CU de la US
Luis Miguel Villar Angulo

Hitos culturales e históricos de Évora: una ventana al patrimonio de Portugal

Introducción.

Recorrer Évora fue, para mí, una manera de penetrar en voz baja en la memoria de una ciudad que se iba revelando poco a poco, como si solo accediera a mostrarse a quien sabe detenerse y mirar. Me situé en la Praça de Giraldo, donde la gente descansaba sobre el pretil de la fuente de ocho caños y mármol del s. XVII, frente a la iglesia de San Antonio, y desde allí avancé por la acera soportalada hasta llegar al Largo Conde Vila Flor, plaza en el que se reunían los monumentos que mejor definían a Évora como Patrimonio Mundial: la Catedral y el Templo Romano.

Más tarde visité la Fundación Eugénio de Almeida y, para cerrar el recorrido, me detuve a tomar un refrigerio en la Pousada, antiguo Convento dos Lóios. Bajo la quietud de la tarde, todo parecía envuelto por un silencio antiguo, como si aún persistiera, entre las piedras, el eco lejano de otros tiempos.

Después me acerqué a espacios donde Évora revelaba su lado más culto y sereno: la Biblioteca Pública, el Palacio de los Duques de Cadaval y la Universidad. También me detuve en algunos de sus templos más hondos, como la Iglesia de la Misericordia, la Iglesia de la Gracia y la Iglesia de San Francisco, que hablaban de fe, de arte y de permanencia.

Más adelante, seguí la huella de la ciudad en sus Jardines públicos, y en sus grandes obras de piedra: la Porta Nova, la Muralla y el Acueducto de Água de Prata, que aún sostenían, con su antigua solidez, la respiración del tiempo.

Largo Conde Vila Flor: un punto de convergencia cultural

La plaza estaba dominada por dos de los emblemas más icónicos de Évora: la imponente catedral medieval y el elegante Templo Romano. La yuxtaposición monumental resultaba, a un tiempo, sobrecogedora y profunda: enfrentaba, en un mismo campo visual, los signos del poder imperial de Roma y los de la autoridad espiritual cristiana. Solo la presencia de estos dos monumentos bastaría para conferirle relevancia, pero a ellos se sumaban también el antiguo Palacio del Inquisidor, el Convento dos Lóios —hoy Pousada— y el Museo Nacional Frei Manuel do Cenáculo, instalado en el antiguo palacio episcopal.

Praça de Giraldo

La Catedral: una fusión de arquitectura gótica y románica

Dominando con su silueta severa el perfil de Évora, la catedral se alzaba como un testimonio mayor de la Reconquista cristiana y de la posterior afirmación del poder religioso y político en la región. Su construcción comenzó a finales del siglo XII, poco después de la recuperación de la ciudad a manos cristianas, y desde entonces su presencia había quedado indisolublemente unida a la memoria histórica del lugar. La fachada, de granito macizo, se imponía por su sobriedad monumental; las dos torres campanario, desiguales y poderosas, le conferían el aspecto de una iglesia fortificada, casi de una fortaleza sacra.

El portal principal constituía una de las cimas de la escultura gótica portuguesa. Allí se desplegaba, con gran riqueza expresiva, la serie de estatuas de los Apóstoles realizadas en el siglo XIV, que otorgaban al acceso un aire de solemnidad hierática. En el interior, la altura de la nave y la delicadeza de las bóvedas de crucería elevaban la mirada y envolvían al visitante en esa sensación de verticalidad y de luz propia del gótico, donde la arquitectura parecía conducir el espíritu hacia lo alto.

Entre sus elementos más singulares destacaba el cimborio, o torre linterna, levantado sobre el crucero: una estructura de notable belleza y complejidad, coronada por una cúpula octogonal y rodeada de pequeñas torrecillas, en la que convivían todavía ecos románicos y soluciones góticas. A ello se sumaba el claustro del s. XIV, cuyos amplios arcos apuntados se abrían hacia la serenidad de un jardín central. Desde las cubiertas, la vista del conjunto resultaba magnífica: se contemplaban el claustro, el cimborrio y el chapitel de estilo manuelino, revestido de mosaicos en azul y blanco y rematado por una veleta y una figura de gallo.

