CU de la US
Luis Miguel Villar Angulo

Tres templos como catedrales: Santa María del Campo, Mahamud y Villahoz

 

Santa María del Campo.

Arco de la Fuente

Portada de la Iglesia de Santa María del Campo

Torre de la Iglesia de Santa María del Campo

Interior de la Iglesia de Santa María del Campo

Era una mañana de agosto, en la Comarca burgalesa del Bajo Arlanza, recorriendo la carretera llana BU-101, tres pueblos semivacíos – Santa María del Campo, Mahamud y Villahoz – distaban entre sí 8,8 kms. En coche se tardaba 9 minutos a velocidad crucero en cubrir la distancia entre ellos. Me decidí visitarlos.

La entrada al pueblo de Santa María del Campo lo hice bordeando el Arco de la Fuente, que era una de las tres arcadas que abrían las tres adras o distritos del pueblo. Hacia el interior de la villa una calle de casas bajas y homogéneas desembocaba en la plaza del Ayuntamiento y de la iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora.

Tuvo que ser un día de mercado en la zona porque había una furgoneta abierta en la parte trasera con mercancías amontonadas de la huerta para las pocas señoras que esperaban comprar haciendo su turno. Otras mujeres de edad desfilaban en parejas camino de la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora.

Al entrar en la iglesia una señora arrodillada se levantó para advertirme que no se podía merodear por el templo porque el párroco estaba oficiando Misa. (Luego me enteré de que era la guía de la iglesia, que ordenaba las visitas al templo y que autorizaba qué espacios y escenas se podían fotografiar).

Pensé que era mejor pasear por el entorno del templo para saber cómo era la vida rural de una villa de pocos habitantes, donde la ausencia de ruido era la nota ambiental más destacada. Sobresalía de la armadura de la iglesia la torre que fue construida en 1527. La inesperada visión de la obra de Diego de Siloé y de su ayudante Juan de Salas aumentó mi curiosidad. ¿Cómo era posible que la mano del burgalés Diego de Siloé, aprendiz de escultura clásica en su estancia napolitana, artífice de obras brillantes en la catedral de su ciudad natal de Burgos, como la Escalera Dorada, y que había desparramado su sabiduría arquitectónica en Andalucía con testimonios en las catedrales de Málaga, Guadix y Granada, en la iglesia de San Gabriel de Loja o en el Monasterio de los Jerónimos de Granada, levantara aquella torre en ese pueblo burgalés apenas habitado? Bien es cierto que el remate de la torre fue debido a la mano de otro artista renacentista, Cristóbal de Andino; remate de mal destino, porque fue destruido por el terremoto de Lisboa de1.755, y posteriormente restaurado por un cantero. Es posible que la respuesta a mi pregunta fuera por motivos económicos.

Bajo el sol, me acerqué a la balconada exterior situada en la puerta principal, admirando la esbeltez de la torre en un entorno de casas de campo que mostraban ahora el escaso poderío económico de sus habitantes. A distancia, las veredas de los caminos conducían a campos pelados de árboles y sin pastos. En el lado sur del templo, una escultura de Juana I de Castilla, llamada “la Loca” recordaba su estancia en este pueblo camino de Granada para el enterramiento de su marido Felipe el Hermoso que había muerto en Burgos. Sin embargo, ella no vió la flamante torre que traducía vida decorativa. La torre era una atalaya articulada en tres cuerpos diferenciados: el primero enmarcaba el pórtico; el segundo se desarrollaba por medio de tres ventanales flanqueados por pilastras, el tercero alternaba pares de ventanas, separadas por columnitas para hacer más liviano el peso del cuerpo de la torre conforme ésta se elevaba. Finalmente, el remate tenía forma de ochavo y fue reconstruido posteriormente. La preocupación verticalista del gótico enlazaba con la decoración renacentista en la torre, quizás debido a la evolución que el propio artista iba teniendo por aquel entonces. Importante fue el coste que tuvo la torre. Si traducimos los 800.000 maravedíes presupuestados a euros (1 maravedí x 16€ = 12.800.000€) el coste de la obra podría ser inasumible en la actualidad para un municipio de 558 habitantes (censo de 2017). Eso sí, la construcción de la torre dio empleo a trabajadores durante 6 años.

