Me habían aconsejado partir desde La Almoraima, en Cádiz, y dirigirme a Jerez de la Frontera, para luego atravesar los alrededores de Arcos de la Frontera por la A-382 y tomar rumbo a Grazalema por la A-372, en vez de seguir la carretera de Ubrique, la A-373, y enlazar desde allí con Grazalema por la A-2302.
La experiencia de haber ascendido hasta la cima del antiguo castillo de Castellar de la Frontera me había servido ya de aviso sobre la severidad de las curvas, la estrechez de las carreteras y las pendientes pronunciadas que caracterizan a estas vías autonómicas y locales.
Puerto del Boyar
A medida que me aproximaba a Grazalema, tras sortear una larga sucesión de curvas y varias detenciones forzosas a causa de las obras de restauración de los taludes de la carretera, fui dejando reposar la vista en el Puerto del Boyar, a 1.103 metros de altitud, desde donde la Sierra de Grazalema se alzaba sobre un paisaje de montañas abruptas. El viento acrecentaba la frialdad de la mañana, una frialdad intensificada aún más por el murmullo del ramaje de los pinsapos, los alcornoques, las encinas y los quejigos.
Aquel frío no impedía, sin embargo, el deleite de contemplar los riscos y las nubes altas que iban tropezando con los peñascos, envolviéndolos en finísimos velos de rocío. Algunos senderistas avanzaban por senderos cuidadosamente delimitados, en uno de los grandes atractivos turísticos del lugar: las caminatas por los altiplanos de este relieve áspero y grandioso.
La visión de los trabajos de reparación de la carretera me llevó de inmediato al recuerdo de las inundaciones del 2 de febrero de 2026 en Grazalema, que obligaron al traslado íntegro de los vecinos a la ciudad de Ronda, situada a 33 kilómetros de distancia.
Aquella sucesión de lluvias torrenciales, inundaciones y emergencias devolvía a la memoria las vicisitudes de una fecha dramática, cuando precipitaciones sin precedentes se abatieron sobre un valle cuyas infraestructuras de drenaje resultaron claramente insuficientes. Los daños causados al medio ambiente y a la comunidad movieron entonces a las autoridades a reflexionar sobre cuestiones de fondo, como la mejora de las redes de evacuación de aguas, el perfeccionamiento de los sistemas de predicción meteorológica y el reforzamiento de la conciencia y la preparación de la población.
Devastación ambiental profunda
El principal motor atmosférico fue un río atmosférico de intensidad excepcional y desplazamiento lento. Aquel sistema transportaba un volumen de vapor equivalente a varias veces el caudal medio del Amazonas y permaneció casi inmóvil durante más de setenta y dos horas. El resultado fue un episodio pluviométrico de intensidad y duración sin precedentes, con 950 milímetros en apenas cuarenta y ocho horas. Las escorrentías superficiales se desencadenaron de inmediato, favorecidas por un suelo de capa caliza muy delgada. Montañas y subsuelo estaban formados por calizas kársticas, frágiles al contacto con el agua, que habían tejido en el interior de la tierra una compleja red de cuevas, dolinas y ríos ocultos, como la Cueva de las Dos Puertas.
Las laderas de aquellas sierras funcionaban como un embudo para las escorrentías furiosas, que descendían con violencia hacia el valle donde se asentaba el pueblo, pavimentado y, por ello, incapaz de retener el agua. La topografía de Grazalema, en suma, se mostró implacable.
Por un lado, la red de alcantarillado pluvial del casco urbano se hallaba abandonada y subdimensionada, con tuberías de escaso diámetro, lo que provocó una inundación freática generalizada, síntoma de una infraestructura gris anquilosada. Por otro, el cauce del Guadalete había desbordado sus límites ordinarios debido a la falta de limpieza, mientras los sedimentos y la vegetación estrangulaban los puentes. Y al contemplar en la carretera la reparación de algunos de ellos, no podía dejar de imaginar los represamientos del agua, fruto de una infraestructura verde débilmente planificada.
Mientras conducía hacia el último tramo del pueblo, me venía a la memoria una observación precisa y sistémica: el episodio atmosférico aportó escorrentías extremas; la topografía municipal concentró la inundación; y la geología kárstica, finalmente, fue superada por la lluvia.
Pueblo bonito de España desde 2017
No fui capaz de apreciar la erosión de las laderas mientras me acercaba, por la carretera A-372, al pueblo de 1977 habitantes, según el INE (2025). La vía bordeaba las techumbres siguiendo una cota superior, y aproveché un área de estacionamiento para contemplar la silueta de los tejados de barro rojizo y las fachadas encaladas, alineadas en casas de dos alturas.
En aquel microclima fresco, la estampa poseía la fuerza de lo arquetípico: una imagen inequívoca del sur de España, en un entorno declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1977 y Parque Natural por la Junta de Andalucía en 1984. Más adelante, continué por la carretera que atraviesa el pueblo hasta dejar el coche en el Parking El Mirador, abarrotado de vehículos y de herramientas de obras municipales.
Tradiciones religiosas y culturales
Muchas callejuelas en pendiente desembocaban en la Fuente de la Plaza de España, delante de la iglesia de Nuestra Señora de la Aurora, que estaba cerrada en ese momento. El diseño de las fachadas se sustentaba en materiales naturales —piedra, barro, cal y hierro—, y la configuración de las viviendas respondía a un esquema de dos plantas: ventanas en la planta baja protegidas por rejas, y balcones en la superior, con barandillas de hierro. La estrechez de las calles favorecía el control de la temperatura y, al mismo tiempo, dificultaba el tránsito de vehículos. Así se combatían el calor intenso y la luz deslumbrante, al tiempo que se creaban espacios de convivencia más frescos y agradables. La impronta romana y musulmana se advertía aún en las pequeñas plazoletas y en las calles quebradas.