La capilla mayor ocupaba el centro litúrgico del templo y fue enriquecida con un retablo manierista, acorde con el gusto de finales del Renacimiento. Muchas de las capillas laterales conservaban retablos de talla dorada, característicos del barroco portugués, que aportaban al conjunto una luminosidad cálida y solemne. Entre sus bienes más notables figuraban el tríptico con escenas de la Pasión de Cristo y el óleo La Profesión de Santa Clara, ambos de Francisco João, así como la Virgen abridera Nuestra Señora del Paraíso, tallada en marfil en el s. XIV, cuya delicadeza formal la emparentaba con la Virgen abridera de arte gótico, conservada en el Museo de Arte Sacro de Allariz (Orense).

Catedral

El Templo Romano: testimonio de la civilización antigua

En el corazón del antiguo foro de Liberalitas Julia Ebora, el templo se alzaba como un gesto de piedra hacia los dioses y hacia el poder de Roma. Levantado, con toda probabilidad, en el s. I d. C., durante el reinado de Augusto, debió de estar consagrado al culto imperial, cuando la ciudad romana afirmaba su presencia con la solemnidad de sus edificios y la exactitud de sus formas.

Aún hoy, entre las ruinas y el silencio, permanecía como un prodigio de la arquitectura corintia de época imperial. Catorce columnas de granito, altas y esbeltas seguían en pie como si custodiaran la memoria de un tiempo extinguido. Sobre ellas descansaban los capiteles, finamente esculpidos en mármol de Estremoz, con acantos delicados que parecían mover aún una sombra de vida antigua. Todo el conjunto, asentado sobre un alto podio de sólidos bloques graníticos, debió imponerse en otro tiempo sobre la vida cívica y religiosa de la ciudad con la gravedad luminosa de lo eterno.

Yo recorrí su columnata desde distintos ángulos, dejando que la mirada se demorase en las estrías de las columnas y en la paciencia minuciosa de los capiteles. Y, aunque el templo ya no guardaba techumbre ni vertientes, era imposible no imaginarlo entero, vibrante bajo el sol de la Lusitania, mientras alrededor de él discurrían los pasos de los ciudadanos romanos por el Municipium, entre el rumor del foro, la piedra caliente y la memoria de una civilización que aún parecía respirar en sus restos.

Templo Romano

La Pousada Convento de Évora: un hito histórico de la hospitalidad

La Pousada Convento de Évora se alzaba en el antiguo Convento dos Lóios, un monasterio del s. XV cargado de memoria y de silencio. Fundado en 1485 por el noble Dom Rodrigo Afonso de Melo, conde de Olivença, sobre las ruinas de un castillo medieval, el edificio poseía una resonancia histórica singular, como si en sus muros hubieran quedado prendidas, una tras otra, las huellas de los siglos. Durante largo tiempo acogió a los canónigos de la Orden de San Juan Evangelista, conocidos como los Lóios, cuya vida monástica imprimió al conjunto una austera dignidad. La supresión de la orden en 1834 puso fin a aquella existencia recogida y devota, hasta que en 1965 el edificio inició una nueva etapa, transformado en hotel de lujo al modo de los Paradores nacionales.

Ya en el interior, me cautivaron la techumbre gótica de algunas estancias, donde la piedra parecía guardar todavía el eco de antiguas plegarias, y el patio acristalado con jardín, claro y sereno, como un remanso de luz en medio de la piedra. Pero fueron, sobre todo, los paneles de azulejos los que más me impresionaron: composiciones de dibujos geométricos, de colores vivos y brillantes, que se desplegaban ante la vista como tapices cerámicos, enriqueciendo el espacio con una elegancia delicada y profundamente portuguesa.

