CU de la US
Luis Miguel Villar Angulo

Isla Cristina

Pescador en isla Cristina

Durante muchos años, el trayecto hasta Isla Cristina desde La Antilla fue para mí una lenta sucesión de paisajes costeros. Avanzaba bordeando el mar, atravesando la mancomunidad de Islantilla y la urbanización turística de Urbasur, ya en término municipal de Isla Cristina. Más adelante, la carretera A-5064 se abría entre pinares y playas —la de la Redondela, la del Hoyo, la de la Casita Azul— que se desplegaban a la izquierda como una franja de arena y sombra; a la derecha quedaban, serenas, las dos áreas de camping, Taray y Giralda.

Después del cruce de La Redondela, la carretera parecía detener su prisa. Me encontraba con los semáforos de los pasos de peatones, colocados allí para dejar pasar a quienes, desde los campings, bajaban hacia la playa. A un lado quedaban las caravanas, las sombrillas y el bullicio del verano; al otro, el camino abierto hacia el mar.

Esperaba la luz verde y, durante unos instantes, todo parecía quedarse suspendido: los coches, los caminantes, el calor que subía del asfalto. Luego el semáforo cambiaba y continuaba mi camino, mientras una brisa salobre llegaba desde la costa y anunciaba, un poco más adelante, la presencia del mar.

La entrada a Isla Cristina de 21 525 hab. (INE 2025) la hacía dejando a la derecha el cementerio católico, como si uno se dispusiera a entonar una melodía fúnebre de fagot en la nota mozartiana re menor del Réquiem.

El recorrido por la Ronda Norte me permitía contemplar el serpenteo de los esteros y caños de la ría Carreras provenientes desde la vecina La Redondela y, al llegar al puente Infanta Cristina (1978), proseguía por el muelle Marina.

En ocasiones había viajado de Ayamonte a Isla Cristina por la carretera N-431, o me había acercado a Pozo del Camino desde Isla Cristina para comprar plantas en un vivero. Entonces se me abría, a un lado, el paisaje de las salinas en los esteros: una gama de colores que iba del marrón más oscuro al blanco níveo, donde la sal se levantaba en conos y pirámides silenciosas.

Aquella visión me llevaba a otras salinas antiguas, de raíz romana, como las de Torrevieja o las que se extendían en el parque natural de las Salinas entre Ibiza y Formentera: salinas nacidas del mar, abiertas a otro horizonte, y tan distintas del sobrio y casi telúrico valle salado de Añana, en Álava.

Aquí en este muelle tuvo lugar la botadura de la primera de las embarcaciones históricas construidas en la provincia de Huelva: la carabela La Pinta, que vio la luz el 8 de agosto de 1989, tras dieciséis meses de trabajo. Diseñada por Francisco Monsalvete e Ignacio Fernández Vial y levantada bajo la dirección de José Zamudio, su aparición quedó inscrita como un hito en la memoria naval de la provincia.

En esa zona se alzaba hoy el Centro de Interpretación de la Pesca, el CIT Garum, un museo dedicado a la cultura del mar y de la pesca, cuya existencia yo desconocía por completo. Frente al muelle se abría la zona de varaderos y reparación de embarcaciones. Yo estacionaba el coche en una zona habilitada como parquin delante de la Lonja.

Ecos de la Lonja

No olvidaba que, muchas veces, acudía a comprar peces a la pescadería Cordero. El trasiego de envases de poliestireno expandido repletos de pescado era incesante en la tienda. Mi preferencia eran los lenguados, que parecían saltar sobre la balanza del mostrador, con su doble faz —oscura en la parte superior, blanca en la inferior—. Al tocarlos para limpiarlos, se escurrían con viveza, como si el moco que los cubría proviniera de un mar de cosmética.

Había visto amontonadas cuerdas de cáñamo, de color rojo, morado o marrón, teñidas con corteza de pinos, que las hacía casi invisibles para la pesca de la sardina, el boquerón o la caballa en el muelle Marina. En ocasiones aparecían también las relingas de flotadores y los burlones de plomo. El embolsamiento, realizado por las traíñas dedicadas al arte de cerco y por otras dos embarcaciones, se efectuaba con una grúa capaz de resistir el peso de la carga gracias a las cadenetas de finas mallas tejidas que envainaban el cerco. Los buques, de hasta veinte metros de eslora, podían colmar el muelle de la lonja cuando la actividad pesquera alcanzaba su máxima intensidad. No en vano, aquella era la principal lonja de Andalucía en subastas de pescado fresco, y solo la de Cádiz la aventajaba en volumen de capturas.

