La Almoraima y Castellar de la Frontera
Tras dos horas y once minutos de camino desde Sevilla —la E-5 primero, la A-381 después, dejando atrás Medinasidonia y Alcalá de los Gazules, perdidos entre la espesura del Parque Natural de Los Alcornocales—, la carretera A-405 me condujo, al fin, hasta el umbral del alojamiento: La Almoraima, Hotel Casa Convento del siglo XVII, antiguo Convento de San Miguel, enclavado en el paisaje pintoresco del Parque Natural de Castellar de la Frontera.
Al descender del coche, una brisa mansa traía consigo los sonidos lejanos de pájaros que trinaban y hojas que cuchicheaban entre sí, como si la propia naturaleza ofrendara una bienvenida serena al viajero.
Un amplio patio descubierto hacía las veces de corazón del convento, erigido en 1603 para la orden de los frailes mercedarios descalzos, del que aún se conservaba la antigua capilla con una copia del Cristo de La Almoraima —cuyo original custodiaba la iglesia del pueblo nuevo de Castellar de la Frontera—. El patio se hallaba ceñido de vegetación exuberante; plantas en macetas y flores derramaban su color sobre los muros encalados, y una pequeña fuente murmuraba suavemente en el centro, tejiendo una atmósfera de recogimiento que invitaba a los huéspedes a abandonarse en los tresillos dispuestos al efecto.
Mientras disfrutaba del desayuno en un porche acristalado con vistas a las colinas —con sus cortinones blancos, sus puertas correderas de luminoso aluminio y la caricia fresca del aire acondicionado—, medité sobre la peculiar hospitalidad que aquel lugar destilaba. El hotel era un santuario que abrazaba su entorno y recibía al huésped en un mundo de belleza quieta y tranquilidad honda. Al término de mi estancia, tuve la fortuna de conocer a Fernando Román Gracia, profesor de equitación, guía en el medio natural del hotel y conocedor cabal de su personal —limpiadoras, recepcionistas, camareros y cocineros por igual—, a quien cito como informador de confianza, con su pleno consentimiento, para trazar algunos comentarios que siguen.
Historia y significado del Parque Natural de La Almoraima S.L.
La Almoraima S.L. se erig como una de las fincas más emblemáticas de Andalucía. Este vasto territorio de catorce mil doscientas hectáreas, conocido popularmente como «la última jungla de Europa», era, en palabras de mi informador, «la segunda finca más grande de España y la tercera de Europa». A lo largo de los siglos, la propiedad había mudado de dueño y transformado sus usos al compás de las exigencias cambiantes de la historia.
«Era de la Condesa de Castellar —explicaba Fernando—; la heredaron los Duques de Medinaceli, quienes a su vez la dejaron a un hijo bastardo, Fernando Matute. Éste la vendió a la empresa Rumasa, y luego quedó expropiada en tiempos de Felipe González.»
Durante los once años de posesión de Rumasa, los propietarios introdujeron la vaca Retinta, que hoy alcanza las mil seiscientas cabezas de ganado. Introdujeron asimismo el gamo, especie de fácil reproducción, en detrimento de los autóctonos ciervo y corzo, favoreciendo con ello la actividad cinegética en la finca. No obstante, los gestores actuales han establecido pautas rigurosas para las prácticas de caza, con cuotas y restricciones estacionales encaminadas a prevenir la sobrecaza y la alteración de los ecosistemas locales.
Hoy, La Almoraima opera bajo la tutela del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que vela por sus actividades agrícolas, forestales y de conservación, buscando el equilibrio entre la viabilidad económica y el cuidado del entorno. Entre sus producciones sobresalen el corcho, el cultivo de aceitunas, la apicultura, las verduras ecológicas y las plantas medicinales. La miel, en particular, cumple un doble papel: contribuye a la biodiversidad como producto de la polinización y se comercializa a través de artesanos locales —como Marlon, cuyo caso merece mención aparte— como un artículo de calidad premium que refleja el compromiso irrenunciable de la finca con la sostenibilidad.
Importancia ambiental. Biodiversidad
La fauna de La Almoraima es igualmente singular. La finca alberga mamíferos como el íbice español (Capra pyrenaica), el ciervo rojo (Cervus elaphus) y el jabalí (Sus scrofa). Entre los depredadores destacan el lince ibérico (Lynx pardinus) y el águila perdicera (Aquila fasciata). Los humedales, por su parte, son un hábitat indispensable para anfibios y reptiles, entre ellos la tortuga de agua europea (Emys orbicularis), testimonio vivo de una biodiversidad que el tiempo no ha logrado borrar.
Descubriendo el Castellar antiguo
El acceso al castillo por la tortuosa carretera CA-P-5131 —veintitrés kilómetros que se recorrían en unos dieciséis minutos— conducía hasta una fortaleza encaramada en la cumbre de una colina desde la que se domina el sereno embalse del Guadarranque y, al otro lado, las colinas y la inconfundible silueta del Peñón de Gibraltar.
Construida durante la ocupación mora de los siglos XIII y XIV, la fortaleza era una síntesis admirable de elementos moriscos del reino de Granada e influencias cristianas de los siglos XIV al XVI, y formaba parte de la cadena de castillos nazaríes que jalonaban esta frontera histórica, como el de la vecina Jimena de la Frontera.
Atravesar el arco de la torre albarrana —de mampostería primorosamente labrada—, pasear junto a la muralla almenada de gruesas piedras con sus saeteras, detenerse ante las barbacanas de los lienzos norte y suroeste, alzar la vista hacia los torreones cuadrados: todo ello convocaba en mí la sensación inequívoca de retroceder en el tiempo, de caminar por un pasado que la piedra había cristalizado.