Accedí al templo por la puerta del presbiterio. La iluminación interior se iba apagando paulatinamente. Contemplaba los detalles del altar mayor antes de que las sombras empolvaran las figuras. La profundidad oscura de las tres naves góticas recibía la luz de los ventanales del lado sur de la planta de cruz latina. Las nervaduras en las altas bóvedas conformaban trenzados a trechos; al fondo de la nave principal, enmarcados en cristal me sorprendieron unos cuadros que eran obras pictóricas de Pedro Berruguete. Caracoleando sobre una de las columnas se alzaba la filigrana del púlpito gótico mudéjar. Las tres calles del retablo del altar mayor estaban enmarcadas por columnas. Se accedía al altar por una escalinata con barandilla que obligaba a los ojos de feligreses y visitantes a escalar visualmente la calle central del retablo acoplado a las nervaduras del ábside. La imagen de la Virgen rodeada de ángeles, titular del templo, destacaba en el centro del retablo. Era una iglesia que requería mucha atención para captar su variada estructura y ornamentación: el claustro, el coro gótico flamígero – del estilo del Coro de los Padres de la Cartuja de Miraflores -, los tapices o las tumbas. Fuera del templo, la vista norte sorprendía por su entrada gótica, con espléndidos arcos apuntados, con imágenes de apóstoles y santos bajo doseles flanqueando el acceso a los fieles. La decoración de las arquivoltas de la puerta abierta del lado norte tenía una traza fina frente a la sobria y cerrada puerta del lado sur que el arquitecto había resuelto con esferas o escenas menores.


Mahamud

Iglesia de San Miguel

Interior de la Iglesia de San Miguel

Había llegado la hora de partir en dirección a la villa de Mahamud, que tenía censados 112 habitantes en 2018, atravesando mieses segadas a ambos lados de la carretera BU-101. Previamente había llamado al teléfono de contacto que gestionaba las visitas a la Iglesia de San Miguel. Una señora me respondió que abriría el templo en 15 minutos. Como tardé 5 minutos en llegar a la villa, la esperé merodeando por la plaza del Ayuntamiento para tener una perspectiva de la iglesia, Monumento Histórico-Artístico de estilo predominantemente gótico, que había tardado cinco siglos en construirse y que sobresalía con claridad del resto de las casas bajas que conformaban la plaza soportalada a tramos.

Eché un vistazo desde el porche del Ayuntamiento y contemplé la espléndida visión de los dos monumentos destacables de la plaza: el rollo de Mahamud, que era una columna acanalada en forma helicoidal de 5 mts. de altura del siglo XVI, rematada con la figura de un Cristo moderno, y la fachada principal de la Iglesia de San Miguel erigida en el siglo XIII con añadidos posteriores, como la cabecera del XVI o la portada barroca del XVIII, construida por el cantero Juan de Hernaltes, remataba con óculo, reloj y campana, que era distinta del hastial protogótico del lado occidental del siglo XIII con arco y arquivoltas apuntaladas de exigua decoración con dos torres adosadas de desigual altura

La señora, que cuidaba de sus nietos, decía que ya no quedaban voluntarios para atender las visitas diarias al templo, porque las misas se celebraban solo los domingos, y el resto del tiempo la iglesia estaba cerrada. La oscuridad del templo era como un crujido a los ojos hasta que acomodé mi visión para mirar con atención el retablo del altar mayor y las tres naves. Al fondo, en lo alto del coro estaba mudo el órgano. La puerta abierta por el lado de la epístola era el único haz luminoso que llegaba hasta el crucero. Observaba los lazos de la crucería de las bóvedas hasta perderme en los hilos de piedra entretejidos que formaban dibujos geométricos. 

El retablo mayor, renacentista, construido por Domingo de Amberes en los años 1566 y 1577, se ajustaba al ábside semicircular dando la sensación de una pieza arquitectónica de madera apoyada en piedra. Era una proeza de ensamblaje y de ornamentación dorada. En la parte superior destacaba un calvario, y descendiendo la vista por las calles y entrecalles del retablo, las figuras emergían doradas por los tres cuerpos del conjunto. En el centro destacaba el arcángel San Miguel. Cisneros, que no tuvo ocasión de conocer este majestuoso retablo cuando le impusieron el Capelo Cardenalicio en 1507, se habría quedado maravillado. En fin, la iglesia combinaba retablos de distintos estilos (renacentista, plateresco, barroco), algunos con evidentes signos de deterioro, que se mantenían apoyados en andamiajes (retablo-sepulcro de San Juan Bautista). Esta iglesia era un museo de representaciones que pedía restauraciones en muchos altares para hacerla más acogedora. Además de espaciosa y alta de techo, un dosel volado sobre el púlpito de estilo gótico mudéjar, revestido con figuraciones talladas en yeso, rompía la dureza de la construcción en piedra. Algunas de las obras de este museo fueron vendidas y actualmente forman parte del patrimonio del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) o el Cincinnati Art Museum.