En el muelle de Isla Cristina, redes y aparejos reposan como memoria viva del mar: tramas de hilo y cuerda, de oficio antiguo, de paciencia y sal.

Hacía años que había estado en la lonja de Gandía, contemplando, sentado, la subasta de pescado a la holandesa (estilo de precios descendiente). De igual modo, había presenciado la subasta de flores en Aalsmeer, cerca de Ámsterdam, siguiendo el mismo ritual subastero, inaprensible para un oído inexperto. En ambos casos, resultaban ininteligibles tanto la cadencia de voces, gestos y miradas de los subastadores como el ritmo del martilleo con que se remataba cada operación de intercambio vibrante. Ese era también el sistema de subasta de pescado en Isla Cristina.

Cuando acudí hace años a presenciar una subasta vespertina en este pueblo, el procedimiento era aún más antiguo. Los pescadores dejaban las cajas con la mercancía en el suelo, junto al precio del lote. No compraba nada. Pero siempre me había seducido la observación de las compraventas de ganado en cualquier feria o lonja. Hoy, el comprador debía fijarse en la zona de procedencia del pescado. El de Isla Cristina procedía del Atlántico Nordeste, zona FAO 27.

Las capturas de sardina y boquerón, en los meses sin “r”, hacían florecer los menús de los restaurantes como una pequeña celebración del mar. Bastaba leerlos para imaginar el chisporroteo del aceite, el perfume salino ascendiendo de las planchas, la piel dorada de las sardinas, el blanco nacarado de los chocos y el rebozo crujiente de los boquerones fritos, recién sacados del fuego. Eran platos humildes y, sin embargo, luminosos; comidas que parecían traer consigo la brisa, la costa, la memoria húmeda de las lonjas.

Yo pensaba entonces en el pescado azul, en sus virtudes largamente repetidas y casi convertidas en consigna: proteínas de alta calidad, ácidos grasos omega-3 —EPA y DHA—, vitaminas B12, B6, D y E, además de minerales esenciales como calcio, fósforo, selenio y yodo. Pero más allá de la lista, lo que perduraba en mí era la sensación de alimento completo, de sustento antiguo y marino, de una nutrición que parecía llegar no solo al cuerpo, sino también a una zona más secreta del ánimo.

Con los años, me había hecho con la costumbre de abrir sardinas y boquerones enlatados en mi dieta semanal: una adición sencilla, casi doméstica, que guardaba en su modestia una sorprendente plenitud. Había en ella algo de rito íntimo y de cuidado silencioso, y también la certeza de estar incorporando, junto con su sabor sobrio y aceitoso, una discreta protección para el corazón.

Los barcos se agrupaban en la ría Carreras, alineados junto al muelle y sometidos al incesante trasiego de la actividad portuaria. Eran embarcaciones de pabellón español y alguno portugués, dedicadas a diferentes modalidades de pesca según el arte empleado y las especies objetivo.

Algunas faenaban con nasas y otros aparejos destinados a la captura del pulpo; otras practicaban la pesca de cerco, especialmente orientada a especies pelágicas como la sardina, mientras que las de mayor porte se dedicaban al arrastre de fondo, recorriendo el lecho marino con sus redes en busca de distintas especies demersales, como la raya, el lenguado, el gallo, el congrio o el rape. El choco, capturado al trasmallo, seguía siendo la estrella y el producto más emblemático de Huelva.

Sobre los barcos y alrededor de ellos se congregaban las gaviotas. Algunas encontraban reposo en las antenas y junto a los radares de los barcos; otras caminaban por el cantil del muelle, atentas al movimiento de los marineros.

