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Luis Miguel Villar Angulo

Lerma, pueblo insigne en el siglo XVII

Lerma, pueblo insigne en el siglo XVII.

Lerma fue un pueblo insigne en tiempos del primer Duque de Lerma. Por aquel entonces, reinaba en España Felipe III que hacía pocas tareas de gobierno y que gustaba una vida más ociosa. Había visto el monarca las tareas burocráticas en primera mano de su padre Felipe II y prefería que un valido o primer ministro gobernase de hecho las cuestiones de estado. Pensó que su preceptor llevase las riendas de las firmas, las reuniones de despacho y las decisiones de la corte. Y bien que las adoptó el valido.

Don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas tenía con su firma el dominio de la burocracia cortesana. Como vallisoletano que residía en una villa de discreta compostura, se empeñó en rediseñar la traza urbana de la villa, crear una de las plazas más grandes de España, emular El Escorial con un palacio flanqueado por torres con patios interiores, trasladar la corte de Madrid a Valladolid (1601-1606) con el consiguiente aumento del coste de la vivienda para acoger a la nobleza y resto de empleados de la corte. Fue entonces cuando su efigie alcanzó un mayor esplendor con el retrato ecuestre que le hizo Rubens en 1603 en Valladolid, que serviría de modelo para otros retratos ecuestres – caso del retrato de Felipe III a caballo, pintado por Velázquez en 1635 – donde caballo y personaje miran de frente a un espectador situado a los pies del caballo, temeroso de ser arrollado, rompiendo la tradición pictórica de Tiziano en el lienzo de Carlos V. Los beneficios que reportaban las plusvalías de las propiedades vendidas mejoraban también las obras del Palacio Ducal y la construcción de iglesias y conventos de Lerma. Después compró tierras y propiedades en Madrid a bajo precio, que volvieron a revalorizarse a partir de 1606, cuando de nuevo regresó la Corte a Madrid. Fue, a decir de muchos, un pionero de la especulación inmobiliaria, negocio que ha ido creciendo hasta que la burbuja del ladrillo a nivel occidental estalló hacia 2008. 

Poco a poco se iba transformando la villa y el Palacio Ducal (Fig. 1), además, porque el rey Felipe III, religioso y cazador, tenía desde sus aposentos la oportunidad de trasladarse a escuchar los oficios religiosos en la Iglesia de San Pedro a través de un pasadizo, y más abajo, a los pies del Palacio, regado por el río Arlanza, unos jardines recreaban sus paseos más próximos, y aún más allá, entre choperas y pinares, se había construido un coto para su deporte de la caza. Además, los fastos de las representaciones teatrales tenían buen acomodo en la cuadrangular plaza mayor, como ocurría en la soportalada plaza mayor de Almagro, y cuando no se ejecutaban en público obras de teatro hacían una suerte de encierros o corridas de toros, que era igualmente un festejo popular en la plaza mayor de Chinchón con balcones soportados por columnas y arcadas. Ahora el Palacio Ducal se había convertido en un Parador Nacional. En su patio principal se exponían tapices de la Real Fabrica de Tapices, como el tapiz de alto lizo («Combate y destino»), según un dibujo de Guillermo Pérez Villalta (2008). 

Lerma, pueblo insigne en el siglo XVII

Fig. 1. Palacio Ducal (1601-1617), y tapiz «Combate y destino»

A orillas del río Arlanza (Fig. 2) no solo había jardines vistosos con cenadores, fuentes, huerta y molino que aún se conserva, sino también un conjunto de ermitas que mantenían la tradición católica del Duque, bien avenido con el Papa Paulo V, quien en 1603 concedió indulgencia a los fieles que orasen en alguna de las siete ermitas de los jardines. El único vestigio que se tiene de los pequeños oratorios es la Ermita del Humilladero. Ahora, en momentos estivales, ausente la pradera, los rebaños de ovejas trasiegan hasta el puente romano, reconstruido, para caminar lentamente con su derecho de paso y pastoreo – quien lo sabe – en dirección a Burgos.

 

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Fig. 2. Palacio Ducal, molino, puente medieval, Ermita del Humilladero, antiguos jardines del palacio junto al río Arlanza

