CU de la US
Luis Miguel Villar Angulo

Ayamonte, entre el río y la luz atlántica

Evocaciones ayamontinas

Cruzar el río Guadiana en barco, desde Ayamonte hasta Vila Real de Santo António, era una de las excursiones más agradables de la frontera hispano-portuguesa. El embarque se realizaba en el Ferry Ayamonte – Vila Real de Santo António Transporte Fluvial del Guadiana, situado en el muelle fluvial de Ayamonte.

El trayecto duraba apenas entre diez y quince minutos, pero bastaba para regalarnos magníficas vistas del Guadiana y de ambas orillas. Al llegar a Vila Real de Santo António, paseábamos por la elegante Plaza Marqués de Pombal, recorríamos sus calles comerciales en busca de toallas, sábanas o colchas, y no faltaban tampoco el vino de Oporto, el añejo tawny, el fortificado Madeira o aquel vino vintage de larga memoria. Nos deteníamos a saborear los bolinhos de amor, los pasteles de nata y las tortas de almendra y miel en alguna cafetería, y después caminábamos junto al puerto deportivo. Era uno de los recuerdos más antiguos que conservaba de la ciudad.

Sumido en otro tipo de recuerdos ayamontinos, recordaba las excursiones nocturnas que rompían la serena monotonía de las noches de La Antilla. Cuando el calor iba cediendo y la playa quedaba sumida en la penumbra, partíamos hacia Ayamonte con una ilusión callada, como quien presentía que le aguardaba algo valioso. No era un trayecto largo (22 km), pero bastaba para salir del sosiego repetido del veraneo y entrar en otro tiempo más hondo, donde la música parecía encajar de forma natural entre las piedras antiguas y el aire templado del estío.

Recuerdo el coche avanzando despacio por la carretera (N-431), con las ventanillas abiertas y ese olor mezclado de sal y tierra caliente que el verano dejaba en los bordes del camino. A veces apenas hablábamos. Cada uno iba recogido en sus pensamientos, como si el viaje mismo exigiera una cierta forma de silencio. Al fondo, Ayamonte aparecía con sus luces suaves, sin estridencias, como una promesa cumplida sin alardes.

En el Patio de la Jabonería, antiguo palacio del s. XVI, los conciertos y recitales que organizaba Florencio Aguilera en el patio de su estudio nos recibían bajo un cielo limpio y sereno. Las notas ascendían despacio, como si buscaran las estrellas, mientras el silencio del público las sostenía con respeto. Había algo casi doméstico en aquella belleza, algo cercano que no imponía distancia, sino que invitaba a quedarse.

En otras ocasiones, el camino de vuelta se alargaba un poco más. Cruzábamos la frontera con Portugal sin darle mayor importancia, como quien pasara de una calle a otra de un mismo pueblo. El Puente Internacional del Guadiana, atirantado e inaugurado en 1991, de 666 m de longitud, había facilitado aquella comunicación, y el tránsito se hacía más fluido, casi natural, como si el río Guadiana hubiera dejado de ser una separación para convertirse en un simple acompañante del viaje.

Nos deteníamos entonces en el Parador Nacional, con vistas al Guadiana y Portugal, cuando regresábamos de alguna comida en el restaurante portugués O Infante en Castro Marín donde no faltaba la consabida zapateira y la cataplana de mariscos, platos que siempre llegaban a la mesa con la misma familiaridad de lo repetido. 

El Parador ocupaba, desde 1964, la cumbre del cerro donde durante siglos se había levantado el castillo de Ayamonte. Resultaba difícil contemplar aquel edificio sin pensar en la fortaleza desaparecida. El viento que ascendía desde el Guadiana parecía rozar todavía las almenas que ya no existían. El terremoto de Lisboa, en aquella mañana trágica de 1755, había quebrado sus muros y abierto el comienzo de un largo abandono. Después vinieron los años, siempre pacientes, deshaciendo piedra a piedra lo que la historia había levantado. Allí donde antes resonaban los pasos de los soldados y las voces de los centinelas, se extendía ahora un silencio distinto, apenas interrumpido por la luz que llegaba del río y por el lento discurrir de las aguas hacia el Atlántico.

