San Felices de los Gallegos
Hicimos la parada en la Plaza de España, como quien se detiene al borde de otro tiempo. Allí, en el corazón de San Felices de los Gallegos, todo parecía hablar en voz baja: las piedras, las fachadas, el aire mismo, como si el pueblo entero guardara memoria de siglos antiguos. Con apenas 355 habitantes según el INE de 2025, la villa conservaba, sin embargo, la nobleza callada de los lugares que habían sabido resistir al olvido. Su casco histórico, declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1965 y Bien de Interés Cultural, no se contemplaba: se escuchaba.
Primero fueron los vetones quienes habitaron estas tierras. Después llegaron los romanos, tras la derrota de Viriato, y las incorporaron a la provincia de Lusitania. Más tarde, la tradición atribuyó la fundación del lugar al obispo Félix, hacia los años 688 o 690, y su repoblación a gentes gallegas, de donde habría nacido su nombre. Ya en la Edad Moderna, los Reyes Católicos entregaron la villa a García Álvarez de Toledo, primer duque de Alba, en 1476. Y así, como tantas villas fronterizas, San Felices fue pasando de mano en mano de la historia, sin dejar nunca de pertenecer del todo a la piedra ni al viento.
Iglesia de Nuestra Señora entre Dos Álamos
A un lado de la plaza se alzaba la Iglesia de Nuestra Señora entre Dos Álamos, con la gravedad serena de los templos nacidos en tierras antiguas. Su arquitectura, sobria y recogida, no buscaba deslumbrar, sino permanecer. De origen principalmente del siglo XVI, conservaba aún ecos de épocas anteriores y posteriores: capiteles románicos en la portada occidental, elementos góticos y renacentistas en el interior, y esa mezcla de tiempos que tan a menudo habita en las iglesias castellanas.
En la capilla mayor y en la torre de la cabecera poligonal se advertía esa continuidad de la historia: reloj en el primer cuerpo, balaustrada en el segundo, pináculos en las esquinas y un cupulín final según la traza del arquitecto mirobrigense Manuel Moíños.
Pero el incendio de 1887 quebró muchas cosas: ardieron pinturas, retablos y esculturas, como si el templo hubiera conocido de pronto la fragilidad de lo humano. Luego llegaron las reformas. Y aun así, la iglesia siguió en pie con su silueta maciza, de líneas firmes y limpias, integrada en el paisaje monumental de la villa como si siempre hubiera estado allí.
Tres naves, siendo la central más ancha; el coro a los pies, sostenido por un arco carpanel; el pasillo central adornado con flores de sal, tan vivas y tan efímeras como las del Corpus Christi; los muros de granito; la portada occidental con su arco de medio punto, sus arquivoltas y su alfiz; la ventana abierta a la plaza… todo en ella parecía hablar de permanencia y de recogimiento.
Uno de sus rasgos más singulares era la Torre de las Campanas, separada del cuerpo principal del templo. Esa distancia le otorgaba una belleza extraña, casi misteriosa. La torre no sólo llamaba a misa: parecía guardar el tiempo, vigilarlo, como un centinela antiguo que no se cansara nunca de esperar.
Antes de cruzar el recinto amurallado de la Cerca Vieja, por la antigua puerta-torre, nos salió al paso un cañón apostado en silencio. Allí estaba, solo y severo, como si aún aguardara una guerra que nunca volvió a llamarlo. Su hierro oscuro, inmóvil bajo el sol, tenía la paciencia triste de los objetos que habían sobrevivido demasiado. Era un testigo mudo de los días en que la villa fue frontera, y cada muro importaba; un recuerdo de la Guerra de la Independencia y de la liberación de las tropas francesas en 1812.
Torre del Homenaje
Después cruzamos la Plaza del Castillo, y en la Torre del Homenaje me detuve con calma, leyendo la placa que recordaba la donación del castillo al pueblo por Don Francisco de Dios Manchado en 2013. Subí despacio por sus plantas, ahora convertidas en Centro de Interpretación, y cada piso fue abriéndome una nueva capa del pasado.
Había mapas, restos, explicaciones, ecos… ordenados en paneles que hablaban de los orígenes del lugar: ¿Un castillo sobre un castro?, Las primeras fortificaciones, La Cerca Vieja de San Felices, Guerra civil y presión almorávide y almohade, Margarita de Narbona y Martín Pérez de Portocarrero, Dionisio I de Portugal y García Álvarez de Toledo y Carrillo de Toledo, I Duque de Alba, Frontera con Portugal, San Felices, la muralla y el Castillo, El Ejército medieval… y muchos más, incluido uno dedicado a los Cortejadores. Todo un libro de piedra, abierto para escolares, viajeros y curiosos.
Las plantas se ascendían por escalones de piedra, ayudados por pasamanos de soga, y esa subida parecía obedecer a la lógica misma de la Edad Media: abajo, la solidez de los aljibes, las celdas y los polvorines; arriba, la vigilancia; en lo alto, el dominio de la mirada sobre el paisaje. Había algo profundamente humano y militar en esa arquitectura: el deseo de protegerse y, al mismo tiempo, de ver más lejos.
La planta baja era robusta, casi austera; en el subterráneo, un camarote reservado a los presos recibía una luz mínima, sin ventilación exterior, como si incluso la claridad hubiera sido allí un bien escaso. La planta intermedia abría un respiro: más habitable, aunque todavía fiel a su rigor, era el espacio de transición entre la tierra y la altura, entre la defensa y el refugio. La planta superior pertenecía ya a la vigilancia, a la mirada extendida sobre el caserío, las murallas y el horizonte fronterizo. Desde allí, la torre parecía pensar el mundo.