Traspasado el arco de ladrillo de la Villa —animado aquella tarde por una pareja de jóvenes ataviados con trajes medievales—, se abría ante mí el palacio de los condes de Castellar, el Alcázar, que permanecía cerrado. Las casas se adosaban al lienzo de la muralla, como el Hotel Tugasa Castellar del Castillo, donde no fue posible tomar un café a causa de un corte en el suministro de agua, circunstancia que me llevó a reflexionar sobre el papel que en su día desempeñara la cisterna del castillo. Desde el interior se accedía a un mirador de vistas impresionantes sobre el embalse.
El castillo no era únicamente una estructura militar; era un organismo vivo que albergaba familias, soldados y artesanos. Diseñada para ser una entidad autosuficiente, capaz de sostener a su población en períodos prolongados de aislamiento, la fortaleza reflejaba también la estructura jerárquica de la sociedad medieval: el donjon —última línea de defensa— se reservaba al señor y su linaje.
Arquitectura y atmósfera
Uno de los rasgos más llamativos del pueblo era la notable preservación de su tejido urbano. Según datos del Instituto de Patrimonio Andaluz, más del ochenta y cinco por ciento de los edificios de Castellar de la Frontera estaban clasificados como históricos, y en 2019 el municipio obtuvo el reconocimiento de «Pueblo Bonito» tras superar más de cuarenta criterios de la red. Del 20 al 24 de mayo, municipios gaditanos como Castellar de la Frontera, Vejer de la Frontera, Grazalema, Setenil de las Bodegas y Zahara de la Sierra se convertirán en el epicentro mundial de la belleza rural con la celebración del Encuentro Internacional de Los Pueblos más Bonitos del Mundo.
Las paredes encaladas, los tejados de teja de terracota y los enrevesados balcones de hierro forjado no solo engrandecían el atractivo estético del lugar, sino que alimentaban un sentido de identidad colectiva entre sus vecinos. Muchas de las viviendas se habían convertido en asentamientos turísticos y casas rurales.
La arquitectura misma favorecía la convivencia: eran frecuentes las charlas en las esquinas y el café compartido en las terrazas. Desde el primer momento, fui recibido con la calidez y la llaneza de las mujeres y los jóvenes que se asomaban a ventanas y puertas, moradores permanentes de ese pequeño universo encalado.
Antes de aquella visita había tenido la ocasión de conocer a Marlon, joven habitante de Castellar. Mientras conversábamos sobre apicultura, comenzó a evocar su infancia y a narrar cómo había cambiado el pueblo a lo largo de los años. Su relato manaba de nostalgia. Escuchar su historia —los panales, las abejas, los cultivos ecológicos, la sostenibilidad del campo— me brindó una comprensión más íntima del estilo de vida y las prácticas ancestrales del lugar.
Visualmente, el pueblo era un tapiz de colores y texturas. Los edificios encalados, adornados con el colorido vivo de las macetas, atrapaban la luz del sol y la devolvían en un despliegue deslumbrante. Las buganvillas trepaban en cascada por los balcones, y sus pétalos fucsia contrastaban de manera espléndida con las paredes blancas. Los sonidos añadían una capa más a la experiencia: el suave tintineo de los vasos en la terraza del hotel y las conversaciones animadas de ciclistas que rememoraban ascensiones del Giro italiano componían una atmósfera cálida e invitante.
Castellar de la Frontera nuevo, planificado por el Instituto Nacional de Colonización
A nueve kilómetros de Castellar Viejo y a uno de La Almoraima se alza el último pueblo español de colonización, cuyo asentamiento data de 1971, cuando la expropiación de setecientas hectáreas a La Almoraima S.A. dotó a los castellarenses de las tierras de La Boyal.
El tránsito del pueblo viejo al nuevo resultó perturbador en su belleza. De los dramáticos acantilados del primero a las colinas de esmeralda del segundo, las sensaciones se sucedían como voces en contrapunto. Líneas de vida que discurrían en paralelo sin rozarse. Frente al donjon del castillo medieval, la torre campanario de la iglesia de hormigón de estilo racionalista del Castellar nuevo —cuyo interior permanecía cerrado— presidía con otra clase de autoridad la plaza del pueblo, donde la vida transcurría plácida e inmutable.
Incluso la visita al comercio Ruiz Galán fue pretexto para conversar con sus trabajadoras, que mostraban una atención cordial y una acogida sin afectación. Las calles amplias del pueblo nuevo, de circulación fácil y cómoda, contrastaban con la estrechez sinuosa del acceso al castillo, donde los coches se apretaban en pronunciados repechos o en aparcamientos alejados de las murallas. Esta yuxtaposición de lo antiguo y lo moderno generó, en última instancia, una sensación de concordia: una apreciación más profunda y simultánea de la naturaleza y la cultura.
Al regresar a La Almoraima, dejé a mi izquierda una fábrica de corcho. La producción media anual en la finca rondaba el millón seiscientos mil kilos, y algunos castellarenses se empleaban en las faenas de saca y transformación del preciado material.
Nuevo encuentro con la belleza natural
Las flores silvestres estallaban en plena floración, pintando el paisaje con vibrantes tonos amarillos, rosas y morados, entre los que prosperaba la campanilla española, tan propia de esta región. Mientras recorría los senderos que serpenteaban La Almoraima, me interné en una arboleda variada de alcornoques y pinos, cuyas formas inusitadas parecían figuras convocadas por un sueño.
La comida en el hotel —un lingote de venado con cebolla caramelizada y coulis de frutos rojos, junto a un revuelto de ortigas con langostinos y bisque de coral— evocó la simbiosis entre la fauna del bosque y los tesoros del mar en la provincia gaditana: una metáfora culinaria de todo cuanto este rincón de Andalucía guarda en sus entrañas.




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