Pousada Convento de Évora

La Fundación Eugénio de Almeida: cultivar el arte y la comunidad

La Fundación Eugénio de Almeida, creada en 1963 por voluntad testamentaria del filántropo y empresario agrícola Vasco Maria Eugénio de Almeida, nació con la vocación de servir a Évora como un impulso discreto, firme y persistente. Su misión había sido, desde entonces, promover el desarrollo cultural, educativo y social de la ciudad, abriendo espacios para el arte, el aprendizaje y la solidaridad mediante exposiciones, conciertos, talleres pedagógicos y programas de apoyo social.

En mi visita a la exposición ¡WAH! (We are here! / Estamos aquí!), me encontré con la obra de veinte mujeres vinculadas al Alentejo, creadoras que conjugan la reflexión académica con la práctica expositiva de las Bellas Artes. El conjunto reunía piezas diversas, atravesadas por lenguajes y disciplinas distintas, como si cada artista hubiera abierto una ventana propia sobre el mundo.

De entre todas ellas, quedó especialmente en mi memoria Noemia Cruz, por una obra cerámica que abordaba la igualdad de género con una voz clara y necesaria; Susana Pires, con una pieza en la que parecía desarrollarse un diálogo invisible, hecho de presencias sugeridas más que de palabras; Joana Gancho, atenta a la construcción de espacios urbanos; Susana Piteira, con su instalación multimedia, donde las imágenes se entrelazaban; Cristina Oliveira, en una fotografía de resonancias imaginativas; Susana Marques, con dibujos a tinta china de trazo preciso y delicado; y  Estrela Faria, autora de un óleo de interior en el que una mujer, inclinada sobre su tarea, cosía en la intimidad serena de la escena.

Fundación Eugénio de Almeida

La Biblioteca Pública: custodia del saber y del patrimonio

Fundada en 1805 por el arzobispo Frei Manuel do Cenáculo, sus orígenes se hallaban íntimamente ligados a las corrientes intelectuales de fines del s. XVIII y comienzos del XIX.

Reunió fondos procedentes de las órdenes monásticas suprimidas, en especial de los jesuitas, cuyas ricas bibliotecas pasaron a constituir el núcleo fundacional de este nuevo depósito de la memoria escrita. Instalada en el antiguo colegio de la Orden de San Eloy, la biblioteca poseía además una elocuencia simbólica singular: un espacio antaño consagrado a la formación religiosa fue transformado en un centro de estudio laico y de acceso público al conocimiento.

Desde el punto de vista arquitectónico, la Biblioteca Pública presentaba una sobriedad elegante, propia del gusto neoclásico de la época de su fundación, aunque incorporaba también elementos del edificio original del s. XVI.

La sala principal, conocida como Sala de Leitura, se alzaba como una verdadera catedral del libro. Sus techos elevados conferían al espacio una solemnidad casi sacra, mientras las estanterías de madera finamente tallada ascendían hasta abrazar por completo los muros, como si la arquitectura misma hubiese sido concebida para rendir culto a la palabra escrita. La impresión que producía era extraordinaria, no solo por su grandeza, sino por la magistral manera en que aprovechaba cada superficie, transformando las paredes en una inmensa memoria de madera y saber.

Ante aquel recinto, no podía sino imaginar al bibliotecario ascendiendo por la escalera, con gesto paciente y cuidado, para colocar o recolocar los libros en el altillo de los armarios, como un custodio silencioso de ese orden antiguo y precioso que sostenía el espíritu de la biblioteca.

Sus fondos incluían más de seiscientos cincuenta incunables, es decir, libros impresos antes de 1501, miles de manuscritos fechados desde el s. X en adelante y un archivo sustancial de documentos históricos. Entre sus tesoros destacaba una copia iluminada del s. XV de una crónica del historiador Rui de Pina.

Biblioteca Pública

Palacio de los Duques de Cadaval: la pervivencia de la nobleza

También conocido como el Palacio de las Cinco Esquinas, estaba situado estratégicamente en la cota más elevada de la ciudad, y formaba junto al Templo Romano y la Catedral una singular tríada del poder.