Me daban la razón esas aves cuando rondaban el muelle con sus graznidos ásperos, como presagios de sal y de hambre, durante las descargas de pescado. Iban y venían sobre el aire, en busca de algún despojo que arrebatar, o para disputárselo a otras gaviotas, en ese vuelo rasante donde la disputa se volvía destello y torbellino. A veces pescaban con una audacia casi feliz, como si intuyeran la alianza secreta mantenida con los marineros, cómplices discretos de aquellas capturas.

En una pequeña embarcación, un pescador levantaba orgulloso sus capturas, como quien mostrara el fruto de una jornada de trabajo: dos lenguados en una mano y un centollo en la otra. Por un instante, la escena detenía el bullicio del puerto y convertía al pescador en protagonista de una pequeña ceremonia marinera.

A su alrededor, las embarcaciones permanecían amarradas o varadas, unas con el casco marcado por la faena, otras con las artes de pesca recogidas y listas para la siguiente salida. Marineros de países vecinos compartían aquel espacio de la ría, unidos por una misma cultura marítima. Entre el olor salobre, el crujido de las amarras, el rumor de los motores y el graznido de las gaviotas, el puerto parecía respirar al ritmo de la marea alta de la ría Carreras.

Barcos de pesca mecen su silueta en el puerto, mientras una barca de recreo se desliza sobre el océano como un pensamiento ligero. Más allá, la playa y el Parque Litoral de Isla Cristina se abren al horizonte, donde la luz se derrama sobre la arena y el mar. Y a lo lejos, a once kilómetros, La Antilla aparece como una promesa de costa, serena y azul, recortada en la distancia.

La luz del mercado

Había cambiado de itinerario de acceso al pueblo para comprar atún, pescado y mariscos en Isla Cristina. Atravesaba la Avenida del Carnaval para acercarme al Mercado de Abastos, donde el despliegue de puestos resultaba deslumbrante por la variedad de sus géneros y la viveza del trato.

Allí brillaban la gamba blanca y el langostino, reyes indiscutibles del Golfo de Cádiz y de la flota local. Destacaba también el atún de Isla Cristina, ofrecido fresco, en salazón o ya dispuesto en piezas de hermosa precisión, convertido en mojama propia. No faltaban el pescado blanco y el azul —lenguados, boquerones, bonitos, chocos y merluzas—, ni el marisco de ría: carabineros, cigalas y cuerpos de cangrejo, como una promesa abundante del mar cercano.

El mercado bullía desde primera hora. Entre el olor salobre del pescado recién llegado, el hielo derretido y el murmullo de los compradores, cada puesto tenía su propia manera de atraer a la clientela. Algunos pescaderos voceaban el género con entusiasmo, anunciando a gritos la frescura y el precio; otros, más tranquilos, se limitaban a colocar cuidadosamente las piezas por especies y a mostrar las cartelas con los precios.

—¡Miren qué frescas están las gambas, señores! ¡Recién traídas!

Un comprador se acercó al mostrador y señaló una de las bandejas.

—¿A cuánto está el kg?

—Éstas, a sesenta euros el kg. Son de las buenas. Pero también tengo estas otras, más económicas, y están estupendas.

El hombre las observó detenidamente, levantó una pieza y la volvió a dejar sobre el resto.

—Bueno, póngame un cuarto de las grandes y me completa el kg con esas otras.

—Como usted mande. ¿Se las preparo para llevar?

—Sí. Y póngamelas en una cajita, que me las llevo para casa.

El pescadero comenzó a escoger las gambas con rapidez, mientras alrededor continuaban los pregones:

—¡Lubinas frescas! ¡Miren qué género!

—¡Sardinas de hoy! ¡Aprovechen, que están baratas!

Los compradores avanzaban lentamente de un puesto a otro, comparando precios, preguntando por la procedencia y buscando aquel pescado que les pareciera más fresco. Sobre los mostradores, el hielo conservaba el brillo plateado de las escamas, las agallas, de un rojo intenso, y los ojos, todavía brillantes, parecían guardar la frescura del mar recién llegado. Las voces de los vendedores se cruzaban con el ruido de las cajas, el ir y venir de las bolsas y el rumor constante del mercado.

Era una escena sencilla y marinera: pescado, hielo, pregones y compradores. Una pequeña representación cotidiana en la que cada vendedor conocía su oficio y cada cliente sabía que, entre tantos puestos, siempre había que mirar, preguntar y regatear un poco antes de decidirse.