Villahoz

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Villahoz

 

Interior de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Villahoz

Altares de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción

Pese a tener saturada la retina de imágenes, emprendí la visita a la villa de Villahoz de 300 habitantes, fundada por repobladores mozárabes hacia el S. IX. De ahí la posible etimología del nombre del pueblo, como ocurrió en Mahamud. Nadie conducía por la BU-101. Tardé 5 minutos en coche. La mecanización de la labranza dejaba tractores parados como moradores del campo. La iglesia, como las anteriores, se asomaba por encima de las casas, así que no usé el GPS (Global Positioning System) para llegar hasta ella. La atmósfera era placentera en la plaza mayor donde se erigía un rollo de estilo gótico que simbolizaba la jurisdicción vendida por Felipe II, al estilo de otros pueblos cercanos (Mahamud o Covarrubias). Como hecho a patrón de los demás municipios visitados, el Ayuntamiento estaba en la misma placita de la iglesia. El escaso bullicio de gente se arremolinaba a las puertas del Ayuntamiento. Las casas bajas tenían una base de piedra y se cerraban con ladrillo o adobe. Apenas se observaba vida tradicional en este pueblo, aunque suponía que existirían corrales, tenadas, cuadras, paneras o huertos. El centenar de bodegas familiares estaba fuera del pueblo. Imaginé que estaban soterradas – en alguna de ellas se escondió el cura Merino -, aprovechando las laderas de pequeños cerros, como en Lerma, donde tendrían instalados los lagares para obtener los mostos de D.O. Arlanza. Precisamente, en la heráldica de Villahoz aparecían sendos podones para podar los majuelos o cepas de los viñedos, que debió ser una actividad agrícola importante.

La iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora era el monumento más destacado. De planta de salón, se erigió en el siglo XVI y terminó en 1622, en el estilo renacentista, curiosamente cuando el pueblo empezaba a decaer, aunque el coro fuera del siglo XVIII. Con un contorno de fortaleza, las tres naves tenían la sencilla armonía de la belleza renacentista, escueta en la ornamentación, elegante en el abovedamiento y descomunal en la altura (21,50 metros). Los canteros siguieron las trazas en los vanos de Rodrigo Gil de Hontañón, que legó a la posteridad catedrales como las de Segovia o Salamanca, amén de otros palacios y colegios mayores. Desde fuera, la puerta meridional de la iglesia se adornaba con jambas de estatuas de santos que enmarcaban el acceso y se cerraba con un arco canopial en forma de cruz. Las cardinas reflejaban las postrimerías del gótico y el tímpano exaltaba a Cristo muerto. A poniente existía otra más sencilla y sin decoración. La torre se levantó tras un incendio utilizando hiladas de piedras claras y oscuras en un ajedrezado original que remataba con una balaustrada de influencia lombarda.

Desde los dos grandes pilares del fondo del templo la visión era imponente, no solo por las columnitas adosadas, sino por la crucería estrellada, la nervadura recta, los óculos y ventanales. La luminosidad facilitaba la fotografía. El retablo mayor era el mejor exponente barroco burgalés del siglo XVIII de 19 metros de altura y 8,30 metros de ancho. Este retablo tuvo un coste de 37.500 reales de vellón (si un real de vellón equivaliera a 34 maravedíes, es decir, 3,4 euros, el retablo habría tenido una minuta de 127.500 euros). Los hermanos Luis y Manuel Cortés del Valle estamparon sus firmas en los pliegos de obligación de la obra, que tenía tres amplias calles y tres cuerpos sobre un poderoso banco, ocupando el centro de calle y cuerpo la patrona: María en el misterio de la Asunción rodeada por una legión de ángeles (uno de ellos calvo, excepción en la angeología). Por eso se conoce el retablo también como “el de los angelitos”. El tabernáculo alojado en una hornacina se situaba en la calle central con una estatuilla barroca de San Juan Bautista.

Fascinado por el retablo mayor, los colaterales de Nuestra Señora del Rosario y de San José, eran retablos gemelos de ejecución, realizados en el siglo XVIII con gran virtuosismo compositivo y de colorido deslumbrante, que contrastaba con la cajonería sobria de nogal de la sacristía. La iglesia conservaba un pequeño museo con pinturas, viñetas y ropajes litúrgicos.

Para entonces, mi ojo estaba abrumado por el exceso de atención prestado a tres iglesias como catedrales.

LMVA

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Luis Miguel Villar Angulo