Iglesia de San Juan Evangelista o Iglesia de los Lóios, vinculada al Palacio Cadaval, era uno de esos lugares donde la historia parecía seguir respirando bajo la piedra. Fundada en 1485 y restaurada a mediados del s. XX, recuperó entonces su antiguo esplendor, convirtiéndose en uno de los templos privados más bellos de Portugal. Su noble pórtico gótico, la nave de nervaduras esbeltas, los azulejos del s. XVII y los túmulos de los duques de Cadaval componían un conjunto de extraordinaria belleza y memoria.

En su interior, la solemnidad del altar dorado, la penumbra de las antiguas sepulturas y la delicadeza de los paneles cerámicos se entrelazaban en una armonía de pasado y silencio, como si el tiempo hubiese decidido reposar allí, custodiando intacta la dignidad de otra era. Y, una vez más, me sobrecogió la espléndida colección de azulejos de António de Oliveira, firmada y fechada en 1711, donde se sucedían las escenas de la vida de San Lorenzo Justiniano, Patriarca de Venecia y fundador de la Orden de Santo Eloi, con la viveza de un relato pintado en luz y esmalte.

Iglesia de San Juan Evangelista

La Universidad: un legado de educación

Su historia se remontaba a 1559, cuando la Compañía de Jesús fundó el Colégio do Espírito Santo bajo el patrocinio del cardenal-infante Enrique. Nació entonces como un claro contrapunto meridional de la venerable Universidad de Coímbra, destinada a afirmar en Évora un centro de saber y prestigio.

Al cruzar el Pátio dos Gerais, se abría ante los ojos una auténtica joya del manierismo y del barroco: un claustro de dos pisos, de arcos delicados y fuente central, donde la armonía parecía haberse detenido en un instante de serena quietud intelectual. Más allá, el edificio se prolongaba en un pequeño laberinto de aulas, capillas y salas, cada una con su propio carácter. Entre todas, resplandecía la Sala dos Actos, gran espacio ceremonial adornado con pinturas alegóricas y fina madera tallada.

También las aulas guardaban su belleza y su propósito: en sus muros, los azulejos del s. XVIII representaban las disciplinas del saber —la filosofía, la retórica, las matemáticas, la física— no como simple ornamento, sino como verdaderos instrumentos de enseñanza. En ellas llamaban la atención el orden de las sillas de brazos y la pulcritud de los azulejos, como si el conocimiento mismo habitara en esa limpieza.

Pero aquel esplendor quedó abruptamente quebrado en 1759, con la expulsión de los jesuitas por el marqués de Pombal. La Universidad de Évora, en su forma moderna, no volvería a levantarse hasta 1973, cuando el Estado portugués la restableció.

Universidad

 

La Iglesia de la Misericordia: testimonio de la devoción convertida en arte

Fundada en el s. XVI como parte de la Santa Casa da Misericordia, hermandad dedicada al amparo de los pobres, los enfermos y los presos, la iglesia se alzaba con una sobriedad casi austera. Su fachada encalada, desprovista de ornamento, parecía guardar silencio ante la grandeza que aguardaba en el interior. El retablo del s. XVII del altar mayor estaba restaurándose, como las pinturas al óleo de Francisco Xavier de Castro.

Y es allí donde acontecía mi sorpresa: tras la contención del exterior, el espacio interior se abría como una revelación, deslumbrante en su esplendor de azulejos pintados. Desde el pavimento hasta la bóveda, los muros quedaban enteramente cubiertos por monumentales paneles azules y blancos, entre los más bellos de Portugal. Ejecutados en la década de 1730 por António de Oliveira Bernardes, representaban las Siete Obras de Misericordia Espirituales y las Siete Obras de Misericordia Corporales, componiendo un vasto relato de caridad, fe y compasión hecho luz, cerámica y memoria.

