El Castillo de Jimena de la Frontera (Cádiz)
A 21,2 kilómetros de Castellar de la Frontera, por la A-405, se alcanzaba Jimena de la Frontera, en el sector oriental del litoral campogibraltareño, dentro de la provincia de Cádiz. Al franquear el río Hozgarganta y comenzar el ascenso hacia el cerro de San Cristóbal, donde reposaban las ruinas pétreas del Conjunto Arqueológico del Castillo, se advertía de inmediato la impronta defensiva que había definido a Jimena desde tiempos medievales.
Formaba parte de un entramado de fortificaciones defensivas extendido por la provincia de Cádiz, cuya presencia habíamos podido constatar con nuestros propios ojos en otras localidades como Medina Sidonia, Alcalá de los Gazules o la cercana Castellar de la Frontera.
Planimetría Conjunto Monumental del Castillo
Con la conciencia de que el verdadero corazón histórico de la villa se hallaba en el castillo —declarado Monumento Nacional en 1931—, había emprendido el camino en coche por sus callejuelas angostas y sinuosas, como las calles La Loba y Misericordia, de un solo sentido, hasta alcanzar el pequeño aparcamiento situado antes de la entrada, por encima de la antigua iglesia de la Misericordia. Desde allí, había proseguido el ascenso a pie, por un sendero de piedra que conducía hasta la Puerta o Torre del Arco del Reloj (ss. XI y XIII) también llamado Albarrán.
La ciudad romana de Oba
La memoria del lugar se remontaba a la prehistoria, cuando ya habitaban estas tierras comunidades que dejaron huellas en forma de cuevas con pinturas rupestres. Más tarde llegaron los pueblos tartésicos, bástulos, turdetanos y fenicios. En época romana, el enclave perteneció a la ciudad de Oba. Ya en el s. XII, los almohades mencionaban Xemina como un recinto fortificado provisto de torres, aljibes y murallas. Finalmente, el territorio quedó integrado en la Corona de Castilla en 1456.
Desde entonces, Jimena conservó su condición de enclave estratégico y defensivo, y en torno al castillo se fue articulando la trama urbana del municipio (Ayuntamiento de Jimena de la Frontera, s. f.). Desde esa altura, la fortaleza dominaba el paisaje, custodiaba los accesos y parecía seguir protegiendo, aún hoy, la memoria de quienes habitaron y habitan la villa.
Desde el punto de vista constructivo, el castillo presentaba muros de considerable espesor y un trazado adaptado a la topografía del cerro. La arquitectura de esta fortificación se integraba de forma orgánica con la geografía. La población se asentó en torno a él, buscando refugio y aprovechando la protección que ofrecía siendo un elemento estructurador del paisaje urbano y social del municipio.
La Torre del Arco del Reloj
La Torre del Arco del Reloj, de origen romano y construida con sillares en el basamento en opus vittatum, se alzaba como una estructura en forma de L destinada a proteger los arcos de herradura de la puerta monumental. Entre sus rasgos más singulares destacaba la conservación parcial de la sebka, esa decoración geométrica original esgrafiada sobre el mortero que cubría la fortaleza. Contaba, además, con una buhedera o buhera, un estrecho pasadizo defensivo desde el que los guardianes podían arrojar sobre los atacantes piedras, flechas, agua hirviendo, arena caliente, cal viva o brea.
En aquella puerta convergían los visitantes procedentes de la costa gibraltareña, con destino a Ronda o a Córdoba. A partir de ella, se abría una planicie del patio de armas.
Las murallas dejaban entrever que se trataba de un enclave especialmente protegido, capaz de resguardar al mismo tiempo las zonas bajas del cerro frente a los aluviones de lodo que, en época de máximas inundaciones, descendían con violencia por la ladera.
Algunos obreros mantenían tareas de conservación de una de las caras de la torre, que me invitaron a subir al baluarte. Agradecido, continué mi visita contemplando el Parque Natural de los Alcornocales y los restos de una puerta que fuera el primitivo asentamiento de la «Acrópolis» romana de Oba.
Contemplando aquellas piedras dispersas sobre el suelo, desordenadas por la intemperie y el paso de los siglos, hube de leer una etiqueta de metadatos informativos para entrever la verdadera dimensión de la puerta, su antigua función de comunicación y la base del templo que se mantuvo en pie hasta el s. III d. C. Con el tiempo, los restos de aquella entrada quedaron integrados en la muralla, como si la piedra hubiera querido conservar, aun en ruina, la memoria de su forma original.
A ello se sumaba el estudio arqueológico de la plataforma de cimentación de un templo en la ladera occidental, que, en palabras de Tabales Rodríguez, marcaba el inicio de la presencia romana en la zona.
