del monasterio tras derrumbamientos por incendios y guerras.

Algunos procesos reconstructivos habían sido registradas en fotografías. La reconstrucción más acertada había sido el cerramiento de una bóveda de crucería por el conocimiento arquitectónico de uno de sus monjes.

Tras visitar el arte del Monasterio, escuché las letras religiosas de las vísperas cantadas por una escasa docena de monjes en el coro de la iglesia que nos hizo pensar al escaso grupo de asistentes que el monasterio estaba vivo y dedicado a la oración…

“Tus puertas se abren jubilosas,
visión de paz,
y penetran los ríos de tus santos
hasta el altar”.

Luis Miguel Villar Angulo & LMVA

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