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Luis Miguel Villar Angulo

Monasterio Santa María de Ripoll y Santuario Virgen de Nuria

Monasterio de Santa María de Ripoll y Santuario de la Virgen de Nuria. 

Monasterio de Santa María de Ripoll

Monasterio de Santa María de Ripoll

Monasterio de Santa María de Ripoll.

Desde Gerona había escogido en el mapa la carretera que transcurría por el lago Bañolas y Besalú, conjunto histórico artístico nacional, para detenerme de nuevo en este bonito pueblo medieval.

Me había llamado anteriormente la atención esta villa por tener restos judíos con el miqvé en la sinagoga, como me había ocurrido igualmente en la sinagoga del agua de Úbeda. La visita fue breve a Besalú, ni siquiera atravesé el puente románico sobre el río Fluviá. Me conformé con ver la silueta del pueblo.

La comarca del Ripollés se caracterizaba por la presencia del prepirineo catalán. El cielo de la zona montañosa tenía un color grisáceo, plomizo, con lo cual tuve que bajar el valor f/ de la apertura del diafragma de mi cámara para que tuviera luz y realizar así fotos con generosa exposición.

La mañana estaba fría en Ripoll, los establecimientos permanecían cerrados y no se veía gente por las callejuelas. Era uno de esos días de ambiente invernal, plúmbeo. Y todavía quedaba un trecho de itinerario después de Ripoll hasta llegar al Santuario de Núria, cerca del Puigmal a 2.913 mts. de altura. Imaginaba esa mañana una temperatura desapacible para ver la montaña.

EMonasterio de Santa María de Ripoll (Girona) era un edificio de la orden benedictina. Esta abadía, Bien Cultural de Interés Nacional (1931), se parecía por los cipreses plantados en el claustro a la benedictina de Silos en la provincia de Burgos, aunque tenían bastantes rasgos arquitectónicos e históricos en las iglesias que las diferenciaban entre sí.

El detalle artístico más destacado de la Iglesia de Santa María de Ripoll era el arco triunfal: un relieve con esculturas románicas presidido por un Pantocrátor (Todopoderoso) o Cristo en Majestad sentado, como se describía en el libro cuarto del Apocalipsis, que fue añadido en el siglo XII para dar vistosidad a la iglesia. Había un Salvador en el friso superior y otro en el intradós de la última arquivolta.

Representaba esta obra de arte escultórico sobre arquitectura con iconografía bíblica la pieza más relevante del edificio, junto al claustro. En efecto, parecía un arco de triunfo romano, cuyas escenas bíblicas habían sido profusamente detalladas en obras escritas y sitios web.

Estaba construido el arco triunfal en bloques yuxtapuestos de piedra caliza sin mortero, que indicaba el cuidadoso montaje expositivo de los relieves. Deteriorado parcialmente por su larga exposición a la intemperie, las siete arquivoltas que lo componían eran de un gran preciosismo artístico en los círculos y dovelas.

Afortunadamente, una mampara de vidrio cerraba la cámara ganando el vestíbulo en estanqueidad y el relieve en estabilidad. Esta iniciativa de cerramiento la habíamos visto, igualmente, en iglesias y colegiatas, como las respectivas de Laguardia y Toro para preservar la policromía de las esculturas.

Como otros cenobios exclaustrados por la Desamortización de Mendizábal, la última reconstrucción de la iglesia era del siglo XIX y conservaba siete ábsides que daban al edificio en el exterior una apariencia inconfundible y singular.

Menos atractiva era la visión frontal del templo con un campanario elevado en varios cuerpos y un cimborrio prominente en el exterior y sin elementos de revestimiento decorativo en el interior.

En su conjunto, la iglesia reconstruida por dentro era muy austera, como esquemática y sobria era la tumba de Wilfredo el Belloso.

La galería más antigua del claustro era la noroeste, anexa a la iglesia. Desde el pasillo superior se divisaban mejor las hileras compuestas de trece arcos con columnas pareadas y rematadas en capiteles corintios con vegetales y monstruos de la planta inferior. Los detalles decorativos de los capiteles del claustro superior eran más simples debido a la estilización de los elementos vegetales.

EMonasterio de Santa María de Ripoll era un símbolo para Cataluña. Dejaré a los lectores de este post que averigüen en crónicas prolijas y enjundiosas, como la Gesta Comitum Barcinomensium del siglo XIII, las razones históricas de esa identidad; en fin, la primera historia de la comunidad catalana.

Valle de Nuria

Monasterio de Nuria

La subida al valle de Nuria fue en un tren cremallera que partía desde Ribes de Freser para salvar 1.000 mts. de altura en 12,5 kms. Esta línea de ferrocarril cremallera se había inaugurado en 1931 y atravesaba el túnel del Roc del Dui.

El paisaje montañoso, al fondo, ajeno al traqueteo del ferrocarril, y las pardas montañas cubiertas de nieve en las alturas anunciaban el deporte de esquí. En el valle, una laguna escarchada no dejaba ver la vida de los peces. Cerca de la basílica, un caseto de piedra albergaba elementos de una leyenda dirigida a las mujeres: una cruz, una campana y una olla para aquellas féminas buscadoras de fertilidad. (Ahora, dejo a los lectores que pongan en funcionamiento un proceso imaginativo a seguir para comprender el rito).

Santuario de la Virgen de Nuria

Nuria, “aquella nacida en un valle entre montañas” en euskera, era un lugar de peregrinación y esparcimiento, por las pistas y remontes construidos para prácticas deportivas de invierno. El edificio, desplazado su escaso interés artístico por la fecha reciente de construcción, acogía una imagen de la Virgen que entre la leyenda y la historia mantenía la atención de los visitantes.

(Algunas exposiciones posteriores a mi visita en la sala de recuerdos del Santuario habían originado polémica por los conceptos vertidos sobre el matrimonio, improcedentes a los propósitos de este post).

El paseo de regreso, contemplando el laborioso paisaje montañoso y los agitados riachuelos, fue un momento de fría serenidad que remedaba el relente del valle escarchado de Nuria.

 

Luis Miguel Villar Angulo & LMVA

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