El Foso
En dirección al Alcázar, la campaña arqueológica de 2003 puso en valor un foso seco con refosete en forma de “V”; un canal excavado en la roca natural por los nazaries. Era la primera vez que había visto un foso seco, cuando estaba acostumbrado a ver una zanja rellena de agua o de otros restos que rodeaba el perímetro de una fortaleza a la cual se accedía por medio de un puente levadizo.
Al recorrer después la memoria de la Asociación Española de Amigos de los Castillos, pude reconocer la riqueza y diversidad de las fortificaciones y ciudades amuralladas que había visitado y que aún conservaban fosos. En Jimena, la escarpa o muro interior de ese foso no era un elemento aparte, sino parte misma de la muralla, como si la piedra hubiera querido prolongar su defensa en el propio vacío.
Torre del Homenaje
La planicie de la plaza de armas se extendía yerma y silenciosa. Una doble muralla no impedía, sin embargo, que la mirada descansara en el torreón del homenaje, de planta circular, que se alzaba en el exterior con severa majestad. Como el acceso estaba cerrado y la visita solo podía realizarse en compañía de un guía, no me fue posible contemplar las tres plantas abovedadas de su interior.
Desde fuera, observaba el espesor del muro de mampostería, cuyas grietas se adornaban con densas inflorescencias de pequeñas flores violeta azulado —la flor de la viuda o alfileres, Trachelium caeruleum—, como si la piedra, pese a su aspereza, hubiera cedido también espacio a la delicadeza. En la cara que miraba al pueblo se abría un ventanal con ladronera.
La función de la torre era la de observación y residencia del alcaide. Como parte de la muralla almenada, fue modificada durante la Guerra de la Independencia contra los franceses, a principios del siglo XIX. Desde allí, las vistas dominaban los cuatro puntos cardinales. Era un cilindro de piedra asentado sobre un suelo de lascas de 13 m de altura, en un ambiente mineral y severo, donde asaltaba la duda sobre la llegada del agua para el abastecimiento de los antiguos moradores de la fortificación.
Aljibes
Por eso mi mirada se detenía, escrutadora, en busca de cualquier resto de aljibe romano entre las piedras de la torre, mientras los arqueólogos iban desenterrando, capa tras capa, los vestigios ocultos hasta llegar a la base del acuífero.
Estos aljibes no guardaban relación con los llamados Baños de la Reina, una pileta extramuros que la tradición popular creyó destinada a los baños de una reina, aunque la hipótesis de un eremitorio parecía mucho más plausible. En ese sentido, el Baño de la Reina Mora forma parte del imaginario identitario de Jimena.
La aparición de un aljibe con arco abovedado evocaba el acueducto romano de los Caños de Carmona, en Sevilla, reconstruido por los almohades en el siglo XII. En el caso de Jimena, la presencia de dos arcos en forma de herradura confería al conjunto una fisonomía singular, que recordaba, como en los arcos duplicados de los Caños de Carmona, la pervivencia de una misma tradición constructiva adaptada a distintos contextos.
Pinceladas de vida urbana
Tras recorrer varias cuestas en descenso por la ladera del cerro, me detuve frente a la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, que en aquel momento permanecía cerrada. En ella se concentraba una parte esencial de la memoria colectiva del municipio: bautizos, matrimonios, funerales, celebraciones patronales y otros ritos que acompañan el ciclo vital y festivo de la comunidad. La propia estructura demográfica, aunque marcada por la ruralidad, parecía compensarse con la atención y la comunicación de su tejido social, perceptibles en las conversaciones que se oían en las callejas.
Junto a la iglesia solicité a unas vecinas que me orientaran hacia un restaurante de reconocido aprecio popular. Las señoras coincidieron en su opinión con la de un topógrafo al que había consultado antes, en el aparcamiento junto al castillo. Así fue como me dirigí al restaurante Cuenca Tirado, especializado en carnes y setas y muy bien considerado por la gente del lugar. Después de una ensalada de tomate con melva, el solomillo de cerdo con chantarelas —rebozuelos o Cantharellus cibarius— colmó mi deseo de probar un manjar propio del Parque Natural de Los Alcornocales.
Desde allí, la silueta del pueblo ofrecía una estampa blanca, casi navideña, por la armonía de las casas y el característico volumen rectangular de un centro educativo, exento de cualquier pretensión estética. No advertí tampoco motivo alguno de la Feria de Mayo en las calles. Así que decidí partir en dirección a Castellar de la Frontera, por la misma carretera anterior de escaso tráfico y con agradables vistas al paisaje.



Para comentar debe estar registrado.