Protegido por una valla metálica, me acerqué al Mirador de los Asomaderos. Desde allí, la vista se abría en silencio sobre el valle, amplia y serena. En ese momento pensé en las huellas históricas, culturales y ambientales del pueblo, porque la identidad de Grazalema es poliédrica: se nutre de tradiciones vivas, como las fiestas de San Isidro Labrador o el Lunes del Toro y la Cuerda en honor a la Virgen del Carmen, y de una riqueza ecológica singular, configurada por la presencia de especies endémicas como el pinsapo (Abies pinsapo) y por el papel decisivo del régimen hídrico de la región.
Cerca del Ayuntamiento, el monumento de bronce dedicado al Lunes del Toro y la Cuerda, obra de Alfredo Fillol Talens (2014), parecía condensar en una sola imagen el arraigo de la fiesta y la identidad del pueblo: dos maromeros y un astado inmortalizados en bronce. Ante aquella escena, no pude evitar que acudiera a mi memoria una vivencia de juventud, vivida durante el Toro Enmaromado de Benavente (Zamora), cuya tradición guardaba con esta celebración no pocas semejanzas.
Junto al monumento, la Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación permanecía abierta. Enclavada en el corazón del casco urbano, su relevancia trascendía lo arquitectónico para adentrarse en lo histórico, lo cultural y lo espiritual, como principal templo parroquial de la localidad. Levantada tras la Reconquista de 1485, cuando las tropas cristianas al mando de Rodrigo Ponce de León, duque de Cádiz, tomaron Grazalema, su fachada principal ofrecía una composición sobria, coronada por la torre campanario, uno de los perfiles más reconocibles del pueblo desde la carretera.
Erigida sobre un antiguo templo mudéjar, la iglesia se alzaba como una muestra más de la profunda religiosidad del pueblo grazalemeño, que conserva todavía otros testimonios de aquel pasado en capillas y ermitas con ecos mudéjares, como la arquería de la torre de la iglesia de San Juan o la espadaña de tres arcos de la iglesia de San José (siglo XVIII).
La solidez de sus muros, construidos en mampostería y piedra, confería al conjunto una imagen compacta y severa. En el interior, el templo desplegaba una planta de nave principal con capillas adosadas, bajo cubiertas de bóvedas o armaduras, según las distintas etapas de su construcción. La luz, contenida y discreta, preservaba un ambiente de recogimiento, mientras a la derecha se alzaba la imagen de San Isidro Labrador, venerada por los grazalemeños en la romería de El Soto, en la Ribera de Gaidóvar, cada 16 de mayo.
Gastronomía y oficios
La comarca era conocida por la excelencia de sus productos: el aceite de oliva, de sabor recio y noble; los quesos elaborados con la leche de la cabra payoya, fruto de una tradición pastoril profundamente arraigada; y la miel, dorada y espesa, que recogía en su dulzura el perfume de la sierra.
En la tienda de la Casa de la Abuela Agustina, frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, la tendera hablaba con la naturalidad de quien conoce y defiende la riqueza de su tierra. Se detenía, sobre todo, en la miel de brezo, nacida de una planta que crece en la montaña y a la que atribuía virtudes casi antiguas: diurética, antiséptica, desinfectante, astringente y relajante. Después, con el mismo entusiasmo, se extendía sobre el origen de la cabra payoya y sobre el queso curado tradicional que había comprado, cuyo precio —23,85 euros el kilo— parecía, a sus ojos, apenas el reflejo justo de tanta herencia, trabajo y sabor.
Se advertía, en el bullicio del turismo y en el amparo de las ayudas institucionales, que la lenta recuperación del pueblo tras el desastre de las inundaciones avanzaba con paso firme. Bastaba mirar las terrazas de restaurantes y bares, como la del Mesón La Posadilla, colmadas de familias, visitantes y excursionistas que buscaban reposo bajo el sol sereno del mediodía. El autobús había hecho alto en la plaza del Ayuntamiento, y muchos de sus pasajeros, entregados al aire libre y a la quietud de la hora, decidieron descender para comer sin prisas.
Aquel mediodía, la sopa de cocido, la ensalada de la casa y el jamón templaron el cansancio del recorrido y devolvieron al ánimo la energía del camino. Entre mesa y mesa, algunas conversaciones en lenguas diversas dejaban entrever la presencia de un turismo senderista, atraído por la montaña y por la promesa de sus sendas.
Tierra de memoria industrial, Grazalema fue, entre los siglos XVII y XIX, un destacado centro de producción textil. En sus telares cobraron forma mantas, bufandas y ponchos de lana, tejidos con una maestría que dio fama a las célebres mantas de Grazalema.
Partí aquella misma tarde con rumbo a Sevilla, mientras aún me acompañaba el recuerdo de las viviendas anegadas y de los negocios quebrados, imágenes que habían sembrado en la comunidad una honda sensación de inseguridad y desasosiego. Pero, tras la crisis múltiple desatada por las inundaciones de febrero, la romería de San Isidro Labrador, celebrada en mayo, había sabido conjurar el pesimismo y devolver al pueblo un respiro de confianza.





Para comentar debe estar registrado.