No eran frecuentes mis visitas a Isla Canela, uno de los barrios de Ayamonte que se adentra en una península ceñida por la desembocadura del Guadiana. Solo había estado allí un par de veces: una, de paseo; otra, para contemplar la pesca de robalos, doradas, corvinetas, sargos y lisas. En su extremo más oriental, la ría o estero de Isla Cristina, célebre por su ambiente marinero y por el renombre de su lonja, venía a cerrar la península con su presencia líquida y luminosa.

El paisaje de marismas, arenales y dunas me resultaba, en el fondo, demasiado parecido al que contemplaba a diario en La Antilla, y por eso no lograba impresionarme en exceso. Otra cuestión era la arquitectura y las comodidades de las urbanizaciones y hoteles de la costa, desplegados a lo largo de cinco kilómetros y medio. También llamaban mi atención los 231 amarres de la Marina de Isla Canela, que ofrecían un contraste evidente con la barriada de Canela. Y, como en otros puntos del litoral, sabía que allí se alzaba una torre vigía circular, semejante a la Torre del Catalán de La Antilla.

Lejos quedaban ya aquellas reminiscencias de la juventud

Dejé el coche en un lugar donde, quizá con razón, pudiera ser sancionado. A veces la prisa o el deseo de llegar pesaban más que la prudencia. Crucé calles tranquilas y me dirigí a la Plaza de la Laguna. El Ayuntamiento de estilo barroco y regionalista neobarroco con pilastras y un frontón con reloj, ocupaba un palacio del s. XVIIII (casa Marchena). Frente a él, los bancos de cerámica ocupaban los rincones de sombra, propicios al descanso y a la conversación.

Me detuve ante uno de ellos. En el azulejo brillaba la reproducción de una pintura de Sorolla: Ayamonte. la pesca del atún (1919). El original, recordé, se encontraba en la Hispanic Society de Nueva York. La cerámica conservaba el fulgor del pintor valenciano, esa claridad que funde agua y cielo en la pesca del atún en una misma transparencia. Ante aquel banco se comprendía que el arte también podía arraigar en una plaza y formar, con naturalidad, parte de la memoria de un pueblo.

Ayuntamiento, azulejo sobre pintura de Sorolla y Puente internacional

La patrona de la ciudad, bajo la quietud solemne de su templo

Llegaba a la Parroquia de Nuestra Señora de las Angustias (BIC, 2008) hasta la misma escalinata que precedía la entrada principal del templo con categoría de monumento, alzado desde el s. XVI, en la calle Angustias. Varias personas sentadas ocupaban los veladores, como si la vida cotidiana se inclinara allí, sin estridencia, ante la gravedad apacible del lugar. El barrio de La Ribera conservaba todavía el antiguo pulso de Ayamonte: ese latido sereno que nacía del río y se perdía, lentamente, en dirección al océano.

La fábrica del templo carecía de todo afán de pompa. La fachada, encalada; las pilastras, de un ocre discreto. Era una portada sobria, de inspiración mudéjar, que nunca pretendió deslumbrar, sino acoger. El interior se articulaba en tres naves, siendo la central más ancha, y al exterior se elevaba una torre de tres cuerpos rematada por un pináculo. La piedra parecía haber absorbido, en el primero de aquellos cuerpos, el color mismo de la luz atlántica; y el silencio de las capillas, modelado por el vaivén de las mareas.

Al franquear el umbral, la claridad se hacía más tenue, y solo resaltaba la imagen de la Virgen con Cristo en brazos, en su camarín, que se repetía en la vidriera del óculo abierto a los pies de la fachada. Todo convidaba al recogimiento de los pocos transeúntes que se aventuraban por las capillas laterales. Allí aguardaba, desde siglos atrás, la Virgen de las Angustias, protectora de los marineros ayamontinos y patrona de la ciudad desde 1756. Cuántas miradas habrían buscado amparo en su rostro antes de partir hacia la mar; cuántas plegarias, apenas murmuradas, habrían quedado suspendidas bajo el artesonado mudéjar de la capilla mayor, mientras el Guadiana continuaba su curso indiferente hacia el Atlántico.

