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Luis Miguel Villar Angulo

Ledesma, Bletisa romana

Ledesma, Bletisa romana

Escudo de Ledesma

Introducción

Desconocía entonces que mis primeros días me habían conducido a vivir en Ledesma. En julio, me desplazaba desde Baños de Ledesma hasta la villa por la carretera SA-300, entre dehesas de encinas de troncos corpulentos y bellotas apenas insinuadas. Los 8,8 km transcurrían casi sin tráfico, en una quietud de campo abierta y luminosa. Íbamos en busca del mercadillo de los jueves y a dar un paseo por las calles.

Había leído algunas fuentes para informarme sobre la historia y la cultura de Ledesma. Como suele ocurrir con la información fragmentaria, la memoria iba acumulando retazos históricos y pequeñas píldoras culturales que se me quedaban grabadas una y otra vez. Sabía que el asentamiento urbano se alzaba sobre una roca granítica, a 780 metros de altitud; que el río Tormes atravesaba una falla, como antes había sucedido en la villa de Juzbado; que las esculturas de verracos se remontaban al s. VII a. C., en tiempos de los vettones; que los romanos conocieron el asentamiento con el nombre de Bletisa; que Fernando II de Castilla otorgó el Fuero a la villa como señorío real fronterizo; y que los palacios de sillería que podían observarse por el pueblo correspondían al s. XV.

La visita estival se veía dificultada por las altas temperaturas. Tras divisar fragmentos de la muralla almenada del s. XIII, de tres km de perímetro, reconocía la villa al cruzar el Puente Nuevo, una de las principales vías de acceso a la ciudad. A la izquierda del cauce del río Tormes, se alzaba otro puente de base románica, aunque reconstruido en dos épocas posteriores, que en tiempos del entonces Conde de Ledesma se utilizaba para el cobro del peaje —como si fuera la actual Comisión de los Mercados y la Competencia—. Más arriba, a tres km en coche, quedaba otro puente de trazado romano por el que transitaba el ganado de la Mesta en sus desplazamientos trashumantes hacia Zamora.

Hacia el sur de Intramuros, el Castillo de Ledesma, de los ss. XII al XIV, aguardaba la restauración de su cubierta, de sus muros de sillería y la eliminación de las patologías derivadas de la humedad. Aquel día, el Centro de Interpretación de la iglesia de San Miguel iniciaba su cierre vacacional. Me había dirigido entonces hacia la Plaza Mayor, donde se alzaba la iglesia de Santa María la Mayor.

Subía por la cuesta de San Juan, junto al enclave defensivo, y al contemplar una de las torres semicirculares de la muralla, apoyada sobre una roca granítica, me vino a la memoria lo que me habían contado sobre las aguas geotermales que brotaban a la superficie a 46,4° C, con un caudal de 5 l/s, bajas en salinidad, elevadas en flúor y con una mineralización sulfurado-sódica y bicarbonatada. Algunos lectores podrían pensar que las aguas que abastecían el balneario correspondían al río Tormes, pero no era así: no había conexión hidráulica entre ambas corrientes de agua. Es más, la alquimia subterránea se había producido con aguas infiltradas desde Ciudad Rodrigo, a 91 km de distancia del balneario.

Recinto intramuros

 

Iglesia de Santa María. Casa de San Nicolás. Ayuntamiento. Casa de Manuel García Godínez de Paz. Puentes. Iglesia de San Miguel (Centro de Interpretación Bletisa).

Atravesaba la plaza del maestro Víctor Salinas, homenajeado por la villa y desconocido para los visitantes, hasta adentrarme en el recinto amurallado, y comenzaba a ver las calles adoquinadas, los edificios de una altura alineados y algunas casas nobiliarias rotuladas que daban testimonio de la nobleza, como la Casa de Manuel García Godínez de Paz, regidor de la villa en el s. XVIII y uno de los propietarios de las aceñas harineras que proveían de pan a los vecinos.

Un escudo heráldico, enmarcado en sillería de piedra y borroso en los trazos de sus cuarteles, evocaba abolengo y distinción. Sobre el tejado se adivinaba la torre de la catedral, como una aguja de piedra velando el reposo de la villa.

En esa encrucijada de callejuelas, la Casa de San Nicolás albergó en el s. XVIII a miembros del presbítero Joseph Manueto y, en la actualidad, a los López Chaves. Sus materiales hablaban con voz de señorío: muros robustos de granito bien escuadrado en la planta baja y en el entrepaño de las ventanas; y, coronándolo todo, una policromía solemne, con las alturas teñidas en el rojo almagre que contrasta con la desnudez de la piedra.

En los extremos superiores, los escudos nobiliarios tallados en roca proclamaban linaje y estatus. Los balcones en voladizo de la planta alta, junto a la ventana inferior ceñida por una reja de hierro forjado, componían la estampa propia de la arquitectura palaciega salmantina. Y un farol clásico de forja, prendido al muro entre ambos balcones, derramaba su luz sobre la fachada y la boca de la calle, como si guardara en silencio la memoria de la casa.