Iglesia de la Misericordia

La Iglesia de la Gracia: una maravilla arquitectónica.

En la misma calle de la Misericordia, y como un eco de nobleza serena frente al templo anterior, se alzaba la Iglesia de la Gracia, erigida entre 1537 y 1542. Era una de las expresiones más puras y notables del alto Renacimiento en Portugal. Mandada construir por João III y trazada por Miguel de Arruda, figura decisiva en la asimilación del clasicismo renacentista italiano al suelo portugués, fue concebida para la Orden de San Agustín. Entre los templos visitados, era este el que revelaba con mayor claridad la huella palladiana.

Su fachada concentraba los rasgos más singulares y célebres del edificio: un frontispicio de piedra, severo y armónico, articulado por formas clásicas donde sobresalía el motivo del arco triunfal en el portal principal y una horizontalidad rotunda que se imponía frente a la verticalidad gótica. Pero lo que había otorgado al templo su mayor fama —y también una cierta leyenda— eran los cuatro atlantes o titanes que, en las esquinas de la terraza superior, simbolizaban los cuatro ríos. Estas figuras colosales, de musculatura poderosa, eran conocidas popularmente como os Meninos da Graça, los Niños de la Gracia.

En el interior, las ventanas del altar mayor, labradas en mármol de Estremoz, añadían un destello de elegancia contenida. Y el claustro, de aire renacentista, prolongaba esa misma sensación de equilibrio, medida y claridad que hacía de la iglesia una obra de singular belleza.

Iglesia de la Gracia

La Iglesia de San Francisco en la Era de los Descubrimientos

Desde el exterior, el templo se presentaba con una sobriedad grave, propia de la arquitectura religiosa mendicante y de la tradición gótica tardía portuguesa. Sus muros de piedra, austeros y apenas abiertos por unos pocos vanos, inspiraban recogimiento, humildad y una firme sensación de fortaleza espiritual.

Bajo esa apariencia contenida se sostenía una estructura que respondía a los principios góticos de espacialidad, luz y rigor constructivo, dando forma a un interior vasto y elevado, concebido para el culto de la comunidad. Sobre ese armazón, sin embargo, se derramaba la exuberancia del manuelino, con sus motivos más repetidos: la cuerda torcida, esculpida en piedra como si quisiera evocar los gruesos cabos de una carabela, y las tallas naturalistas de alcachofas, corales y otras plantas exóticas, traídas al lenguaje del arte como un eco de los mundos recién descubiertos.

El templo era también un palimpsesto de tiempos superpuestos, en el que se reconocían intervenciones posteriores, especialmente las del Barroco. El oro, la policromía y los azulejos introducían una calidez resplandeciente en una arquitectura que, en su esencia, permanecía sobria. Esos paneles azules y blancos, que solían narrar episodios de la vida de San Francisco, cubrían los zócalos de la nave y de las capillas, aportando al conjunto color, relato y una profunda complejidad histórica.

Iglesia de San Francisco

La Capilla de los Huesos: una reflexión sombría y artística

La Capela dos Ossos, o Capilla de los Huesos, junto a la Iglesia de San Francisco, constituía sin duda uno de los hitos más perturbadores e inolvidables de Évora. Levantada a finales del s. XVI por un fraile franciscano, su interior —muros, pilares y techo— estaba minuciosamente revestido con huesos y cráneos pertenecientes a unos cinco mil esqueletos.

No llegué a visitarla. Y, sin embargo, su sola evocación bastaba para convocar los grandes tópicos de la muerte: Memento mori, Tempus fugit, Contemptu mundi, Ubi sunt?, Homo viator, De putredine cadaverum. Todos ellos poseían ya un hondo sentido en el s. XV, y fueron después recogidos por escritores y también por pintores barrocos del s. XVII, como Valdés Leal, con obras tan estremecedoras como Finis gloriae mundi e In ictu oculi en la iglesia de los Venerables de Sevilla.