Pasaban las generaciones; el río perseveraba en su viaje lento; cambiaban las embarcaciones de pesca y de recreo, y mudaban también los hombres. La parroquia, no obstante, permanecía, con sus accesos escalonados y en rampa. Era una de esas presencias discretas que sostenían, sin alarde, el alma de un pueblo. Y entonces comprendía que Ayamonte no se explicaba solo por sus calles quebradas o por sus puertos, sino también por estos lugares sagrados donde el tiempo parecía haber renunciado a la prisa y donde la memoria de cuatro de las diez cofradías de la Semana Santa —La Mulita, Pasión o Excombatientes, Santo Entierro y Resurrección— encontraba siempre su refugio.

Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias

El templo consagrado a Nuestra Señora de la Merced

En apenas un par de sorbos de agua, había alcanzado aquel edificio sacro de la calle Jovellanos, cuyas puertas, en ese instante, permanecían cerradas al visitante. Fue allí, en uno de los talleres infantiles promovidos por el Ayuntamiento y dispuesto en un ala lateral de aquel patio cuadrangular y columnado, donde tuve el primer encuentro con Mar Orza, nombre tras el que, más tarde, habría de descubrir a María del Mar Orta Mateo, según figuraba en la Guía cofrade de Ayamonte, 2026.

Con exquisita generosidad, se prestó a abrirme las puertas del Templo de la Merced (BIC, 212) y a guiarme por la imaginería que albergaba, así como por el museo del Lunes de la Semana Santa ayamontina. María del Mar hablaba con desbordante elocuencia de la Semana Santa de Ayamonte, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, y de su hermandad; y yo la escuchaba con la atención reverente que suscitaba siempre quien hablaba desde la entraña misma de una devoción vivida largamente.

En su voz cobraban relieve la antigüedad de las primeras hermandades, nacidas en el s. XVI; la singular personalidad de las nueve cofradías que realizaban estación de penitencia; la insólita particularidad de los dos Santos Entierros, única en España; el marco de las callejuelas de la Villa y la Ribera, donde la Semana Santa adquiría perfiles de emoción antigua; o la Madrugá de Padre Jesús Nazareno, vivida con especial hondura. A ello se unía la fuerza del movimiento asociativo de las hermandades, el latido de las bandas de música y el coste que su presencia entrañaba para las corporaciones; así como la estirpe de imagineros — Antonio León Ortega, Castillo Lastrucci, Dubé de Luque o Planes Peñalver — que dieron a la imaginería religiosa de Ayamonte una fisonomía prestigiosa y perdurable.

Poco a poco, María del Mar fue desgranando ante mí la historia de cada una de las imágenes. Me habló del Cristo de la Buena Muerte, de cuya adscripción a la escuela de Juan Martínez Montañés no existía documentación que lo avalase; de la Virgen del Rosario, obra de Antonio León Ortega, que en aquel momento se hallaba en proceso de restauración y por ello mostraba en su altar una fotografía en lugar de la imagen original; y del altar de la Virgen de la Merced, cuya composición dejaba entrever, en algunas de sus figuras de indianos situadas en la base, la impronta de una inconfundible influencia del barroco portugués.

Luego me contaba que la imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo, obra de Antonio León Ortega en 1973, iba acompañada musicalmente por la Agrupación Musical Cristo de la Buena Muerte de Ayamonte. Decía también que los nazarenos, revestidos con túnica negra de botonadura y guantes blancos, ceñida con esparto, y con antifaz blanco rematado por el escudo bordado en el frontal, escoltaban la imagen procesional, reforzando así la hondura de la tradición cofrade del municipio.