Poco a poco me acercaba a la Plaza Mayor, mientras las calles empedradas, ceñidas al desnivel, se deshacían cuesta abajo desde el cerro granítico como hiladas de memoria. No me extrañaba, entonces, que la villa hubiera sido declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1975 y, más tarde, Bien de Interés Cultural bajo el nombre de «Villa de Ledesma» en 2023. Tampoco sorprendía que, desde 2018, integrara la Asociación de los Pueblos más Bonitos de España: bastaba mirarla para entender su belleza intramuros.

El corazón de la villa latía en torno a la Plaza Mayor, la Iglesia de Santa María la Mayor, el Ayuntamiento, y el Palacio de los Beltráns, como si estos tres edificios fueran los hilos de una antigua tela de piedra. En una de las esquinas de la plaza, de trazado irregular y memoria viva, unos soportales, sostenidos por fustes y capiteles de roca, alzaban balcones de viviendas de dos plantas y ofrecían sombra y amparo frente a los rigores del tiempo.

Aquella escena me traía a la memoria otras calles castellanas, donde los paseantes se cobijaban bajo aceras soportaladas, como en Ampudia, Toro o Carrión de los Condes: lugares donde la piedra no solo sostenía, sino que abrazaba, resguardaba y acompañaba el paso de los días.

Al alzar la vista hacia la torre de la Iglesia de Santa María, advertí que en su cuerpo inferior descansaba la fábrica más antigua, como si la piedra, abierta a la calle por una bóveda de cañón apuntado, custodiara en silencio la primera memoria del templo. El siguiente cuerpo se adornaba con una balaustrada renacentista, mientras que la espadaña, ya en un lenguaje más tardío, respondía al estilo barroco.

Entré después en la iglesia por la portada sur con decoración de bolas en las arquivoltas, flanqueadas por pilares rematados en pináculos. Allí aguardaba Celes, guardiana pequeña y firme, que por dos euros abría la inmensidad del templo al asombro y al gozo de quienes llegaban. Su labor, humilde y necesaria, era una llave contra el olvido: para que los monumentos no se apagasen ni se volvieran mausoleos cerrados, remotos e inaccesibles para los viajeros que buscaban entrar en su luz.

Recorrí su nave única, ancha y solemne, cubierta por bóvedas góticas tardías, donde los nervios de terceletes se entrecruzaban con elegancia, naciendo de unos discos redondos en el arranque de los muros lisos y convergiendo hacia la altura como plegarias de piedra.

Mas la verdadera novedad, la más alta nota de asombro, habitaba en la Capilla Mayor: una bóveda nervada sostenida sobre arcos, y una cabecera rematada por bóveda gallonada, iniciada en 1552 por Pedro de la Inestrosa, y de la que Juan Gil de Hontañón fue su autor más preclaro.

Allí la arquitectura parecía volverse música, y cada nervio, cada curva, cada sombra, era testimonio de un tiempo que quiso elevarse hacia lo eterno. Una paradoja: el órgano, con dos tubos rotos, permanecía mudo, suspendido en una espera de reparación, como un pájaro de madera y metal al que le hubieran robado el canto.

Capillas y sepulcros

Adosadas, como delicadas espinas de la memoria, se sucedían la Capilla de Juan de Herrera, del s. XVI, con sus nervios ojivos; la Capilla de Enrique de la Cueva, también del siglo XVI, ceñida por una bóveda de crucería; la Capilla de Don Gonzalo Rodríguez de Ledesma, del s. XV, resguardada igualmente bajo bóveda de crucería; y, por fin, la Sacristía, del s. XVI, recogiendo en silencio la huella de tantos siglos y devociones.

El estilo gótico hispano-flamenco, de los ss. XV y XVI, se adivinaba también a los pies de la tribuna, apoyada sobre un arco escarzano. Allí reposaban, en silenciosa espera, las composiciones de Semana Santa: Caída de Cristo, Cristo en la borriquita y Cristo orando ante un ángel, imágenes de dolor y de esperanza suspendidas en la penumbra, como si el tiempo hubiera detenido su paso para contemplarlas.

En el interior de la iglesia se conservaban sepulcros de especial interés histórico y artístico, vinculados a familias y linajes locales. Destacaban por su ubicación en capillas laterales o adosados a los muros, y por la sobriedad propia de la escultura funeraria tardomedieval y renacentista. El monumento funerario más importante era la estatua yacente del Infante Sancho, fechada entre los ss. XIII y XIV:  Aqui iace el cuerpo de serenissimo infante Don Sancho Señor que fue de sta villa de Ledesma y de otros muchos pueblos, hijo del infante Don Pedro y nieto del rei Don Alonso X el Sabio.