En el mercado de abastos, los langostinos, las gambas y el atún se muestran como tesoros del mar recién traídos a tierra: brillo de escamas, aroma salino y promesa de mesa

Callejeando

Al pasear por la plaza de las Flores tenía la sensación de adentrarme en un pueblo más antiguo, en esa retícula andaluza que todavía conservaba el dibujo de otros tiempos: calles estrechas, casas bajas y fachadas encaladas o de sabor regional, junto a alguna construcción más moderna que parecía llegada de otro tiempo.

Con un notable valor arquitectónico, la Casa de Don Justo – Casa de la familia Roselló – evidenciaba la impronta de Aníbal González mediante la alternancia de ladrillo y cerámica esmaltada, así como por la incorporación de balcones y una terraza balaustrada sostenida por columnas torneadas de cerámica, elementos que articulaban con claridad su composición formal y ornamental. Asimismo, se atribuían al arquitecto sevillano los diseños de los bancos de ladrillo y cerámica esmaltada, articulados en propuestas temáticas diferenciadas, entre las que destaca el Monumento a la Cultura y el Saber (2006), situado en el Paseo de las Palmeras.

No había apenas coches. El silencio se deslizaba entre las calles y se quedaba prendido en los rincones ajardinados, bajo la sombra que proyectaban las casas y los árboles para protegerse del sol. Apenas se veía gente. Todo parecía detenido en una hora lenta y calurosa, como si el pueblo, olvidado por un instante del presente, guardara en aquellas calles estrechas la memoria de su antigua manera de vivir, como la casa de Román Pérez Romeu, actualmente Biblioteca.

Paseando por la calle Diego Pérez Pascual, número 7, me detuve ante una fachada de ladrillo visto que, entre 1923 y 1930, ocupó Blas Infante. Entonces, Isla Cristina se integraba, con discreta relevancia y memoria viva en un monumento, en la Ruta de Blas Infante: el notario nacido en Casares, en 1885, que había proclamado insignias y bandera en Ronda y que halló su trágico final, fusilado en Sevilla en 1936.

La Oficina de Turismo se encontraba en una casa de dos plantas, junto a la Plaza de San Francisco, con una exposición permanente dedicada al famoso Carnaval de Isla Cristina, aunque cerraba los domingos. Allí, el personal me ofreció una información generosa y precisa sobre la localidad, explicándome con afabilidad rutas y lugares de especial interés.

En coche, al atravesar el puente Infanta Cristina, la mirada se abría sobre las salinas, quietas y luminosas, como espejos tendidos bajo el cielo. Después, el recorrido se hacía deleite entre edificios regionalistas y modernos, diálogo de épocas y estilos que embellece la ciudad. Y al final del camino, la parroquia de la Virgen del Mar surgía como un faro sereno, cerrando el trayecto con su presencia tranquila y devota.

Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores

En la Gran Vía se alzaba la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, cuyo torreón-campanario, erigido en 1968, y cuya blanca fachada configuraban un notable ejemplo de los lenguajes neobarroco y neomudéjar. Bendecida en 1954, la fábrica actual se presentaba como heredera de una primitiva capilla levantada hacia 1757, circunstancia que daba cuenta de la continuidad histórica del enclave.

Destacaban, en el lado del Evangelio, los dos cuerpos decrecientes de campanas, como si el templo alzara su voz en niveles de piedra y aire. En su interior se abrían tres naves, atravesadas por zócalos de azulejería donde dominaban los azules, memoria líquida y luminosa de la devoción. Arcos de herradura, serenos y antiguos, trazaban el límite entre la nave central y las laterales, como si custodiaran el misterio del recinto. 

En la hornacina del retablo mayor presidía la Virgen de los Dolores, obra del imaginero onubense Sebastián Santos, maestro de reconocida hondura en la imaginería cofradiera. A un lado, en el Evangelio, se situaba el retablo de la Hermandad del Cautivo; al otro, en la nave de la Epístola, descansaba el simpecado de la Virgen del Rocío, signo de fe y de esperanza compartida.