Aun no había mencionado que el propósito de la visita a Lerma era conocer la vigesimocuarta exposición de las Edades del Hombre que lleva por título «Angeli». Había visitado anteriormente otras exposiciones de las Edades (por ejemplo, Passio en Medina del Campo y Medina de Rioseco (2011), Teresa de Jesús, Maestra de la Oración, en Ávila-Alba de Tormes (2015), AQVA, en Toro (2016), Mons Dei, en Aguilar de Campoo (2018) y siempre me había quedado un regusto amargo tras la visita, porque las sedes expositivas se distorsionaban con recorridos por capítulos y cartelas museísticas, sacrificando la belleza natural del interior de la iglesia o colegiata. Además, no se podían hacer fotografías ni de las piezas expuestas ni de los templos que aumentaban mi desencanto. (Un ejemplo de lo que comento: había visitado la Catedral de Zamora. Allí se podían hacer fotografías. Pero las pinturas «Bautismo de Jesús» y «Ascensión de Cristo» de F. Gallego, «Cristo en Majestad rodeado de Santos» del Maestro de Zamora o «Lucha de Jacob», atribuida a Giordano de la Catedral de Zamora, expuestas en Lerma, no se podían fotografiar. Así ha sido hasta ahora la gestión de la Fundación y espero que algún día cambie su política de difusión icónica.

La presentación de un video en la Ermita de la Piedad (Iglesia de San Juan) duró escasos minutos y no estimuló mi curiosidad por la visita de las Edades del Hombre. Tuvo mucho protagonismo el óleo «Angel» de Eduardo Palacios, cuya imagen se convirtió en el logotipo de la exposición. Dada la oscuridad del interior del templo, poco puedo relatar sobre él. 

La Iglesia Colegial de San Pedro era el monumento por excelencia de la villa en el siglo XVII. Una bula del Papa Clemente VIII consagró para este templo las características y atribuciones de colegiata. Ahora era la sede principal de la exposición «Angeli» (Fig. 3). Para un mejor conocimiento de la iglesia recomiendo cliquear los minivideos del enlace anterior de la iglesia y así conocer su estructura en planta de salón, con bóveda de crucería, los dos órganos, la sillería, la escultura del arzobispo C. Rojas y Sandoval, diseñada por Pompeo Leoni y fundida por Juan de Arfe, o la decoración herreriana del exterior y los recubrimientos de pizarra de la torre como en el Palacio Ducal o El Escorial.

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Fig. 3. Iglesia Colegial de San Pedro (1613-1617)

La Exposición «Angeli» continuaba en el primer convento construido en la villa, el Convento de la Ascensión (1604) con su espadaña y par de campanas como seña de su perfil (Fig. 4, fila superior). Ocupado por antiguas monjas franciscanas clarisas, allí se contemplaban, entre otras obras, pinturas («La Coronación de la Virgen» de El Greco), esculturas en alabastro («San Mateo» de Gil de Siloe) y madera («San Barlolomé» de Juan de Anchieta) y un montaje efímero alusivo a la levedad de las formas angélicas («Angel» de Nei Albertí). Al salir de la exposición, no dudé en probar los chocolates que hacían las monjas de la novísima orden Iesu Communio.

Desde el Palacio Ducal siguiendo el lienzo de murallas hasta la Colegiata de San Pedro la villa bajaba en cuesta algo pronunciada en dirección al Arco de la Cárcel (Fig. 5). Extramuros se habían construido dos monasterios: el Convento de la Madre de Dios, del siglo XVII, de múltiples usos an la actualidad, y el Monasterio de Santo Domingo del siglo XVII, que seguía las trazas del anterior, dedicado a los monjes dominicos. Tenía los escudos de los Duques de Lerma en la fachada, como en el Palacio Ducal, y estaba rematado con una original espadaña y coronado por un nido de cigüeña (Fig. 4, segunda y tercera filas). Después de un incendio en el siglo XX, el Ayuntamiento lo ha transformado en un complejo de usos múltiples. Aquella tarde, mientras paseaba por la zona, un grupo de estudiantes hacían acordes con instrumentos.

Fig.4. Espadaña del Convento de la Ascensión, Convento de la Madre de Dios, Monasterio de Santo Domingo

 

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Fig. 5. Arco de la Cárcel y murallas

Las callejuelas (Fig. 6) (entre otras, calles Mayor y Zorrilla) y la ermita de La Piedad que había cruzado antes en la bajada hacia el Arco de la Cárcel y las que posteriormente subiría recorriendo la calle Larga hacia el Mercado Viejo te hacían palpar la vida medieval en una pueblo habitado por la nobleza y los gremios que trabajaban en la ciudad. Muchas casas tenían decorados los balcones con accesorios propios de fiestas locales. (Ahora los dos cubos del Arco de la Cárcel albergaba la sede de la denominación de vinos de Arlanza). Aun se podían observar casas con techumbres semihundidas, tejados de arcilla roja recientes, casas de una planta alineadas en calles que olvidaban las líneas recta o curva, y escudos nobiliarios que prestigiaban las fachadas. Una de las casas (ahora en venta) había albergado a José Zorrilla (Fig. 7) cuya imagen sedente escribiendo estaba colocada mirando la Iglesia Colegial de San Pedro. Célebre poeta y autor teatral, su Don Juan Tenorio tiene representaciones otoñales en muchas ciudades españolas, al menos en la ciudad de Sevilla. Otra casa, más moderna, la habitó Ramón Santillán González, que fuera primer gobernador del Banco de España (1856).

