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Luis Miguel Villar Angulo

Excursión por la comarca de Liébana

Excursión por la comarca de Liébana.

El acceso en coche a la comarca de Liébana fue atravesando el desfiladero de La Hermida. Las obras de remodelación de los puentes me impedían ver cómo el río Deva serpenteaba sus aguas entre la Cordillera Cantábrica y los picos de Europa. Era un pasaje angosto de 20 kms. de longitud, sin concesiones a la perspectiva. Parecía la garganta de un dinosaurio retorcido del Jurásico. Además, la bruma del verano especialmente húmedo taponaba de algodón las cumbres, que en algunos tramos alcanzaban los 600 mts. Por fin, veía las casas de Potes.

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Torre del Infantado

Después de cruzar el Puente de la Cárcel estacioné el coche en El Ferial. Me llamó la atención un pequeño monumento a La Alquitara, palabra de origen árabe, que alude al recipiente y serpentín que sirven para la destilación. La nueva Iglesia de San Vicente Mártir tenía una fachada con dos torres sin especial interés artístico. Me pareció de más valor histórico y cultural la Torre del Infantado, Bien de Interés Cultural, que ofrecía vistas del pueblo y el monte de la Viorna desde la terraza almenada, tras haber subido seis plantas. Circundada por los ríos Deva y Quiviesa, se había remodelado en su interior para funciones expositivas acogiendo una dedicada a “El cosmos de Beato de Liébana. Aquí comienza todo”. Me pareció muy ilustrativa. Era una forma no solo de dar a conocer al prohombre liebanés, abad del Monasterio de Santo Toribio, sino otros códices manuscritos que copiaron el Comentario al Libro del Apocalipsis de San Juan, allá por el año 776. La exposición mostraba ilustraciones de algunos de los 31 beatos existentes de los cuales 24 contienen miniaturas. Después de contemplar la exposición, un paseo por el barrio del Sol, junto al Puente de San Cayetano, era una forma más de convertirte en turista mirando el Deva, o siguiendo las callejuelas atestadas de terrazas y de gentío que hacía una ruta urbana recomendada por la oficina de información y turismo hasta desembocar en la Plaza Capitán Palacios.

Mogrovejo distaba de Potes a 11 kms. en dirección oeste por la carretera CA-185. Municipio de escasamente 44 habitantes, tenía desde 1985 la consideración de Bien de Interés Cultural con categoría de Conjunto Histórico. Después de una parada para la degustación de una variedad de quesos (vaca, cabra, oveja, tres leches, picón, ahumado) identificados por una banderita en una fuente con mermelada, anchoas en otra fuente con aceite, pan y una cerveza en un mesón del lugar, inicié un paseo por las callejuelas de líneas desordenadas, salpicadas de algún turista y gente local. La topografía irregular favorecía las vistas de múltiples escenas de horizontes montañosos semitapados por brumas. Las casas bajas, unas reconstruidas en piedra y ladrillo como viviendas turísticas y privadas, otras con sobrados debajo de tejados a dos aguas y balcones de madera aumentaban su peculiaridad. Una torre daba empaque medieval a la zona, desde la que se iniciaba una de las rutas de senderismo de montaña. El olor a hierba, heno y huerta de frutales de las propiedades privadas se alternaba con los aromas de los parterres floreados. El Museo de la escuela rural estaba cerrado, pero advertía la sensibilidad de un pueblo por la educación. Un pueblo que había servido de escenario para el rodaje de la película infantil de Heidi

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Museo de la escuela rural de Mogrovejo

Regresando de un lugar apacible, en medio de la amenidad del paisaje, se hallaba un recinto de sosiego: Santo Toribio de Liébana. Aquí en el Monasterio, la serenidad era del cielo y del espacio de los astros. Esperando convenientemente el horario de visitas, la historia del lugar te acercaba a Don Pelayo y la reconquista. Pero lo más importante fue la charla de un monje franciscano que relató la biografía del Santo y la tradición de la llegada hacia el siglo VIII del lignum crucis, reliquia cristiana considerada como la madera más grande de la Cruz de Cristo. Había conocido en una excursión anterior la devoción cristiana por esa reliquia en el pueblo murciano de Caravaca de la Cruz, que igualmente concitaba visitas de peregrinos. En ambos casos los restos de madera de ciprés se encontraban protegidos en un relicario. En el caso de Santo Toribio, el relicario tenía forma de cruz  y estaba hecha de plata dorada, frente a la forma patriarcal de la Cruz de Caravaca. La iglesia era una construcción del siglo XIII que seguía las pautas del gótico cisterciense que en España había dejado su marca sobria en otros monasterios de la antigua Hispania Tarraconensis. La estatua de Santo Toribio se encontraba en el lado del Evangelio. La fachada meridional tenía dos entradas, una de las cuales llamaba la atención por las arquivoltas con figuraciones en sus capiteles. La otra era solemne (Puerta del Perdón) y se abría en el año del Jubileo. El claustro del siglo XVII era de estilo herreriano. Su pétreo aspecto contrastaba con la capilla del Lignum Crucis, anexa a la iglesia, construida en el siglo XVIII, donde la piedra labrada daba esbeltez a una cúpula con ventanas, que se apoyaba en pechinas talladas. Terminados los oficios religiosos, lleno de pensamientos varios sobre el Comentario al Apocalipsis del Beato, me incliné a pensar cómo un libro se convirtió en la fuerza dinamizadora que cubrió la mente de gentes del lugar para iniciar la reconquista.