Después me aparté un momento para entrar en la iglesia de Nuestra Señora entre dos Álamos por la puerta occidental donde una mujer daba explicaciones sucintas sobre el templo y la celebración del Corpus Christi. Su interior, todavía más silencioso que la plaza, guardaba esa gravedad luminosa que tienen algunos templos antiguos: no impresionan por el esplendor, sino por la paz que dejan caer sobre quien entra.
Terminada la visita, seguimos por la Calle del Noveno. Su nombre arrastraba una herida antigua. El noveno fue uno de los tributos impuestos por el I Duque de Alba en 1476 y que perduró hasta el s. XIX. Su sentido era tan sencillo como duro: separar una novena parte de ciertos bienes o rendimientos. De cada cosecha, de cada fruto del trabajo campesino, una porción debía entregarse. Así, en aquella villa fronteriza, nada pertenecía del todo a quien lo sembraba; la historia, una vez más, dejaba su marca sobre la vida humilde.
Ermita del Rosario
Llegamos después a la Ermita del Rosario, humilde y serena, como tantas ermitas nacidas para acompañar la vida discreta de los pueblos. De líneas sencillas y aire recogido, guardaba esa belleza callada de los templos rurales, donde la piedra, la cal y el silencio parecen fundirse en un mismo idioma.
Una señora custodiaba el templo. Personas así, alma caritativa y generosa, se entregan al noble empeño de mantener abiertas las iglesias, venciendo con su cuidado la costumbre del abandono. No eran guías de arte, es cierto, pero gracias a ellas el visitante podía aún encontrarse con retablos flanqueados por columnas, con imágenes sueltas, con altares y con un púlpito labrado en piedra, todo ello colmado por la devoción popular y por esa emoción humilde que sólo conservan los lugares vivos.
Más tarde nos sentamos un rato en la terraza del Bar Tabárez, en la calle de la Ermita Nueva, muy concurrida. Allí el domingo respiraba despacio entre conversaciones, tazas, vasos y el ir y venir tranquilo de la gente. Fue un descanso sencillo, pero de esos que se quedan grabados porque fijan el tono de un lugar, su pulso íntimo.
Convento de la Pasión
Luego acudimos a la misa dominical en el Convento de la Pasión, convento de clausura de las RR. MM. Agustinas. Fue fundado a comienzos del s. XVI por Doña Petronila Cuadrado, natural de Ciudad Rodrigo. La fundación fue posible gracias a las limosnas de los Reyes Católicos y al breve pontificio concedido por el papa Julio II. En 1508, el convento ya albergaba una comunidad de canónigas regulares de San Agustín. El templo primitivo, pequeño y deteriorado, fue sustituido por la iglesia actual, terminada en 1768, en pleno siglo XVIII.
Todo él estaba hecho de granito, como si la austeridad hubiera sido su destino desde el principio. La fachada, de elegante sencillez, daba paso a una nave única dividida en tres tramos, con bóvedas de crucería y bóveda esquifada en la cabecera. Al fondo se alzaban el coro alto y el bajo. La portada, con arco carpanel, frontón curvo partido y escudo fundacional, resumía en piedra la modestia y la dignidad de la casa.
Dentro reinaba un recogimiento hondo, propio de un convento de clausura con hermanas de distintos orígenes. El pavimento de grandes losas de granito, el retablo mayor barroco y el sepulcro de la fundadora, Doña Petronila Cuadrado, enterrada allí desde 1530, daban al lugar una emoción quieta, casi íntima. Hoy el convento seguía habitado por una comunidad de monjas agustinas contemplativas, que mantenían la clausura y elaboraban dulces tradicionales con la paciencia de quien rezara también con las manos.
La misa cantada fue entrañable y devota, llena de esa emoción limpia que sólo nace cuando los oficios se celebran con verdad. Una hermana tocaba el órgano desde el interior del coro bajo. A la salida hablamos un momento con el sacerdote, que andaba con otros compromisos familiares y eclesiásticos, pero aun así nos atendió con cordialidad.
La iglesia y el convento constituían, junto con el castillo, la iglesia parroquial y las murallas medievales, uno de los grandes tesoros de la localidad, declarada Conjunto Histórico-Artístico.
Sabíamos que aún quedaban visitas pendientes —el Lagar del Mudo, hoy Museo del Aceite, o las excursiones hacia las Arribes, donde el Duero se abría en garganta y la tierra parecía ensancharse hasta el vértigo—, pero las dejamos para otra ocasión. Viajar también consistía a veces en eso: en guardar lugares para el regreso.
Y así quedó San Felices de los Gallegos en nuestra memoria: como una villa pequeña y grave, hecha de piedra, de historia y de silencio, pero también de campanas, de misa cantada, de terrazas llenas y de pasos tranquilos. Un lugar donde el pasado no pesaba: acompañaba.
Por todo ello, San Felices de los Gallegos fue declarado Pueblo más bello de Castilla y León 2020, en la categoría de municipios de menos de 1.000 habitantes.
ANEXO
Pulse cada una de las siguientes frases hiperenlazadas generadas por NotebookLM para escuchar y leer información adicional sobre San Felices de los Gallegos:
- Guía de Estudio Integral: Gestión Pública, Desarrollo Económico y Patrimonio en Castilla y León
- Audio (16 min.): Ciberseguridad frente a tejas del siglo catorce
- Audio (8,44 min.): San Felices: Historia Viva
- Presentación (18 diapositivas): San Felices Heritage Blueprint
- ·Infografía: San Felices de los Gallegos
- Test de elección múltiple (10 ítems): Castilla Cuestionario
- Banco de preguntas (50 cuestiones): Castilla Tarjetas








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