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Fig. 6. Casas medievales, ermita de la Piedad, fachada de la casa de Ramón Santillán González, casa de José Zorrilla, Calle Mayor, Mercado Viejo

 

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Fig.7. José Zorrilla

De regreso a la Plaza Mayor, el mercadillo (Fig. 8) estaba en pleno apogeo. Camionetas de vendedores de productos agrícolas y textiles abarrotaban la enorme plaza. Me detuve curioseando en algunos puestos con legumbres almacenadas en sacas o quesos. Pensaba que por el olor que desprendían los chicharros en escabeche o los quesos de oveja los productos debían ser muy apetitosos, aunque preferí reservarme para comer cordero asado que era una de las especialidades de la villa en la calle Luis Cervera Vera.

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Fig. 8. Mercadillo en la Plaza Mayor, calle Luis Cervera Vera, y soportales

Había más monumentos que conocer y que estaban fuera del programa de visitas auspiciado por el Ayuntamiento. Me dirigí al Monasterio de San Blas (Fig. 9) que había construido el prolífico arquitecto santanderino Fray Alberto de la Madre de Dios, junto al Palacio Ducal. Mirando de frente ambos conventos (Monasterio de San Blas y Monasterio de la Madre de Dios), el estilo arquitectónico tenía la misma traza que cerraba con un frontón clásico, aunque el de San Blas tenía una hornacina con frontón curvo y dentro de ella una imagen del santo titular del convento en el cuerpo intermedio. Mantenía el arquitecto un diseño mental que no dudó en reproducir en el Monasterio de la Encarnación de Madrid. Estos conventos guardaban severas líneas herrerianas en el exterior, que era un estilo de geometría riguroso, dominando el muro sobre el vano; un estilo que mantenía, no obstante, algunas referencias platerescas en los escudos ducales. Este convento se organizaba en torno a la iglesia de planta cruciforme. El Duque tuvo predilección por este Monasterio al que donó muchos relicarios, emulando la colección que se adoraba en San Lorenzo del Escorial. Un ángel manierista de este convento se exponía ahora en Las Edades del Hombre: el «Angel de la Guardia o Custodio», por Aniello Stellato (hacia 1617).

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Fig. 9. Monasterio de San Blas (1613-1617)

Cruzando la Plaza Mayor por el oeste se situaba el Monasterio de Santa Teresa (Fig. 10). A primera vista, parecía otra obra más del fraile constructor de los conventos de San Blas y Madre de Dios. La fachada se remataba con un frontón triangular abierto con un reloj, en el segundo cuerpo sobresalía una imagen de la santa en una hornacina bajo un frontón curvo y en el piso superior resaltaban escudos ducales y de la orden de los carmelitas. Pero la autoría del edificio no se ha podido constatar. Ahora, las dependencias del monasterio se habían convertido en oficinas del Ayuntamiento.

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Fig. 10. Monasterio de Santa Teresa

Me quise asomar de nuevo por el Mirador de los Arcos (Fig. 11) a la vega del Arlanza. Por encima de los arcos corría el pasadizo usado por el rey Felipe III para atender los oficios religiosos de la Iglesia de San Pedro. En ese lugar se me cruzaron en la mente dos biografías. Una, la historia de Francisco de Sandoval y Rojas, que fue el V marqués de Denia, Sumiller de Corps, Caballerizo mayor, primer ministro y valido de Felipe III (1598-1621), I duque de Lerma (1599), I conde de Ampudia (1602), I marqués de Cea (1604), cardenal (1618) y sacerdote (1619). No terminó en la horca como otros nobles de la corte porque supo refugiarse en la iglesia (Valladolid). La gente coreaba por entonces «Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado». 

Bien distinta fue otra historia. Me refiero a la biografía del Cura Merino (Fig. 11) que se enfrentó a las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia. Practicó la estrategia militar de las guerrillas. Alcanzó el grado de Gobernador militar durante la guerra y al término de la misma se retiró como cura a su parroquia. Pero no vivió en paz hasta que murió en Francia tras apostar por Carlos María Isidro de Borbón y oponerse al Abrazo de Vergara

Me despedía de Lerma. Cerca de esta villa estaba Covarrubias. Unos kilómetros más allá se situaba Santo Domingo de Silos. Y en dirección a Palencia unos pueblos, casi olvidados, conformaban la ruta de las catedrales (Santa María del Campo, Mahamuz y Villahoz). Ya tenía un nuevo itinerario en mi agenda.

 

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Mirador de los Arcos, Tumba del Cura Merino

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