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Luis Miguel Villar Angulo

Santillana del Mar: colegiata, claustro y medieval

Santillana del Mar: colegiata, claustro y medieval.

La visita que voy a contar aquí era una revisita y consumí como antaño casi un día en recorrer el pueblo. Mis recuerdos combinaban el pueblo y la cueva de Altamira.

Cuevas

No quería visitar el Museo Altamira después de haber observado, tumbado en un sofá, las copias de las pinturas de la Cueva de Altamira en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) de Madrid y en el Museo de Ciencia y Tecnología de Munich. Además, había adquirido en pocos días girones de recuerdos de otras cuevas de Cantabria que no había podido fotografiar: Cueva el Soplao, íntimamente ligada a la minería con evanescentes estalactitas y estalagmitas, situada en Celis-Rionansa, o las dos cuevas de Puente Viesgo: Cueva del Castillo y Cueva de las Monedas que tenían manifestaciones rupestres en las paredes calizas hechas por gentes que las habitaron hacía 150.000 años.

Pueblo medieval

No se podía transitar por la calle salpicada a tramos de distintos nombres (Carrera, Cantón, y del Río) de Santillana del Mar porque la gente llevaba paraguas, el suelo estaba resbaladizo y la calle combada era relativamente estrecha. Ni podía hacer fotos ni mirar a lo alto las decenas de casas blasonadas en piedra de sillería combinadas con otras de ladrillo, balcones de madera y rústicos maceteros suspendidos de tejadillos con claveles del aire, que daban a la calle el aspecto de pompones de lana como exorno festivo.

Antes de llegar a la Plaza del Abad Francisco Navarro se notaba la afluencia turística por la multitud de tiendas de regalos, bares y restaurantes. Aunque eran discretos los anuncios comerciales de los establecimientos, busqué el primer refugio para evitar la lluvia y el paraguas. Se accedía a la Colegiata de Santa Juliana por una puerta lateral. Entraba en un monumento románico que había sido declarado Monumento Nacional en 1889 y posteriormente Patrimonio de la Humanidad.

Colegiata

Como muchas joyas arquitectónicas, no era necesario volver a describir en detalle su estructura compositiva: naves, ábsides, torres y cimborrio. La aspiración del  edificio a ser catedral no había sido vana, aunque llegó a tener cabildo y ser colegiata, como otros conocidos templos (entre otros, La LagunaGandíaTalavera de la ReinaToro, Osuna, Roncesvalles, publicados en este blog).

Era una colegiata voluminosa. Entrando en la iglesia por la nave del evangelio el retablo quedaba a la izquierda. No había mucha claridad en aquella mañana lluviosa. Las bombillas del interior de las naves apenas dejaban visibles los capiteles de las columnas. El coro, tras una reja, oscurecía más ese ámbito y apenas se observaban los tubos del órgano. Por detrás, una pila bautismal se hallaba tras un recinto enrejado que presidía un Cristo crucificado por donde se elevaba la torre. La sacristía se abría en la nave de la epístola, pero no me llamó la atención. Por el contrario que la capilla gótica situada frente aquella, con nervadura en el techo que delataba su estilo.

Todo parecía lo que era: un templo de estilo románico, enojosamente abrazado por la bruma que el cielo a esa hora no había dado resquicio para que brillara el dorado del altar del siglo XVI situado en el presbiterio. Nada, muy sombrío. Me acordaba de los ventanales ojivales del gótico que hubieran iluminado el altar gótico-flamenco. Pero los haces de luz no existían, ni siquiera en el claustro. Los capiteles del claustro, como antes el frontispicio de la portada con el Pantocrátor y los apóstoles, eran esculturas con delicadas narraciones de sincretismo religioso. Para un estudioso medievalista o simplemente un decorador, el muestrario estilizado de hojas, animales fantásticos y figuras humanas resultaba una “sala de estudio”. A tramos, entre columnas, la hiedra vestía los vanos de las arquerías claustrales.

Fuera, bordeando los tres ábsides en la Plaza de las Arenas, despejado el cielo, me detuve fotografiando el campanil, junto a la puerta de entrada, que me hizo recordar otra visita a la Iglesia de San Martín de Tours en Frómista, igualmente románica, con tres ábsides y dos torres circulares. Al fin y al cabo, los dos templos estaban en la ruta jacobea y los dos habían tenido a los monjes benedictinos como moradores en el siglo XII. Ahora, los monjes benedictinos rezaban sus horas canónicas en otros monasterios (entre ellos, Silos o Montserrat, en este blog).

El pueblo había respetado la naturaleza y no había embutido la colegiata en nuevos edificios de cemento. Afortunadamente, el verde de los prados se veía desde el exterior, se escuchaban cencerros de vacas y los edificios escotados dejaban al descubierto sus siluetas.

Museo Jesús Otero

No había salido de la Plaza Abad Francisco Romero cuando entré a ver el Museo de Jesús Otero. Escultor oriundo del pueblo, había donado una producción de 50 obras con las que se montaba este espacio artístico, creado en 1998. Las esculturas de animales en el exterior tenían resonancias griegas. Los bajorrelieves expuestos en el interior dejaban al descubierto el entronque del autor con la naturaleza animal de su tierra. Una iniciativa cultural enmarcada en un edificio que acrecentaba el esplendor de la zona, como otro edificio situado enfrente (Casa de la archiduquesa o de los Abades) cuyo escudo reciente había construido el propio Otero.

Casas, torres y palacios

Bajando la calle sentías la otrora hidalguía que blasonaba las casonas con heráldicas de antepasados (Casa de los Cossio, Casa de los Quevedo, Casa de los Hombrones, Casa de Leonor de la Vega, Palacio de Valdivieso). Eran edificios del siglo XVI, más o menos, que atraían por su finura constructiva, como si hubieran deslizado una tapa de piedra de sillería con algún retoque que rompiera su sobriedad.

Girando a la derecha en dirección a la Plaza Mayor, las torres barrocas elevaban la mirada del turista (Torre de Don Borja, Torre del Merino) con nuevas casas de renombre antiguo, incluido el edificio del Ayuntamiento. Bajaba por la calle Juan Infante y tenía mi mano fatigada de apuntar las fachadas, el brazo plegado para deslizar mi mano por la cámara fotográfica y mi postura rígida y quieta como en una semana santa, esperando que los corrillos de visitantes me hicieran un hueco para tener una perspectiva del Camino de los Hornos o de la Calle Cantón.

De conventos no pude hablar: el Museo Diocesano Regina Coeli cerraba los lunes y la iglesia de San Ildefonso no celebraba misas a esa hora. Pero las hermanas Clarisas seguían con su obra de restauración de obras y su obrador. Estaba en la carretera CA-351 y seguí la ruta hacia Suances para ver sus playas en las desembocaduras de los ríos Saja y Besaya.

Los tres pueblos bonitos: San Vicente de la Barquera, Comillas y Santillana del Mar orlaban el norte de Cantabria, pero había otros pueblos que tocaban la fibra del turista con otros acordes.

 

 

Santillana del Mar: colegiata, claustro y urbanismo medieval

Colegiata y claustro de Santa Juliana

 

Santillana del Mar: colegiata, claustro y urbanismo medieval

Sala de Jesús Otero

 

Santillana del Mar: colegiata, claustro y urbanismo medieval

Urbanismo medieval

 

Luis Miguel Villar Angulo

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