Atribuido a un discípulo de Juan Guas, destacaba por la calidad de su talla el sepulcro de Martín Díaz de Ledesma, que representaba al joven ledesmino vestido con sus armas atendido por un paje (1489). (Salvando la distancia, tenía un cierto eco del sepulcro del Doncel de Martín Vázquez de Arce (1486 y 1504) en la Catedral de Siguenza).

La capilla de Gonzalo Rodríguez, por su parte, albergaba sepulcros de bulto o de los pobres, testimonio de una memoria funeraria más humilde, pero igualmente ligada a la historia devocional del templo. 

Casas nobiliarias

En otro extremo de la plaza se alzaba el Ayuntamiento, cuyo patio, rodeado de columnas que sostenían una galería, era un claro ejemplo de casa castellana. Conservaba la sobriedad propia de las casas consistoriales de Castilla, desde las que se organizaban las celebraciones más importantes, como el Corpus Christi o el Mercado Templario. 

Muy cerca se alzaba el Palacio de Don Beltrán de la Cueva, también conocido como Casa de los Roderos, del s. XV, labrado en granito y ceñido aún por los escudos que proclamaban la gloria de la Casa de Alburquerque y del condado de Ledesma, donado por Enrique IV en 1462. Su sobria fachada de piedra, de herencia gótica, dejaba ya entrever el aliento del Renacimiento. Desde entonces, aquel linaje veló por estas tierras durante siglos. Y desde sus balcones, abiertos al rumor de la plaza, se contemplaban las procesiones solemnes y el júbilo de las fiestas del pueblo.

La Casa de Doña María Beltrán había sido habitada por el Procurador de la Comunidad de la Villa y Tierra de Ledesma, que se ocupaba de los poblados que extendían su dominio desde la villa, conforme esta fue creciendo mediante la repoblación.

El Palacio de los Rodríguez de Ledesma fue una de las construcciones nobles de la villa: un edificio de dos o tres plantas, de piedra, con escudo familiar y numerosas dependencias, que conservaba la memoria histórica de Ledesma. Su fachada era sobria, con portada de medio punto, reja cruzada y ornamento de escamas en la ventana. Rodríguez de Ledesma fue montero del rey y repostero de la reina.

Casa de Doña María Beltrán. Palacio de Don Beltrán de la Cueva. Ayuntamiento. Palacio de los Rodríguez de Ledesma

Abastecimiento y asistencia

Atravesando el célebre Arco de los Roderos, se llegaba a la restaurada fachada de la Alhóndiga, de 1580, destinada al abastecimiento de cereal y cuyos beneficios se dedicaban en parte a la asistencia de los más necesitados. Conservaba también escudos concejiles que representaban el puente sobre el Tormes y un animal heráldico, símbolo del municipio.

De otra parte, el escudo municipal tradicional representaba un puente de varios ojos y, sobre él, aparecía un caballero armado con una lanza. A ambos lados del caballero se alzaban dos torres, alusivas a las fortificaciones, y en algunas representaciones históricas también figuraban higueras como parte del paisaje.

Aquel día, el servicio de limpieza estaba barriendo por el Paseo Alonso Andrea. Me detuve delante del Hospital de San José concebido para aliviar el sufrimiento humano. Solo pude fotografiar la fachada sobria de un edificio que el sacerdote Andrés Nieto de Porres impulsó siguiendo un estilo barroco en 1721. En el centro, una hornacina albergaba un grupo escultórico en piedra de la sagrada familia, y a ambos lados escudos de los fundadores. No pude visitar su patio interior porticado. Me quedaba en la mente la función asistencial que se había extendido a numerosos pueblos de la provincia en los ss. XVIII y XIX.

En el centro, una hornacina guardaba un grupo escultórico en piedra de la Sagrada Familia; a ambos lados, los escudos de los fundadores velaban la memoria del lugar. No pude acceder a su patio interior porticado. Pero me acompañó, al marcharme, la huella de su antigua vocación de amparo, extendida después a numerosos pueblos de la provincia durante los ss. XVIII y XIX.

Fortaleza

El castillo de Ledesma, erguido sobre la roca granítica, presenta una sobria planta trapezoidal y una entrada de arco gótico apuntado, flanqueada por dos torreones que aún evocan su antigua fortaleza. Levantado en el siglo XV y modelado en su forma definitiva por don Beltrán de la Cueva, I conde de Ledesma, fue también símbolo del poder señorial en tiempos en que el conde ejercía la recaudación del portazgo por puentes y cañadas.

Hoy, su interior se abre en un patio de armas, mientras que en el exterior, la piedra conserva la memoria: al norte, una escultura labrada muestra el antiguo escudo heráldico de la ciudad; en los jardines, un verraco sobre pedestal remite con silenciosa dignidad a la remota huella vettona.

 

Fortaleza de Ledesma. Verraco. Escudo de Ledesma. Patio de Armas

ANEXOS

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Guía de Estudio Integral:

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Luis Miguel Villar Angulo
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