Su emoción creció de tono cuando me mostró el manto de la Reina del Lunes Santo ayamontino, pieza de honda significación devocional, ante la cual su voz parecía adquirir un temblor nuevo, más íntimo y encendido.

Se trataba de un manto realizado por el taller de bordado de Arte Sacro Alcántara, en Torre del Campo (Jaén), donde se combinaban con primor el bordado en oro y las sedas, junto a una serie de pinturas, todo ello rematado en su contorno por una malla marinera de la que nacían, como súplicas hechas hilo, diversas letanías elevadas a la Santísima Virgen.

Para mostrarme las imágenes del Lunes Santo, no dudó en aconsejarme que me adentrara en los vídeos de YouTube dedicados a aquella jornada, donde —según me dijo— habría de encontrar una visión más completa del cortejo, la nobleza de sus enseres y la emoción contenida que, año tras año, volvía a convocar a la ciudad en torno a una de sus manifestaciones más hondas de fe y devoción.

Nuestra Señora de la Merced

Capilla de San Antonio

De entre los seis Bienes de Interés Cultural religiosos de Ayamonte, me encaminé a continuación hacia el tercero de aquella mañana: la Capilla de San Antonio (BIC, 2007). Se hallaba cercana a la iglesia de la Merced. Bastaron dos calles más, ascendiendo por la tranquila pendiente de la calle Felipe Hidalgo, silenciosa y apenas transitada, para después torcer hacia la derecha a otra cuesta peatonal: la calle San Antonio.

El templo se anunciaba tras una verja de hierro, sobre cuyo frontón se leía el nombre de la capilla. Más allá del compás, el portón de madera, enmarcado por dos pilastras pintadas de añil, permanecía cerrado aquella mañana. La silueta de la espadaña, coronada por su campana, no me permitía adivinar el artesonado del interior, donde el mudéjar y el barroco habían dejado su impronta bajo la mano de un gremio de amadores y marineros.

Me adentré después en las instalaciones y tuve ocasión de conversar con una mujer —Carolina, quizá— encargada del cuidado y orden de los espacios exteriores de las dependencias educativas anexas al templo. Con acento portugués, fue desgranándome diversos aspectos religiosos de las pinturas alusivas a San Antonio de Padua, de las vigas y la techumbre de madera, así como de un Cristo que completaba la intimidad devocional del conjunto.

Había leído, además, que aquel Cristo —también conocido como Cristo de las Aguas— se atribuía a Juan Bautista Vázquez el Viejo, figura destacada de la escuela sevillana del s. XVI. Constituía, sin duda, uno de los más valiosos testimonios de la escultura renacentista conservados en Ayamonte. No procesionaba, sin embargo, debido al delicado estado de conservación de la madera, cuya fragilidad aconsejaba preservarlo de cualquier traslado.

calle Felipe Hidalgo. Capilla de San Antonio

Centro Cultural Casa Grande

Al descender por la cuesta de San Antonio, desembocaba uno en la Plaza Virgen del Rosario, presidida por una columna cilíndrica de piedra rematada, en su cúspide, por una cruz cristiana. En el fuste se desplegaban, grabadas, escenas y figuras propias de la Semana Santa ayamontina, obra del escultor Alberto Germán Franco en 2007.

La fachada de piedra de la casa señorial, erigida en 1745 por Manuel Rivero González, lucía suspendidos de la cerrajería de los balcones varios carteles alusivos a la 37ª edición del Festival Internacional de Música Ciudad de Ayamonte y a la exposición D’Esury: La Conquista del Color, fallecido en 2022. Restaurada y reinaugurada como Casa de Cultura del Ayuntamiento en 1999, albergaba en sus distintas plantas desiguales espacios dedicados a la actividad cultural.