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Santo Toribio de Liébana. Capilla del Lignum Crucis

Había que cruzar Potes para llegar a Santa María la Real de Piasca por las carreteras comarcales CA-184 y CA-872. Me pareció insólito que en un lugar tan apartado, la iglesia estuviera abierta a las visitas de los turistas. Una guía, estudiante del título de Maestra, además de ofrecerte un folleto explicativo del templo, compartía anécdotas de otros visitantes y apuntaba los sitios que destacaban en la portada, interior y ábside del monumento del siglo XII. Tres naves componían su estructura arquitectónica con un ábside semicircular que cerraba la nave central. El maestro cantero Covaterio había tallado un sinnúmero de objetos artísticos que reproducían escenas bíblicas (San Miguel, San Pedro y San Pablo, Virgen con el Niño, adoración de los Reyes Magos), animales fantásticos (centauros, grifos, nereida, arpía), plantas, flores y animales (racimos de uvas, acantos en espiral, hojas de ocho pétalos, basilisco, perro, lechuza, ciervo, cordero), oficios (herreros, tejedores, escritores, músicos) en cualquier hueco arquitectónico del edificio: arquivoltas, hornacinas y capiteles de la portada principal; cimacio de la puerta del claustro; aleros, metopas y canecillos del ábside; o capiteles de las arcadas interiores del ábside. Había visitado Carrión de los Condes y admirado las 22 figuras de la arquivolta de su portada principal representando oficios medievales. Ahora estaba perplejo por la profusión artística de un taller que bajo una mano diestra había dado rienda suelta a la imaginación. El monasterio, como otros muchos, sufrieron la desamortización de Mendizábal (1836), y se ha convertido en parroquia con horarios de misas muy limitados para los escasos parroquianos de la zona. ¡Y hubo un tiempo, siglos atrás, que rivalizó en popularidad con la iglesia de Santo Toribio de Liébana!

 

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Santa María la Real de Piasca. Detalle de portada

A 16 kilómetros de distancia de Piasca, abandonada esta iglesia protogótica, visité un templo de estilo mozárabe del siglo X, la Colegiata de Santa Cruz (Lebeña). La historia de esta colegiata no estaba exenta de disputas entre los vecinos del pueblo de Lebeña y el abad de Santo Toribio por el cobro que éste hacía de diezmos, al punto que los vecinos construyeron su propia iglesia en el pueblo con sus propias donaciones. Al margen de esta trifulca, para mí quedaba que la guía de la Colegiata mantenía unos horarios estrictos de visitas de verano con la prohibición expresa de fotografiar el interior de la Colegiata. El pórtico estaba cerrado por rejas. Así que escuché sus explicaciones, bordeé el edificio para contemplar sus muros, y otros detalles artísticos constructivos, así como para situarlo próximo a un cementerio. Además, una torre-campanario exenta y un tejo legendario partido por un rayo escudaban el templo. La solidez de la colegiata desde el exterior se evidenciaba en la sillería de las esquinas y la mampostería de sus muros. Tuve que recurrir, no obstante, a videos para recordar su interior con los capiteles de acanto exquisitamente labrados o el altar con la imagen de la Virgen. (¡Todavía no entiendo la prohibición de hacer fotos en el interior de los templos en horario de visitas que hacen algunas diócesis!)

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Colegiata de Santa Cruz (Lebeña)

Era la hora de regreso por la serpenteante carretera N-621 que atravesaba el desfiladero más grande de España, La Hermida, que seguía en obras por el ensanche de la plataforma para la circulación de vehículos. Mientras atravesaba el desfiladero, las imágenes de mis recuerdos del día llenaban el cauce sinuoso del río Deva.

Luis Miguel Villar Angulo

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