Y como sede canónica de numerosas procesiones, el templo custodiaba en su seno imágenes de profunda devoción popular: la Virgen del Carmen, del s. XVIII, Patrona de los Marineros, y la Virgen de Nuestra Señora del Rosario, patrona de Isla Cristina, cuyo rostro había sido intervenido en diversas ocasiones hasta 1989, como si el tiempo, al rozarla, también hubiera querido dejar en ella su huella de amor.

 

Cada una de estas vírgenes juega un papel significativo en las tradiciones y celebraciones locales, uniendo a las comunidades en torno a su devoción.

Virgen de Mar

Al final de la avenida, tras dejar a la izquierda la moderna sede del Ayuntamiento y la egregia figura de Roque Barcia, se alzaba, con poderosa carga simbólica, el monumento al marinero, erigido en 1979 y los monolitos a Blas Infante y a la Virgen del Rocío.

Las lápidas, junto al monumento, se alzaban como silenciosos centinelas de la memoria, rindiendo homenaje a los marineros caídos en los naufragios de vapores y embarcaciones: Islamar III, Purita Pérez, Begoñita, Pinito, Panchita, reina del mar, el falucho “Blanca”, el galeoncillo “San Antonio” y la embarcación “San Francisco”

Hombres eméritos, en sus gestas brillantes, homenajes susurran las olas resonantes, en la brisa se oyen las historias del mar, eco de hazañas que saben inmortalizar.

Y entonces llegaba, el 23 de agosto de 2026, la vibrante procesión del paso de la Virgen del Mar (1996), alzada a hombros por mujeres de fe invencible desde la Parroquia Nuestra Señora del Mar, mientras el aire temblaba con vivas, plegarias y clamores que, entre emoción y nostalgia, subían al cielo como un homenaje eterno a aquellos marineros. 

A su paso, las embarcaciones y algunas viviendas del barrio Punta del Caimán se vestían con banderolas, listas para recibirla en la Playa del Cantil, acompañarla en procesión por los cargadores y proclamar, con devoción profunda, su esperanza y su amparo en la mar.

Las gentes devotas desde los barcos alzan plegarias, y el símbolo farero ilumina la ría con su luz que no cansa.

 

Paseo en barco

Se abría el puerto deportivo de Isla Cristina, presidido por un edificio de varias plantas, de silueta farera, que, por su altura, se había convertido en uno de los emblemas urbanos de la localidad frente a la playa del Cantil.

Desde este enclave había iniciado un paseo en barco por el puerto de la ría Carreras hasta la salida al océano Atlántico. El patrón del barco de recreo narraba los orígenes del pueblo a partir del Gran terremoto de Lisboa (1785) de magnitud entre 8,7 y 9 en la escala de magnitud de momento, las faenas de la pesca, retenía la marcha en el puerto de pescadores y dejó que la música del higueretero Manuel Carrasco se deslizara sobre el agua tras bordear los ámbitos de Isla Canela y Punta del Moral. Algunas muchachas tarareaban suavemente “Ayer noche”, casi en un susurro nostálgico por su tierra, como si la canción perteneciera también al mar.

Yo, sin embargo, pensaba en Debussy y, sobre todo, en La Mer (1905): en aquella música que no parecía describir el océano, sino respirar con él. Los acordes cambiantes evocaban el movimiento incesante del agua; las escalas se abrían y se cerraban como pequeñas ondas; y la luz del cielo, al quebrarse sobre la superficie, parecía convertirse en capas de colores sonoros.

A lo lejos, las barcas del puerto deportivo se mecían lentamente, siguiendo una melodía clara y ondulante, como si el propio mar las llevara al compás de una música que nadie podía escuchar del todo.

Así culminaba mi reencuentro anual con la antigua Real Isla de la Higuerita, cuya denominación de Isla Cristina quedó establecida en 1834 como gesto de homenaje y gratitud hacia la reina María Cristina, según quedó historiado por el sacerdote José Miravent y Soler

En ese retorno, la memoria histórica y la emoción se entrelazaban como dos corrientes que confluían: una, verificable e historiada; la otra, íntima y persistente, devolviendo a aquella isla plana su anchura de tiempo después del terremoto, su identidad marinera en la ría Carreras y la resonancia del maremoto de su pasado.

ANEXO

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