Recorrí su patio central, porticado por columnas, y me detuve en la Sala de las tinajas, usada en el s. XVIII para la conservación del trigo y otras provisiones, y que ahora acogía grabados y dibujos de D’Esury. Luego vi la exposición permanente de tablas flamencas de Jan Sanders van Hemessen, del s. XVI. En otra sala se compendiaba la producción artística de la escuela ayamontina de arte, con obras, entre otros, de Florencio Aguilera, D’Exury y Borrego. La escuela ayamontina de arte era, más que una etiqueta académica, una forma de nombrar una mirada compartida sobre Ayamonte y su mundo. Bajo ese nombre se agrupaba a un conjunto de artistas que supieron convertir en pintura la luz cambiante del río, la serenidad de los patios, el pulso de las calles y la intimidad de unas costumbres profundamente enraizadas en la vida local.

La siguiente cita destacada era la XIII edición del Paseo por el Arte de Ayamonte, la gran exposición efímera que me había anunciado María del Mar: una iniciativa en la que numerosos artistas exponían sus obras en la calle, convirtiendo el entorno en un museo al aire libre.

Centro Cultural Casa Grande

 Casino de Ayamonte, terraza al mar

Me acerqué a este edificio y, por sus ventanas abiertas, se coló una escena detenida en el tiempo: cuatro hombres jugaban a las cartas alrededor de una mesa, mientras, un poco más allá, otro se inclinaba sobre el periódico con la calma de quien deja pasar la tarde. En el interior, la azulejería hablaba todavía del gusto de finales del s. XIX o de los primeros años del XX, cuando estos lugares eran refugio y punto de encuentro de la burguesía local. Integrado en el casco histórico de Ayamonte, entre calles antiguas y pasos tranquilos, el edificio parecía guardar la memoria de otra época.

Desde la Plaza de la Coronación y frente al puerto deportivo, se alzaba el Monumento a la música: homenaje al pasodoble de Ayamonte y sus bandas , obra de Alberto Germán Franco en 2006. Y en las callejuelas comerciales persistía aún, como una huella discreta, el valor de aquella burguesía de antaño.

Monumento a la música

El reencuentro con el Parador

Caminaba despacio por las calles, entre personas que se detenían ante los escaparates y otras sentadas en el suelo, pidiendo limosna.

Había dejado el coche detrás de la oficina de Hacienda, en una franja reservada a carga y descarga. Al recoger la notificación de la multa, me invadió una tristeza resignada; aun así, y quizá llevado por una leve superstición, compré un décimo de la Lotería de Navidad, atraído por la vieja fama del pueblo, que se preciaba de haber visto caer en sus manos el Gordo en más de una ocasión.

Después me quedé mirando los barcos atracados junto al edificio de la Lonja Internacional, y me asaltó el recuerdo de las subastas de pescado en la lonja de Isla Cristina, a las que había asistido años atrás. Pensé también en Punta del Moral, en cómo desde el año 2000 los armadores habían renovado su flota, sustituyendo los viejos barcos de madera por embarcaciones de fibra de poliéster, más modernas y eficaces, capaces de sostener una de las capturas más abundantes de gamba blanca en España.

Al fondo, el castillo portugués de Castro Marim, del s. XIII, levantaba su silueta sobre el verde áspero de los esteros y las salinas de la marisma; más allá, el Puente Internacional se dibujaba en la distancia como una línea que unía dos orillas y dos países. Desde el Parador, fotografié la torre de la iglesia de Nuestro Señor y Salvador, del s. XV, barroca, de tres cuerpos, declarada BIC en 2011, la más antigua de la localidad y quizá la más reconocible de las siluetas de Ayamonte cuando se contemplaba desde el barrio alto. 

Puerto, castillo de Castro Marín, puente internacional, Vila Real de Santo Antonio, iglesia de Nuestro Señor y Salvador

Aquel breve refrigerio sentado en el Parador me hizo pensar en los lugares civiles de interés que todavía no había visitado. Me prometí regresar para recorrerlos con calma y detenerme también ante la exposición pictórica callejera, con la esperanza de descubrir la obra de algún artista que retratase Ayamonte entre el río y la luz atlántica.

«Ayamonte al atardecer», por Florencia Aguilera

ANEXO

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Luis Miguel Villar Angulo
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