Jardín Público: un centro de expresión artística y vida comunitaria

Reconozco que no dispuse del tiempo necesario para detenerme a contemplar, ni mucho menos a fotografiar con calma, la estatuaria de aquellos jardines, auténtica meditación del Romanticismo decimonónico. El parque se extendía al sur del centro histórico de la ciudad, muy cerca del célebre Palacio de Don Manuel y de las antiguas murallas medievales, como si quisiera prolongar en silencio la memoria de la urbe.

Su rasgo más llamativo era la llamada “Ruína Fingida”. Esta sugestiva folie, levantada en 1863, componía una escena de evocación romántica en la que se integraban, con notable ingenio, fragmentos arquitectónicos verdaderos —arcos, ventanas y columnas— procedentes del derribado palacio medieval del Paços do Concelho. La ruina, así, dejaba de ser destrucción para convertirse en artificio poético, en nostalgia construida.

Los jardines aparecían además sembrados de bustos y estatuas dedicados a figuras locales de relieve, o a símbolos de otra índole, como aquel músico de jazz sin rostro que sostenía un saxofón labrado en mármol, imagen tan insólita como sugerente, suspendida entre la memoria, la música y el sueño.

Jardín Público

Porta Nova: un umbral simbólico

El simbolismo cultural de un acceso como la Porta Nova era profundo, pues actuaba como mediadora entre el adentro y el afuera, entre la ciudad y el campo, entre lo conocido y lo extraño. Las puertas eran umbrales de tránsito, lugares de paso y de vigilancia, en los que se afirmaba la identidad de la urbe, se tasaban las mercancías y se hacía cumplir el orden de sus leyes.

Porta Nova

Las murallas de la ciudad: guardianas de la historia

Su finalidad era resguardar a los habitantes de los embates de la guerra. La construcción del principal cinturón medieval, la Cerca Nova, se inició en el s. XIV y llegó a abarcar un perímetro aproximado de siete km: altos lienzos de muralla, numerosas torres cuadradas y redondas, dispuestas para el fuego de flanqueo, y puertas sólidamente defendidas.

En una imagen se aprecia la emblemática muralla junto al histórico Convento dos Lóios —también llamado Convento de San Juan Evangelista— y el Palacio de los Duques de Cadaval, en un paisaje donde la piedra parecía conservar aún la memoria de antiguas defensas y de viejas grandezas.

Murallas

El Acueducto de Agua de Prata: excelencia ingenieril a través de los siglos

Encargada por el rey João III y concluida en 1537, esta maravilla del Renacimiento fue concebida por el célebre arquitecto real Francisco de Arruda, a quien también se atribuía la emblemática Torre de Belém de Lisboa. El acueducto se extendía a lo largo de unos dieciocho km y llevaba el agua fresca desde las fuentes de Graça do Divor hasta el corazón de la ciudad, donde remataba en la Praça do Giraldo. Incluso Luis de Camões inmortalizó el acueducto en Os Lusíadas.

Al seguir la calle Cano, me sorprendieron las casas levantadas entre los pilares, en un ensamblaje singular de lo antiguo y lo nuevo: construcciones ambas funcionales, ambas vivas, como si la arquitectura hubiese aprendido a habitar su propia memoria.

Acueducto de Agua de Prata

Las visitas se prolongaron durante dos días. Dejaba el coche fuera de la muralla, y las caminatas se alternaban con las comidas, como si el viaje mismo obedeciera al ritmo pausado del apetito y del descubrimiento. El Alentejo se mostraba pródigo en los dones de la tierra: el aceite de oliva, el pan, el cerdo, y hierbas como el cilantro, el ajo, la cebolla y el laurel, tan presentes en sopas y estofados, donde el campo parecía volverse sustancia y aroma.

Aun así, con especial deleite recuerdo un trío de porco preto com migas de espargos, plato que condensaba en sí la sobriedad y la riqueza de aquella cocina: humilde en su origen, pero abundante en sabor, como la propia comarca que lo engendraba.

ANEXO

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Luis Miguel Villar Angulo
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